Mamba Mentality: con motivo de una victoria

La imposibilidad

Escribir sobre la muerte de Kobe, o a partir de la muerte de Kobe, representa una imposibilidad. Alguien preguntará por qué escribir sobre Kobe con la muerte como eje y no sobre Kobe. En una entrevista reciente a ESPN, Pau Gasol contó que durante semanas esperó la noticia que anunciara que Kobe había sido encontrado con vida, “pensaba que se pudo ir caminando hasta algún lugar, llevando a Gigi, a cada uno de los acompañantes, porque si había alguien que podía salvarse de algo así era él. Esa es la imagen que yo tengo de él, de ese tipo de posibilidades me convenció él a mí”.

Escribir sobre la muerte de Kobe no es un escribir sobre la muerte literal, tampoco en su pesadumbre ni su tabú, mucho menos desde la naturalización con la que recibimos hace más de un año, todos los días, que cientos de miles de personas mueren y, sin embargo, el mundo sigue igual de ordinario, ruidoso, demandante de lo impropio. Más aún, es necesario como nunca hablar de muertes como la muerte de Kobe, una que viene a recordarnos lo humano de él, que nos arranca toda la (no) lógica que tiene un imaginar el curso natural de la vida, hasta que, así, sin más, vemos que de natural la vida nunca tiene nada, porque su devenir está hecho de lo desconocido, de lo humanamente incomprensible e irreversible. Pero también hablar de la muerte de Kobe hoy es hablar de una vida entregada a un propósito, de ahí que escribir sobre su muerte no sea tan solo eso.

Si lo humano no se termina en lo físico, como resume tan bien Anne Carson, podemos agregar que la trascendencia es insondable en los términos de lo personal pero cuánto más en lo colectivo. Si de partida la muerte de Kobe mostraba la falta hasta el punto tal de dejarnos sin palabras para poder decir, entendiendo el decir como un acto de posición y/o intervención, no desde la ansiedad de fuga ni el capricho de romper en vano el silencio que lo está diciendo mejor, un año después, la falta de Kobe confirma su don innarrable desde la contemporaneidad, desde la noción cruda de lo que inaugura su muerte y de lo que refuerza su recuerdo: la muerte de Kobe inaugura el año en el que todos morimos un poco, al que a todos se nos arrancó algo de raíz, en el que se nos dio la oportunidad maestra de ver qué tan vencidos estamos, tan vencidos que la oportunidad se diluye. Pero, aún así, queda algo resonando que es necesario capturar, porque aún lo innarrable, o tal vez en este tiempo únicamente lo innarrable, puede darnos el respiro de creer en algo, un creer como gesto de salvación.

Foto de Walter Iooss

La oda

Recordar es reforzar la falta, es evocar lo que ya no es ni nunca más será, pero también es una vía para mantener viva la llama y todo lo que en ella se representa, aunque más no sea como gesto. Porque así como lo humano no se limita a una presencia carnal, el legado del deportista no se reduce a sus logros deportivos y el impacto del fuego no depende de la visibilidad de la llama. “Las eternidades pasaron por su cara y fueron aún más allá, lentamente un incendio apagó todas las velas”, dicen unos versos de Paul Celan.

Como todo pulso cultural, lo deportivo hace comunidad, pero no a su salvación. Es el fuego el elemento primitivo que alumbra esa idea, que da un orden a la vida en comunidad. Lo sabía Prometeo cuando le robó el fuego a los dioses del Olimpo para entregárselo a los hombres. Y, por supuesto, no lo olvidaron los griegos cuando comenzaron a celebrar en Olimpia los juegos, ese suceso atlético al que asistían de todas partes de Grecia, aunque lo mejor ocurría en otras ciudades, como Delos, Corinto y Nemea.

En esas reuniones más allá de Olimpia, reuniones abiertas a familiares de los atletas y a la ciudadanía, los ganadores de los juegos eran celebrados y recibían la confirmación de su lugar divino cuando se les dedicaba un tipo de oda particular, epinikiom, que significa “con motivo de una victoria”. En palabras de Anne Carson, “resulta difícil exagerar la importancia social, ética y epistemológica de estos acontecimientos”, no solo porque es ese el momento exacto en el que la comunidad se constituye, sino porque es el reconocimiento de lo que a su vez implica la victoria que alcanzó ese vencedor celebrado: una lucha que lo empuja a una vida en solitario y que pone a prueba los límites de las palabras, y es justamente antes de concretarse la victoria, en ese correr los límites de las palabras, que forma un sentido de esperanza que engrandece al resto y lo lleva a buscar nuevos lenguajes. Esa esperanza, lejos de la concepción vacía o trivial de la modernidad, es el fuego que organiza a la comunidad. El motivo para la victoria, así, es el encuentro con los otros, un encuentro que bien vale la lucha solitaria del campeón, tolerable gracias a la lealtad y el amor que se profesan en su nombre y lo que se edifica a partir de él.

Foto de Walter Iooss

El propósito

“La magia no parece posible para los Badgers de West Bottom. Ocupan el último lugar de la liga de baloncesto y nadie cree que puedan ganar un solo partido. Pero cuando el profesor Rolabi Wizenard se convierte en su nuevo entrenador en un training camp de dos semanas, el equipo no es capaz de entender ni de explicar las cosas mágicas que ven y escuchan. Cada jugador comienza a experimentar visiones únicas muy extrañas, visiones que desafían todo lo que creían saber sobre el baloncesto, sobre sus vidas y sobres los secretos de la cancha”, se lee como introducción en cada libro que hace a la saga The Wizenard Series: Training Camp, uno de los últimos proyectos de Kobe Bryant con su productora Granity Studios, que para llevarlo adelante se unió al autor Wesley King.

Pensada especialmente para un público juvenil, Mamba le dedica la saga a Bill Russell, Tex Winter, Phil Jackson y Gregg Downer, “mis Wizenards, que dedicaron su tiempo a enseñarle a atletas que la magia surge del interior. Aprenderla solo requiere un poco de imaginación”. Al maestro, siempre, dale gracias, pero en serio; la gratitud, que poco tiene que ver con la cordialidad ligera del “gracias” que deviene en moneda corriente, está en no detener la sabiduría que ese maestro te dio. Como la antorcha olímpica que pasa de manos y mantiene la llama, la que luego alumbrara el encuentro de la comunidad para celebrar a sus vencedores y, de esta manera, mantener su razón de ser, su propósito de victoria.

En la saga, la Mentalidad Mamba se pone en escena cumpliendo el imaginario de los libros antiguos que te muestran los misterios del universo. Y, en algún punto, cumple esa función. Además de incluir un certificado para sellar el compromiso del lector con el conocimiento adquirido, cada capítulo comienza con un «Proverbio Wizenard». Los impulsos sobre los que se basan estos proverbios, que a pesar de ser muy directos y claros no escatiman el tono poético ni su pretensión de alcanzar el aura del tao, son el trabajo en equipo, una disciplina de atención al proceso propio que se mantiene siempre abierta y a disposición del acontecimiento, algo así como reza el mood «si estás preparado, siempre estás listo», y, principalmente, a disposición del otro, lo que termina formando una comprensión solidaria y una mentalidad ganadora que, más que buscar una copa («siempre está vacía, hay que llenarla de esfuerzo, trabajo y comprensión»), busca construir una cultura de legado: «cuando estés en un hoyo, ayuda primero a todos los demás. Cuando hayas acabado, ya no habrá hoyo». La cultura de legado es esa sabiduría puesta en circulación, los tocados tocan a otros. La oda, entonces, no se detiene. La comunidad, tampoco.

Kobe, fanático de las lecturas de fantasía, porque son «una forma de tener charlas profundas y complicadas con nuestros hijos pero de manera entretenida», contó que quiso hacer un libro para los niños y adolescentes que no pueden quedarse quietos leyendo, no solo porque lo único que quieran es jugar con la pelota, sino porque no encuentran en los libros un personaje como ellos. Él mismo padeció esa ausencia de representación. A esos niños, por lo general, se les atribuyen problemas de formación, atención o conducta, «y solamente estamos ahí con nuestras emociones sin poder tomar dirección. Bueno, uno es niño, está apenas aprendiendo. La idea de la saga es que cada libro muestre diferentes perspectivas de nuestras emociones para que esa mirada de afuera no nos afecte la conexión con nuestra mente, nuestro deseo, no nos limite en una etapa en la que estamos ejercitando nuestro poder interior sin tanto control. Porque si vamos a dedicarnos al deporte la mentalidad es fundamental, pero en la vida también». En algunas de las entrevistas de presentación señaló que sin dudas hay mucho de autobiografía entre esas páginas, «me inspiré en mi propio viaje, en mis limitaciones, miedos y cómo pude trabajarlos. Haber reconocido mi vulnerabilidad y poder trabajarla sabiendo que no debía perderla fue un momento clave para mí». Pero, sin dudas, el gran protagonista es el profesor Wizenard, «claro que tiene mucho de Phil Jackson, y también de Tex Winter como del gran John Wooden, sin dudas, pero el punto de partida fue Mary Poppins, la que protagoniza Julia Andrews, una de mis películas favoritas. Siempre me impactó como ella podía orientar sin dar respuestas específicas que invadan el proceso de la curiosidad de los niños. Todavía hoy me encanta, me permite pensar de diferentes formas las lecciones transformadoras que me dio el básquet y me ayuda a encontrar la mejor forma de poder transmitirlo sin quitarle fuerza, poder y magia al viaje de los otros».

Foto de Walter Iooss

Solo sé mejor

Cuando Kobe fue con los Lakers a enfrentar a los Hornets por última vez en su carrera, Michael Jordan aprovechó su lugar de anfitrión para dedicarle unas palabras antes del partido. Sin perder oportunidad para recordarle que su historia en la NBA empieza siendo seleccionado por los Hornets, “eso nos conecta”, hace referencia a la hermandad que los unía, innegable e indisimulable, un amor mutuo que se expresaba como una manifestación de humanidad única frente a los ojos de los simples mortales que estábamos acostumbrados a verlos salvajemente creando lo imposible y, sin embargo, el encuentro de uno con el otro era un chispazo de ternura, complicidad, carcajada y, por supuesto, belleza inconmensurable.

Simónides dice en un poema resignado, “todo hombre es bueno si las cosas son buenas y malo cuando malas”, ese es el signo de nuestra mortalidad, ese es el signo de lo absolutamente humano que somos. Ningún hombre es totalmente inocente, advierte el poeta, el que logra poner en palabras, más que el sello de la condena, una condena que, por cierto, nos debería liberar de toda sobreactuación, la comprensión que nos ayuda a marcar la sutil diferencia entre el talento, una capacidad que se destaca en nosotros y que debemos trabajar constantemente para que cobre cierto vuelo, y el don, un propósito divino, porque “los mejores son aquellos amados por los dioses”, aquellos amados por los dioses que con su don tuercen lo ordinario y transforman la vida de millones.

Jordan entiende, quizás mejor que nadie, lo que muta cuando se sale de la cancha para ya no volver del mismo modo. Nunca más. Incluso cuando se vuelve, como él supo volver. Y cuando ya el tiempo marca que no hay más regreso posible. “Estoy seguro que sos como yo, vas a tener que encontrar otra manera de utilizar esa energía de competitividad”, le dice en el video a un Kobe que lo mira atento desde un costado de las butacas. Lo mira atento porque la atención es lo más preciado que se puede ofrecer pero también porque ese que le habla es el tipo que lo marco a fuego, aunque todos sepamos que esa hermandad también fue decisión de los dioses.

Cuando el imperio de los Bulls empezaba a perder la batalla contra el Padre Tiempo, como lo llama Mamba, un poco por la propia crueldad del paso del tiempo pero otro tanto mayor por las definiciones egocéntricas de los simples mortales, la incertidumbre sobre el destino de la NBA era un tema de conversación recurrente: ¿qué podía venir después de la generación que había logrado conceptualizar una cultura del básquet y que la había llevado a nuevos estándares deportivos, pero también estéticos, espirituales y, principalmente, sociales?

Bien, venía Kobe Bryant y aquella generación que lo antecedió iba a ser aún mejor. El básquet iba a ser mejor. El mismísimo Michael Jordan, el que en ese video le dice «ayudaste al básquet», todavía podía ser mejor, mejor jugador, mejor referencia, mejor líder y lo que agarró por sorpresa a algún distraído: un mejor hombre negro, un mejor hermano y el mejor mentor posible. Venía Kobe Bryant y nos iba a ser mejores. Vino Kobe Bryant y todos fuimos mejores.

Dear basketball

Los epitafios antiguos eran escritos por poetas que debían economizar las palabras para que entraran en la tumba donde se tallarían los versos. “El epitafio es una manera de pensar la muerte y recibir consuelo”, escribe Anne Carson, “bajo estas formas de orden, nuestra mente busca consuelo en un mundo de flujo apenas controlado”. Quizás por eso no asombra que el principal escritor de epitafios sea el poeta Simónides, a quien se le reconoce por haber descubierto el arte de la memoria.

Semanas antes de aquel partido contra los Hornets, exactamente un 29 de noviembre de 2015, un año después de haber empezado a publicar en The Players Tribune, Kobe anunciaba su retiro con el ya emblemático Dear Basketball, un poema que no escaparía a la lógica de aún poder ser mejor. Dos años después, ya convertido en un corto animado que desnivelaba la noción de lo conmovedor, Kobe levantaba un Oscar.

Dear Basketball siempre funcionó en una doble dirección que, a su vez, responde a un solo destino. Era oda, porque celebraba al deporte que le dio el motivo de la victoria para llenar esa copa vacía que es ganar, y era epitafio, porque era el consuelo que dejaba atrás al Kobe jugador NBA. Cinco años después y a un año de su muerte sigue funcionando igual pero en presente y para siempre: es oda y es epitafio de un Kobe que hace mejor a Kobe cada día y nos llama a nosotros a mantener la llama encendida, a seguir siendo mejores para mejorar a los que vienen detrás o por lo bajo.

“Gratitud y memoria van de la mano, moral y filológicamente”, resume Anne Carson y advierte que para los griegos “nombrar lo memorable es la función de la poesía, ya que el poeta recurre a la memoria para transformar nuestra relación humana con el tiempo”.

Con la muerte del Kobe jugador se dio paso al mentor, al entrenador, al autor, al poeta. Sus logros récords y sus números insólitos hasta el último segundo del último cuarto, su vuelo y su danza dentro de la cancha, su ADN en la cultura de una ciudad que lo adoptó como propio, porque su presencia, sobre todo del centro hacia el sur, fue redentora para esas calles que suelen pavonearse con razón ser un culto a la resistencia ante la mirada de criminalización y barbarie con la que se la lee. Todo el imperio Mamba está ahí a una búsqueda Google, a un par de clics hay una maratón de datos que se enumeran y caracteres que llenan las páginas de esos datos que buscan capturar algo de su existencia. La búsqueda es en vano, ningún dato hace justicia a sus movimientos, a su aura, a la emotividad que te daba estar viéndolo en una cancha pero también en una entrevista. Kobe emanaba una adrenalina que te podía definir la actitud de un día gris en un punto geográfico perdido de esta maldita tierra. La explicación no está en los datos ni en ningún número porque no hay tal explicación, es del orden divino. Es el don.

Foto Walter Iooss

¿Cómo se le hace justicia a la memoria de un tipo como Kobe Bryant? Un desfachatado, un torbellino, un insolente que nos entregó más de la mitad de su vida, una fuerza transformadora que puso a prueba nuestras ideas sobre la naturaleza de las cosas y de la vida. Un tipo al que muchos eligen adorar desde esa otra forma de desear que es el odio, un tipo al que otros pocos, los mismos pocos de siempre, urgiendo a través de las pulsiones confusas de época, buscan moralizar y reducir a comprensiones efectistas, esa posición formal de mostrarnos su propia incapacidad frente a lo que se nos escapa, nos arrasa, nos trasciende. Esa incapacidad no es ingenua ni mucho menos inocente. Los que buscan separar obra y persona, además de estar condenados a la comprensión errática, se pierden lo mejor.

“No tengo tiempos para amigos, estoy ocupado haciendo lo mío”, cuentan los cercanos a Mamba que solía decir. Sin embargo, todos coinciden que era el primero en estar cuando alguno necesitaba algo. Kobe no tenía tiempo en la forma que nosotros usamos y conocemos al tiempo, como tan bien nos recuerda Carson, “las estrellas existen en su propio tiempo”. Los últimos años, ese “estoy haciendo lo mío” tenía dos grandes pasiones como las principales protagonistas de su vida. Por un lado, la familia. Finalmente, el padre orgulloso de cuatro mujeres y esposo-novio eterno enamorado de Vanessa estaba reinvirtiendo un orden: después de mucho más de una década, casi dos, de ellas ir detrás de sus horarios, él correría atrás de ellas. Esa búsqueda de ganarle tiempo al tiempo fue parte de la trampa de todo este duelo: el viaje en helicóptero hacía más rápido los volver a casa o estar a horario donde haya que estar. Por otro lado, el trabajo social y cultural. Estaba obsesionado por la construcción de entornos seguros, de formación y de diálogo para niños y jóvenes. Mientras tanto, su escuela, ya convertida a esta altura en un templo, garantizaba un futuro brillante para el básquet femenino. Alguna vez declaró que ahora él estaba aprendiendo todo de nuevo sobre el juego “a través de los ojos de Gigi”, la guardiana de su legado deportivo dentro de la cancha.

Y sí, así y todo, y a pesar de todo esto escrito y todo lo que leeremos, escribir sobre la muerte de Kobe o a partir de la muerte de Kobe seguirá representando una imposibilidad. Es la imposibilidad de entender nuestra relación con el tiempo cuando el poeta de nuestra generación ya no está ahí para nosotros. Son las fantasías de una juventud que nos queda cada vez más lejos, o sea, que cada vez nos genera más ausencias para recordar, es el catálogo de recuerdos que cambia de estado en cada una de esas ausencias, es una expectativa de opinión que quedará inconclusa, el pulso de una referencia que ya no podrá ser desde su yo, sino desde nuestra percepción. Porque se muere Kobe, se muere una parte de nosotros, pero otra queda para que hagamos lo que él haría con todo esto. ¿Estamos listos? Tal vez la mejor respuesta la tengan Michael y Jane Banks, que cuando vieron que Mary Poppins partía sin explicación para ellos, aún con el corazón estrujado, miraron hacia el cielo, sonrieron y rápidamente tomaron el pulso del estado de ánimo que ella les mostró como posible: incluso la densa niebla inglesa te permite volar abriendo un paraguas. Porque, así como somos lo que hacemos con lo que nuestros padres hicieron de nosotros, también somos lo que hacemos con los legados que se nos presentan.