Gangsta Bitch

“Las reglas siempre se posicionaron para ser cambiadas por sus dueños cada vez que les pareciera. Lo que sea que estuvieras haciendo no era lo correcto y por eso no conseguiste ese ascenso/novio/nominación presidencial. Supimos por mucho tiempo que las reglas del comportamiento femenino eran demasiado rígidas. Que teníamos que caminar una línea muy delgada entre ser mandonas o débiles, estúpidas o sabelotodo, mojigatas o putas. Y por demasiado tiempo, hemos trabajado para hacer que esa línea sea más ancha. Queríamos que todos estuvieran de acuerdo en que al menos parte de nuestro comportamiento estaba bien, así podíamos encontrar una manera de operar dentro de las reglas. Queríamos que fueran más justas. Cuando en realidad la verdadera respuesta siempre fue: a la mierda sus reglas”.

Estas palabras, escritas por la guionista Emily Cutler en relación con el escrutinio constante sobre las elecciones estéticas de Billie Eilish, bien podrían aplicarse a muchas estrellas musicales femeninas. Pero, en particular, aplican más que bien para pensar en Cardi B, una de las tantas que entendió bien temprano que la juzgarían doble, triple, una y otra vez, consciente de llevar en ella ese arco de condimentos que alteran al promedio. Con pasado pandillero y stripper, afrolatina indomable y madre díscola, ¿qué hizo entonces? Hizo lo que quiso.

Nacida como Belcalis Almanzar, de padre dominicano y madre trinitense, Cardi (un apodo derivado de la marca de ron Bacardi, como para unir impecablemente lo punzante con lo caliente) se coció en el crisol de razas neoyorquino que dictaminó primero una adolescencia como miembro de la pandilla de los Bloods y luego una rutilante carrera como stripper. “Nunca quise hablar de eso porque siempre busqué un contrato musical”, le contó alguna vez a GQ sobre su pasado pandillero, experiencia que claramente no le recomienda a nadie, “No querría que ninguna chica joven pensara que está bien unirse a algo así. Además, no te va a hacer ganar plata”.

Cardi B en el video de Money

NO BAILO, NO

Lo que sí le abrió los ojos al dinero —y lo que efectivamente alaba como experiencia— es su carrera como stripper. Cirugías estéticas e implantes mediante, los que jamás niega, porque aquí no hay humo ni espejos, las rutinas de Cardi en el caño se volvieron un éxito. “Me salvó de muchas cosas y me hizo volver al colegio”, recordó. Y ahora sí, “Ya no me importaban un carajo las pandillas, quería hacer plata”. No extraña, entonces, que su rima “ya no bailo: ahora hago que el dinero se mueva” haya sido la tarjeta de negocios que entregó a modo de presentación de la mano de Bodak Yellow, el single que la empujó debajo de los focos y a otra historia: había encontrado en el hip hop su nueva máquina de imprimir billetes.

La previa hasta llegar al estudio de grabación marca un mapa que subraya las diferencias en lo que a formación de estrellato se refiere entre las nuevas generaciones y sus antecesores. Antes de poner a trabajar su lengua en las lides del flow, Cardi probó la alta exposición tanto en el ruedo de los realities, fue partícipe en Love & Hip Hop New York, como en Instagram, labrándose un nicho masivo como oráculo de humor callejero y punzante. Nada de concursos de talento infantiles ni clases de canto con finos profesores: la dama en cuestión quería fama y fortuna sin ningún tipo de filtro tímido, pero no gratis. La música, aquí, aparecía escrita con la ética obrera del que sabe que si no trabaja, no come.

Algo similar sucedió con la construcción del carnet feminista, cuya entrega en la farándula norteamericana a veces parece ser tan irreflexiva como la del registro de conducir. Las “autoridades” lo requieren, la etiqueta se verbaliza y cada uno a su casa. En este punto, Cardi se anota en un linaje propio del hip hop, el que nuclea mujeres con otras practicidades frente a las urgencias del feminismo racializado y las que quedan afuera de los corsets del feminismo predominante. Entre lo práctico y lo performativo, lo suyo se construye en la astucia de aprovechar toda oportunidad que aparezca en el camino y, por sobre todas las cosas, huye despavorido de cualquier tipo de homogeneización. Durante décadas las raperas cantaron sobre poder y dinero reclamando un lugar tradicionalmente masculino, pero Cardi demostró que también se puede agregar una sana dosis de vulnerabilidad a la mezcla y hacerla crecer en complejidad.

“Jóvenes raperos como Black y XXXTentacion actualmente escalan las alturas de la popularidad basada en Internet mientras son abiertamente abusivos hacia las mujeres. Cardi B es honesta acerca de las relaciones abusivas que ha soportado y lo que tuvo que hacer para salir de ellas”, escribe al respecto la periodista Doreen St. Félix en un perfil para el New Yorker. “Para los raperos masculinos, el club de strippers es un templo, una afirmación de su valor. Cardi B lo convirtió en un espacio de ingenuidad femenina”.

Grammys 2021. Foto de Kevin Winter

What A Girl Likes

Desde ahí, los primeros gestos no tardaron en llegar. Al inicio de su explosión como estrella de hip hop, el departamento de su abuela se convirtió en un santuario en el que recibía a los medios —incluso a la mismísima revista Vogue— en una declaración de principios que iba más allá del mero amor a las raíces. Para charlar con Vibe, cuatro años atrás, se volvió a sentar ahí mismo en corpiño y joggins, rodeada de parientas de todas las edades y sonriendo ante el Peekaboo de su pequeña sobrina desde atrás de las cortinas.

Mientras tanto, instaba a sus millones de seguidores de Instagram que votaran a Hillary Clinton con lógica devastadora: “Sus novios les mienten todos los días y ustedes los siguen cogiendo”. Y como respuesta a un comentario machista de Jermaine Dupri, quien aseguró que las raperas sonaban “todas iguales”, invitaba desde Instagram a escuchar a artistas como Chika, Rapsody, Tierra Whack y Kamaiyah. Invitaba y sigue invitando, no explícitamente, ya no como respuesta, más bien entendiendo su poder para hacerlo circular, dar crédito o festejar reconocimientos.

Con la visibilidad ganada antes de dedicarse al hip hop, Cardi logró —a través de herramientas donde la idea de espontaneidad es moneda de cambio— una carrera que no tiene cimientos ni estructuras de marketing preconcebidas. Y, como corolario, el público la conoce más a través de sus proclamas en caliente que en la pulida construcción de predecesoras como Beyoncé. Justo en el momento en el que las mujeres de la música hip hop parecían a punto de ser fagocitadas por la mirada sanitizada del feminismo burgués, su voz resetea el escenario trayendo bienvenidos recuerdos de la sinceridad sin concesiones de pioneras como Salt N’ Pepa. En ese punto, tal como describe la revista Spin en una review de su álbum Invasion of Privacy (2018), la rapera abrió una nueva puerta para todos los artistas racializados, quienes gracias a ella “ya no necesitan complacer a nadie o suavizarse para volverse nombres reconocidos”.

De esta manera, bien podría decirse que Cardi es la líder de un nuevo privilegio. Puede, por ejemplo, pedir una fellatio que le toque “esa cosita que cuelga en la parte de atrás de mi garganta” mientras sufre públicamente las inestabilidades de su matrimonio con el también rapero Offset. O el de declamar a gritos tanto su devoción por Bernie Sanders como por “esas Balenciaga que son como medias”. Y lo hace invitando a una fiesta ya no solo latina/afroestadounidense, sino panamericana: en I Like It es ella la que le dio las llaves de entrada a su mundo a Bad Bunny y J Balvin, dos de las figuras masculinas más poderosas de la música hispana con anclaje caribeño.

El de Cardi B es lo que se dice un reinado hecho de gestos. Y un reinado a lo Cardi B, a diferencia de otras coronas que merodean por ahí, es poner a temblar todo statu quo sin rebajar su precio.

Cardi B para la XXL de primavera 2021. Foto de AB+DM Studio