Black Boy Fly

Watch that black boy fly

“Cuando me preguntan por mi infancia o adolescencia, más allá de todo lo que pueda decir de forma personal, nada me describe mejor que «Black Boy Fly». Soy literalmente ese chico, ni yo puedo contar mejor esos años míos viendo a los más grandes volar mientras pensaba si llegaría algún día”, dijo alguna vez LeBron James en referencia al tema de Kendrick Lamar, esa pieza fundamental que llega con good kid, m.A.A.d city (Deluxe) para completar una historia de autobiografía colectiva: la infancia y la adolescencia bajo las tensiones raciales, siendo sujeto y objeto, pasando de víctima a posible victimario en un instante, palpitando el próximo duelo pero también rezando para no ser el protagonista de ese duelo. La lucha, en definitiva, con alcanzar una juventud temprana sin saber bien para qué pero sabiendo en dónde no.

La conciencia de Kendrick lo persigue con una pregunta que atraviesa las violencias y desigualdades que se estructuran en torno a la raza y a la clase: ¿sobreviviré para salir a tiempo de este pozo? En su caso, el pozo es el corazón de la cultura pandillera. Compton, tierra de balas y cielo de helicópteros policiales que sobrevuelan como pájaros de mal agüero. Son tristemente famosas las declaraciones del departamento de policía de Los Ángeles allá por 1996, cuando el asesinato de Tupac llevó a la guerra entre Crips y Pirus a otro nivel. Acostumbrados a enterrar generaciones enteras de jóvenes o a encarcelarlos de por vida, otra forma también de perder juventudes y generaciones, tan solo bastó una semana para que se rompieran todos las estadísticas anuales con una veintena de tiroteos que obligó a las familias de Compton a vivir encerrados. Hace unos años, Lamar contó que el sonido de los estruendos y del “ghetto bird” —también eternizado en las letras históricas de otros vecinos, como Ice-T y los NWA, en grupo y en solitario — lo habían afectado tanto que todavía de noche luchaba con esos ruidos en su cabeza para poder descansar.

En esas noches de niño, entonces, “solía ​​tener celos de Aaron Afflalo (…), él era el único líder que preveía mañanas más brillantes”, confiesa en “Black Boy Fly”. Aaron Afflalo es el basquetbolista estrella del barrio, el primer registro generacional inmediato a él del pibe que se salva con una de las dos únicas herramientas de salvación que parecen estar a disposición de la comunidad: el básquet o el rap; “conoces el estereotipo”, dice en tono más desafiante que victimista algunos versos después. Aunque Afflalo es basquetbolista, la identificación de King James no es con él, es con la voz de Kendrick, que suspira en cada gancho “mira al chico negro volar”.


El maldito respeto

Hace unos meses atrás, con las calles norteamericanas atestadas de fuerzas, un presidente arengando el terrorismo racial y la gente desbordando una y otra vez esos muros al grito de “las vidas negras importan”, LeBron quedó en el centro de una nueva embestida —porque es eso, el racismo nunca es una cuestión de “polémicas”— comandada por el bufón de Trump. Obsesionado con él desde que asumió y con esa pasión que tienen los mediocres por la estadística y/o el dato, lo acusó de haber roto el sentido del deporte. Su argumentación era una comparación sin sentido de los números de televidentes del 2020 con años de los 90, como si el mundo fuera el mismo y las opciones para acceder a ver el partido también. Esta pseudo lectura de situación se replicó en varias direcciones y vino al pelo para el clima enardecido que propiciaba The Last Dance entre discusiones falocéntricas interminables sobre quién era el mejor de todos los tiempos. Cada uno pierde su tiempo con la inutilidad que puede, pero no dejó de tener su gracia como algunos demagogos a la hora de abordar los temas raciales se subieron a esta ola argumentativa cuando los Lakers llegaron a las finales para, una vez más, minimizar el trabajo de LeBron. Por esos meses, le preguntaron al cuatro veces MVP qué tenía para decirles a todos aquellos que lo pretendían “callado y encestando, para eso le pagan”. El 23 de los Lakers Campeón respondió con otra pregunta: “¿escuchaste mi risa? Ese es mi mensaje para ellos”.

Probablemente ninguna pregunta le sea más familiar que esa. Desde su llegada a la NBA convivió con el ruido externo. El ruido al que están destinados los que en cada paso que dan deciden no solo avanzar para ellos, también para otros. El ruido que provoca, básicamente, cambiar paradigmas y reestablecer nuevos órdenes. “No me puedo preocupar por todo lo que dicen de mí. Soy LeBron James de Akron, Ohio, ni siquiera debería estar acá”, respondió entre los papelitos de colores que lo cubrían festejando el bicampeonato del 2013 con Miami y una ovación sostenida para darle vuelo a sus palabras, “entro al vestuario, veo el número 6 con James en la parte de atrás y me siento bendecido. Todo lo que digan de mí fuera de la cancha no importa”.

Pasaron siete años de aquella declaración y no solo sigue sin importarle a él. A la gran mayoría no nos importa. Y este 2020 la confirmación llega con la fuerza social y cultural que construyó y que le permitió, a su vez, dar los movimientos necesarios para torcer un destino político. Así, en un año bisagra por donde se lo mire, su décima final devenida majestuosamente en cuarto anillo y trofeo MVP, siendo la tercera franquicia con la que lo logra, son puesto menor. “Nunca, pero nunca, volvería a un nosotros simplemente practicando nuestros respectivos deportes. Nunca será así mientras yo esté y espero haber inspirado a suficientes atletas para que esto siga siendo así cuando yo ya no esté. Ese es mi legado”, dijo conmovido el hombre que ya había dicho que, mientras otros “ahora” se llenaban la boca sin coherencia sobre el “movimiento BLM, para nosotros no es un movimiento, es una forma de vida, es directamente nuestra vida: las vidas negras importan, nosotros importamos”.


Un chico de Akron

Akron es una ciudad industrial al sur de Cleveland. Como todo sur, Akron tiene su norte pisoteándolo y convive con el olvido, al margen. Casas a punto de venirse abajo, calles rotosas, servicios precarios. El tercermundismo se cuela en los países potencia y su aroma en general es racial, xenófobo, criminalizador. Es un desprecio político que se define por sectores y geografías, en rasgos, gestos, estilos, tradiciones. Los olvidados, en definitiva, no son casuales.

Spring Hill Apartments es el bloque de viviendas en donde creció la estrella que no deja nunca de llamarse a sí mismo “un chico de Akron”. El St. Vincent-St. Mary, uno de los tantos colegios a los que asistió, pero el más significativo, porque es desde ahí que llega el salto directo a la NBA, se decora con frases de él que destacan el trabajo duro, la disciplina, el esfuerzo, la humildad y la lealtad. Esos valores que cuando los progresismos blancos leen ven meritocracia sin siquiera advertir los entramados sociales que dichas palabras configuran a partir de contextos adversos, que poco y nada tienen que ver con “malos momentos” o “épocas de vacas flacas”, sino con un destino que corre tras la perpetuación de ciertas condiciones. De esas no casualidades que hacen a los olvidados de siempre. Bien, esas palabras ahí, entonces, buscan marcar un horizonte totalmente desconocido.

Criado por Gloria, una adolescente de 16 años que quedó sola frente al anuncio del niño por llegar, con limitaciones sociales para construir un buen entorno, dado que las mudanzas eran una constante por cuestiones económicas, todos los esfuerzos se dispusieron hacia la educación, la comida y “no caer en malas compañías”. Sin embargo, hubo un sacrificio aún mayor en vías de lograr esas bases: la separación de la madre con el hijo. En cuarto grado LeBron había perdido más de la mitad del año escolar como consecuencia de esas mudanzas. En ese tiempo conoció a un entrenador de fútbol americano al que le debemos que hoy el chico de Akron sea, también, King James. Frank Walker le propuso a Gloria que lo deje a vivir en su casa, con su familia, ellos se ocuparían de hacerlo cumplir con la escuela, aunque el niño no quisiera ir. De yapa, llegó la motivación de jugar al básquet, deporte que había descubierto en el Centro Comunitario Summit Lake, lugar donde conoció a Frank, y lo único que lograba convencerlo de no faltar a clase: si no iba, chau básquet. Los fines de semana los pasaría con su madre, mientras que la semana sería uno más en la familia Walker. Al menos hasta que Gloria pudiera establecerse, algo que ocurrió un par de años después cuando pudo alquilar un departamento.

Esta breve captura de su vida exalta una disciplina de decisión y cómo él la tomó para siempre. Por sobre cualquier otro entrenamiento exigente, más aún, por encima de un cuerpo-mente-talento extraordinarios, la toma de decisiones es su superpoder. Las decisiones nunca no generan fracciones, las decisiones siempre generan, además, una pérdida, un dejar algo, también se tratan, a veces, de dejarse uno y saber esperar. Decidir siempre incluye un “no”, directo o indirecto. LeBron es libre y poderoso porque dice “no” en ambas direcciones. Lo dice ahora con miles de millones de dólares en su espalda, y lo dijo cuando intentaba mantenerse con menos de veinte dólares en el bolsillo y Reebok le dio un cheque por diez millones que rechazó estoico. Ese día, también, le dijo que “no” a su mamá, que rogaba para que lo aceptase. LeBron siempre entendió que todo esto, si era posible, se trataba de algo más. Y lo iba a hacer posible no entregándose a la corriente y encontrando su propia manera de decidir. Ya consagrado advertiría lo obvio, “no soy un gurú del éxito”.


Más que un atleta

La llegada a la NBA fue un salto sin escala, pero ese salto no le sacó nunca los pies del piso. Si la regla afroamericana por excelencia —para todos aquellos que logran salir del pozo— es la de la retribución, LeBron no esperó a que le sobrara el dinero para empezar a hacerlo. Lo notorio, una vez que su crecimiento económico le permitió concretar obras a gran escala, es ver cómo a través de su intervención en la ciudad también se puede contar la vida del chico de Akron, que empezó regalándole a su tierra natal un paseo para andar en bicicleta. El estado de esas calles había hecho estragos en más de una ocasión en sus piernas y complicado en exceso el deseo bicivolador.

Siempre atento a las noticias comunitarias para quedar a disposición y aportar soluciones y respuestas rápidas, su acción más ambiciosa y transformadora es la que viene sosteniendo desde el 2018 con la creación de I Promise. El primer paso fue I PRomise School, un proyecto integral que incluye transporte gratuito, comida, uniformes, bicicletas y otros recursos esenciales extraescolares, como el acceso a programas de salud mental, ese tema tabú para todos, cuando no ridiculizado o tocado por la autoayuda emprendedora, pero que azota a las comunidades racializadas con la particularidad que se da a partir de los efectos de, valga la redundancia, el racismo. Como decía James Baldwin, “la creación más peligrosa de toda sociedad es el hombre que no tiene nada que perder”. El autor también diría que nada es más desolador, “no tener nada que perder es una manera de saber que a nadie le importás, ni a vos”.

Este año la fundación dio un nuevo paso gigante, I Promise Village, un complejo de viviendas de transición para familias necesitadas y en situación escolar. Este lanzamiento se agudizó a partir de la historia de LaTasha Clark, una enfermera que no pudo seguir pagando bien todas sus cuentas, luego de haber perdido horas de trabajo en plena pandemia, y fue desalojada con dos hijos. En agosto se mudaron a I Promise Village. “Me abrió las puertas que nunca nadie me abrió, que nunca pensé que me serían abiertas”, dijo Clark cuando su hija comenzó la escuela, “soy una mujer negra normal, una madre soltera que intenta abrirse camino. Estar acá me hizo conocer muchas personas que me dieron todo el apoyo que no había recibido nunca en mi vida”. I Promise termina este 2020 bajo el anuncio de un proyecto de capacitación laboral y educación financiera. El anuncio incluyó un mapa del impacto directo en términos ambientales y arquitectónicos que se viene dando en Akron a partir de su instalación. Detalle no menor en tiempos donde otras de las principales luchas es la gentrificación.

Lejos de quedarse tranquilo en su trono, que en Akron alcanza el status de prócer viviente, para mediados de este junio último, el hombre de las decisiones se puso al hombro una videollamada con varios colegas y protagonistas de diferentes disciplinas. Eran días de los más violentos afuera y arrancó diciendo lo fundamental: había que hacer algo concreto y pensando más allá del candor del momento, para eso no alcanzaba con usar el nombre y el lugar de privilegio de uno. No quería, en otras palabras, ser parte de un video de millonarios sosteniendo carteles con frases y gestos desolados. La mayoría de los jugadores, todos reconociendo los ecos de la violencia policial en sus propios cuerpos e historias, estaban siendo parte de lo que sucedía en las calles. Y él mismo también estaba siendo parte de lo que se movilizó en Los Ángeles. Pero sabía que eso no alcanzaba. El rol de esos estallidos es otro. LeBron ya estaba pensando en el qué pasaría cuando toda esa energía se dispersara y cómo, antes de que eso ocurriera, podía ser utilizada para salir de la situación de riesgo en la que estaban. “Siempre trato de dar un mensaje de poder, pero estos últimos años fueron realmente difíciles. Si estás en una balsa en el medio del océano y todo es tormenta eléctrica es difícil pensar bien el mañana”, explicó. Había que parar la tormenta para volver a los problemas estructurales, para que nadie esté en el medio del océano solo en una balsa.


Más que un voto

Si la pandemia vino a desnudar como nunca las desigualdades estructurales, el gobierno de Trump desnudó como nunca el peligro de los márgenes borrosos cuando el Estado queda en manos de alguien sin ningún tipo de GPS humanista. Como argentinos conocemos bien eso. Y también conocemos bien las consecuencias de esto que explica Angela Davis, que ya lo había dicho con Hillary y lo repitió con Biden, “es egocéntrico llamar a no votar por ciertos nombres cuando sabemos que el Estado en ciertas manos puede hacer un daño irreversible. Los tiempos cambian, hay que saber leerlos. Hay que votar y hay que luchar. No solo no son excluyentes las dos acciones, se necesitan con urgencia. No se trata de evitar elegir un mal menor o de acusar alianzas, se trata de hacer un trabajo completo, a todo dar, a todo mirar la situación ajena por debajo de uno”.

King James aplicó esto a la perfección y a los pocos días de esa videollamada se lanzó More Than A Vote, la plataforma para concientizar sobre la importancia del voto, con clara dirección al electorado negro, que logró un hito no solo en la comunidad, también en la NBA: más del 95% de los jugadores terminaron registrándose para las elecciones de 2020, mientras que solo el 22% votó en 2016. Para la mayoría de los jugadores negros y de sus entornos directos fue su primera votación. Muchos al principio no estaban convencidos, ¿cómo predicar votar si no votamos? LeBron entendió que era exactamente eso lo que se tenía que contar, no había que fingir, había que buscar una movilización distinta y ser francos, que vean cómo tienen las mismas dudas y rechazos, pero que también se vea que lo que está en juego no se trata solo de lo que uno siente, “es más grande que eso y por algún lado hay que empezar. Tenemos que empezar a hacer cosas todos juntos, incluso las que jamás pensamos hacer”.

La plataforma no salió a apoyar a ningún candidato en particular, habló del derecho al voto y retomó discursos de responsabilidad social y cultural, a su vez, actualizó viejos conceptos recreativos y de comunidad apoyándose en todas las representaciones de la cultura negra. Y aunque la plataforma no apoyó directamente a Biden, el triunfo de Biden fue el triunfo de la plataforma. Más aún, la derrota de Trump fue el triunfo de King LeBron James, y así lo vivieron esa madrugada de conteo interminable varios de los que lo vieron poner el lomo de cerca, así lo vivió la gente, no solo la que fue a votar, la gente alrededor del mundo lo felicitaba a él antes que a Biden. Las redes sociales estallaron con memes en los que LeBron y los jugadores NBA guiaban a Estados Unidos a una nueva etapa. Y sí, así también lo vivió él, y con razón, luego de ser uno de los objetos de odio favoritos del presidente derrotado, se dedicó durante días a festejar. En sintonía con BLM, el festejo predominante no hacía tanto foco en Biden, incluso se festejó más a Kamala Harris, pero principalmente se festejaba la salida de Trump y, sobre todo, el poder negro.

Los números finales no solo son contundentes en cuanto a la participación afroestadounidense, indispensables para lograr este resultado, sino que solo se termina de entender lo realizado a través de los puntos geográficos que terminaron de consolidar el triunfo demócrata. Esos lugares fueron los que tuvieron trabajo directo y personalizado a través de More Than A Vote y las franquicias poniendo todo a disposición para que eso ocurriera. Ese fue uno de los arreglos para que el juego no se detuviera más allá del boicot histórico de los Bucks, en el que LeBron no tuvo intervención directa, incluso lo agarró gratamente por sorpresa, pero sí fue el que comandó la construcción del clima para cambiar las consecuencias que hasta ese momento generaban estas medidas y toda manifestación extradeportiva. Desde Muhammad Ali no veían algo así de potente en el país del norte más allá de algunos intentos que no lograron llegar a buen puerto. El mundo, desde finales de los 70 y principios de los 80, ya tenía a Maradona haciendo lo propio. Pero, a diferencia de Ali, Maradona, y tantos otros, esta vez nadie fue suspendido, multado, expulsado, perseguido ni castigado. Y ningún protagonista se conformó con mensajes de solidaridad, en un efecto dominó, todos salieron a forzar mesas de acción para seguir alimentando ese impacto que, aunque la cosecha tarde en llegar, ya tiene garantizado su espíritu de imparable. El futuro sonríe frente a semejante campo minado de conciencia.

Dicho esto, sería injusto, vacío y errado quedarnos con un “desde Alí no se veía algo así”, porque en gran medida hay razones para eso y es esencial ponerlas sobre la mesa, repetirlas una y otra vez. Porque son demasiadas las razones por las que, por ejemplo, a Jordan le costó prácticamente toda su vida hablar de racismo hasta llegar a decir, como dijo en la reunión clave post boicot de los Bucks para saber si se seguía o no con la Burbuja, “hablo como hombre negro”. Su apoyo fue más que decisivo. Atrás quedó su famoso “los republicanos también compran zapatillas”, siempre usado para tapar su aporte económico a la campaña demócrata en cuestión y las sucesivas intervenciones sociales, tanto en Carolina del Norte como frente a crisis regionales, como las que provocó el Katrina. Esa frase, esa idea, consciente o no, también es hija de todas esas correcciones que sufrieron los deportistas que levantaron la voz y el puño. Algunos no solo perdiendo por completo su carrera, en algunos casos hasta su vida, sino también como el caso de la esposa de John Carlos, que se suicidó por no soportar el acoso violento que caía sobre ellos. Ser negro es una construcción. El mundo gira para que la desracialización domine el espíritu, cuando la conciencia llega no hace falta ni explicar lo que sucede. Aunque cada vez sucede menos, por fortuna este mundo todavía nos sigue regalando momentos con ese despertar en plenitud y el pueblo saliendo a la calle en una dirección justicialista y solidaria. Es, quizás, el único gesto saludable que nos queda como humanidad. 

Al final de “Black Boy Fly”, Kendrick, ya lejos de la mentalidad adolescente, advierte: “No estaba celoso por los talentos que tenían, estaba aterrorizado de que fueran los últimos negros en volar fuera de Compton. Gracias a Dios, el chico negro vuela”. El agradecimiento es lógico, Kendrick alcanza esa comprensión con su propio vuelo, aunque todavía no había llegado el momento (to pimp a) butterfly, sus pies ya despegaban de Compton con el único despegar posible que conciben los que nunca son ajenos a los otros ni a su lugar en el mundo, saben que en su volar se elevan otro montón de historias por detrás: despegar no es dejar de ser, no es dejar de estar. El chico de Compton, el chico de Akron, el Pelusa de Villa Fiorito, ese que avisaba que estaba acá para demostrarnos que no hay túneles sin salida y que tenía su propio Dios, al que le agradecía por haberle dado un talento extraordinario, “por eso entro a la cancha y me persigno, si no lo hiciera estaría faltándole el respeto”. King James también tiene a su Dios enfrente, “siempre me tocó el camino más difícil, pero sé que Dios me manda esto porque puedo con esto. Si hubiera tenido un papá con mi mamá, una casa con jardín trasero y dos perros no estaría hoy acá, hoy no sería LeBron James”.

Pero es LeBron James, está acá y vuela. Ahora todos lo miramos volar a él, que en su vuelo construye mañanas brillantes, mucho más brillantes que los anillos que luce en sus dedos y que nunca serán suficientes para poner en palabras la historia que viene rompiendo alrededor del aro, pero principalmente fuera de esas líneas y de los giros supremacistas que lo pretenden ahí enmarcado. Es LeBron James y está acá porque también se ríe frente a los que lo quieren callado y sumiso. Está acá porque toma decisiones fuera y dentro de la cancha, las decisiones que lo dejaron prácticamente sin récord por romper en la NBA, pero, como no debería estar acá, sigue jugando a pura diversión y persigue con inocencia y amor infinito el sueño de compartir cancha con su hijo. Es LeBron James, pide su maldito respeto y lo recibe de miles de maneras, como sus compañeros y rivales sub-25 repitiendo con su estilo “yo no debería estar acá” y “soy un chico de” para exaltar el cuerpo político por sobre el deportivo. Es LeBron James y las revistas lo llaman “el atleta del año”. Él canta y baila, se prende un habano, luce su remera que reza “más que un atleta” y, principalmente, vuela. No deja de volar, sigue volando. ¿Y vos qué estás haciendo mientras ese hombre negro volando trae mañanas brillantes? Mirá a ese hombre negro volar y dale su maldito respeto.