Neo soul para la liberación

Un poco de azúcar

Cuando apareció Brown Sugar (1995), el álbum debut de D’Angelo, comenzamos a vivenciar mucho más que una llamada al neo soul, más bien comenzamos a vivenciar una transformación profunda de todo el concepto soul y R&B.    

En el salto de los 80 a los 90, si Gang Starr puso los puntos sobre las íes a ese coqueteo entre el jazz y el hip hop y, principalmente Guru, o con él por delante, los géneros se formalizaron como unidad, más allá de la integración natural, para devenir en novedad primero y en nuevo elemento cultural después, Brown Sugar replica con el soul ese sentido inevitable, fortalecido en un compartimiento de raíces y horizontes, y lo salva de la condena a la que el negocio musical lo había destinado. El álbum debut de D’Angelo marca la hora de la transformación total porque lo libera de los preconceptos que se fueron depositando década tras década sobre sus formas, fondos, presencias, estéticas, narrativas y una acumulación de mandatos comerciales no inocentes que funcionaron como piso y, a la larga, también como techo.

La industria había logrado mantener al soul en un estado casi naif para las voces femeninas, con aires religiosos para las voces masculinas, pero siempre enfatizando un romanticismo atento a las energías deseantes de las jovencitas del público. Más aún, cuidando su don de mejor compañero para estar sonando de fondo cuando la (des)ilusión de (des)amor golpea la puerta, al soul lo fueron moldeando a imagen y semejanza de un sueño americano, incluyendo, por supuesto y ante todo, el rol de una mujer compasiva, servil, dedicada a su familia como cualidad divina. Aunque también apelaran a una sutil sexualización de angelamiento con las cantantes. Estas definiciones inicialmente pretendían evitar la politización del género, la captura de un espacio más puesto a disposición de las tensiones de época. Por eso, es indispensable esta salvedad: cuando hablamos de voces femeninas y masculinas estamos hablando de voces negras, claro. A las voces blancas, aunque hicieran soul, por lo general se las ¿llamaba? ¿llama? baladas pop.  

La lucha por la nominación de los géneros, el tratamiento a cada uno y el lineamiento que se impone sobre las culturas y subculturas racializadas, incluyendo tantos movimientos y músicas de nuestra región, es una batalla de larga data que, en lo que a ellos respecta, la comunidad afroamericana no se cansa de dar, porque es también desde esas sutilezas que operan las apropiaciones, los blanqueamientos y la temida desculturización, un lujo que no puede darse un pueblo que encuentra herramientas de organización social a partir de su cultura.

Mientras que las chicas y los chicos pop pueden hacer lo que quieren, mejor dicho, sus discográficas pueden hacer lo que quieren, poniéndolos y sacándolos del mood afro y/o latino según los números cierren, las chicas y los chicos soul pagaron muchas veces con su carrera las desobediencias a esos mandatos, así como otros tantos conocieron (conocen) la gloria respetando el pacto implícito de no sacudir el molde, incluso cuando pareciera que sí, que lo están haciendo. Tal vez una de las muestras más decepcionantes del crecer es ver cuánto más importa saber venderse que el trabajo real propiamente hecho, algo que la modernidad susceptible y el salvajismo del mercado lo supieron canalizar perfectamente. No en vano, acá estamos, viviendo la Era de la sobreproducción, del enunciado y la celebración constante de la autodefinición, el regodeo en las formas del decir (ah, el simbolismo y la épica, el opio de los sobrepasados de las ciencias sociales y la demagogia comunicacional, amante del dato que no implica ninguna comprensión de lo que guarda en sí mismo), la constancia de la selfie como signo de existencia, el rostro propio mercantilizado anunciando lo que pretende como micrologro, que —como bien ilustra Joan Cornella— no es más que la foto de uno exhibiendo su precarización, o en los casos del otro extremo, confirmando el “cambiar para que nada cambie”, o sea, las jerarquizaciones sociales gozando de buena salud aunque la que alcanza el status de multimillonaria, y lo haga luciendo una boina a lo Huey Newton y citando a Toni Morrison, sea una mujer negra.

Volviendo al soul y su desencantamiento, entre otros tantos entramados, se lo fue convirtiendo en un género recargado de prejuicios con el que muchos de los grandes artistas evitaban quedar pegado, aun cuando hacían su tipo de soul deseado. Y acá, otra indispensable salvedad: las pocas excepciones que lograron gambetear los caprichos de la industria no solo confirman la regla, como toda excepción, sino que exponen el costo que dejó la desobediencia. Desde Etta James a Ms. Lauryn Hill, pasando por Aretha Franklin y Tammy Terrell. Sin olvidar a la mismísima Sister Rosetta, que padeció demasiadas veces el peso de los mandatos y cargó con altura la cruz que la marca como pionera en casi todo. Nina Simone se cansó de decir que sentía vergüenza cuando leía que la reducían a una cantante de R&B o soul. Nina llegó a quejarse cuando la llamaban cantante de jazz, “pareciera que una mujer negra no puede hacer otra cosa”, desafió durante años hasta que todo ese despertar político de época, y al que se entregó sin condición, le permitió dar con una lectura de situación clave, incluso para sanar sus propias heridas: “yo hago música clásica, lo mío es la música clásica negra”. Una comprensión similar a la arengada por Marvin Gaye, Bill Withers, James Brown y no casualmente por muchos de los grandes nombres de la década dorada del hip hop, algo que vuelven a rescatar varios de los protagonistas de este tiempo 2010/2020, y que es otro de los tantos gestos espejos sobre los que se columpian la generación Black Power+Black Panther, la generación LA 92 y la generación Black Lives Matter. Que haya aproximadamente dos décadas de separación entre una y otra no es casualidad; por suerte, no creemos en las casualidades, creemos en los procesos sociales.

La resistencia Soulquarian

Brown Sugar también inaugura, sin querer, sin conciencia al momento de su lanzamiento, aunque el clima ya comenzaba a conflictuarse, una época de resistencia mayor puertas adentro de la cultura hip hop. No lo hace solo ni primero, no lo hace de manera literal, el sentido inaugural responde más a una metáfora como medida calendario, gracias al diario del lunes, y como puntapié para lo que luego sucedería. ¿Qué sucedería? La maravillosa Era Soulquarians.

Si bien este texto no tiene ánimo de perfilar ni cuenta con el espacio para profundizar dicha Era, de hecho, reconoce la deuda pendiente en este blog para con ellos, sí podemos permitirnos bocetear algunas ideas para poder llegar a destino.

Mucho más que un colectivo musical, esas vinculaciones que venían dándose bajo ciertos códigos compositivos, respetando registros sociales históricos y con plena conciencia de lo que estaba sucediendo más allá de la fachada “guerra de las costas”, Soulquarians empieza a moldear las nuevas bases necesarias incluso antes de encontrarse bajo este nombre, cada uno con sus proyectos pero gozando de la amistad. Las nuevas bases eran necesarias porque la cultura hip hop ya no volvería a ser lo que hasta ese momento fue, no solo por la globalización, no solo por su estallido ni su alto rendimiento comercial ya a nivel mundial, sino porque, parafraseando a Fred Hampton, cuando el capitalismo irrumpe no importa si es blanco o negro, llevará todo a un extremo de explotación, jerarquización, organizará elitismos y, principalmente, quitará espontaneidad, comenzará a institucionalizarse, aún en un sentido informal, porque marcará la agenda, la intromisión de grandes marcas y/o marcas multinacionales no hará más que protocolizar aquello que nace, crece y se fortalece en las calles, en los márgenes. Esa instalación de pautas externas y bajo mediciones propias de un mercado despojarían al hip hop de todo aquello que lo hizo ser cultura. Aunque no se logró, justamente porque el hip hop sucede por fuera de ese radar, un radar que todavía lo lee como mero género, no como cultura, por eso las lecturas y los pronósticos son sucesivamente fallidos, se instaló que la hora de su decadencia había llegado. Fake: el hip hop estaba reconstruyéndose después de grandes duelos, y obviando esa reconstrucción lógica, también estaba reorganizándose frente al vía libre que esos duelos habían habilitado. Lo paradójico, o no, en realidad no, es que esa “mala época” estaba con las revistas y los rankings al tope del hip hop que se mece en la mano no oculta del mercado, el mismo que desde la crítica instalaría aquella sensación, el mismo que a principios de la década censuró y pidió cabezas. La conversión de la censura al sostenimiento no se da sola, entre los primeros años de los 90 y los últimos años de la década, el ascenso de Sean Combs fue la clave.  

Lejos de “la vida de matón”, y también de la estética gangsta, pero con el código Thug Life grabado en la piel, con formación en el panafricanismo y una juventud temprana como militantes del afrocentrismo, practicantes musulmanes o baptistas, con historias familiares que se complementan unas a otras, entre los que recibían el desayuno de los Pantera y los que tenían a los padres sirviendo el desayuno como miembros de los Pantera, levantando las banderas que rezan Free Assata, Soulquarians no duró como agrupación más allá de los primeros años del 2000, aunque todos sean íntimos amigos y continúen haciendo música juntos y compartiendo proyectos, pero esos pocos años alcanzaron no solo para edificar un legado eterno sobre el que hasta ellos mismos se alimentan al día de hoy, sino para hacer por la cultura hip hop algo mucho más grande que mantenerla a salvo.   

Para continuar con los espejos, no solo es a ellos que se les debe gran parte de la conciencia y valoración cultural que promueve la generación BLM, muchas de las caras referentes del movimiento son, ni más ni menos, muchas de las caras de los Soulquarians y de otros de los protagonistas de aquella era de resistencia, con un par de arrugas y canas de más, que hicieron fuerza para detener la embestida comercial y abrir también una nueva forma de habitar una cultura sobrecargada de energía masculina, no siempre machista, pero sí potencial y excesivamente masculina. En definitiva, más que a salvarlo, Soulquarians venía a liberar al hip hop, y para hacerlo necesitó también poner bajo su ala a aquellos géneros ultra sampleados pero de los que aún nadie quería hacerse cargo del todo.

Vaya este nobleza obliga para los Fugees, que si bien no hicieron esto necesariamente, dejaron un antecedente fundamental para comprender al hip hop como cultura pero también como subcultura negra a disposición de los tercermundismos, los que no pueden permitirse un adoctrinamiento de géneros.

A donde vamos sí necesitamos soul

No había terminado enero del 2000 cuando festejamos el lanzamiento de Voodoo, el disco con el que D’Angelo patea todas las estanterías y quema todos los manuales que le quedaban por quemar. Si bien para ese momento no solo el soul ya está definitivamente fuera de las garras de los preconceptos, como un escultor que no se conforma con lo hecho, vuelve para no dejarlo cómodo ahí y lo empuja a un nuevo renacimiento. Porque si bien ya estaba integrado por completo al funk, al jazz, lógicamente al R&B, todo bajo la órbita y la pauta enriquecida que brinda el gran integrador gran, es decir, el hip hop, acá sucede algo más, y ese plus es todo mérito de él: D’Angelo reconoce una intimidad silenciada y decide llevarlo a un viaje por las profundidades de los sonidos latinoamericanos. Su viaje es literal, sus semanas en Cuba le abren un mundo nuevo que sacude todas sus creencias al ritmo de los tambores, en la cercanía con nuevas religiones y en la experimentación a través de diversos rituales. Con todo esto conforma otro elemento apto para ser volcado a esa gran construcción musical, a esta altura más que renovada, totalmente inédita, caliente y brava.

Afuera, aquel enero del 2000, muchos recién empezaban a comprender lo que había sucedido con Brown Sugar, pero también con The Miseducation of Lauryn Hill (1998) y previamente con Baduizm (1997), el disco debut de Erykah Badu. Tuvieron que pasar muchos años, demasiada depresión, alcohol y sustos para comprender cómo le afectó a D’Angelo la incomprensión y el ninguneo a su obra. Mejor dicho, la incomprensión, el ninguneo y la sexualización, coincidiendo, para más, con un proceso de separación que el artista no podía superar.

Pero para lograr ver lo que se había iniciado con Brown Sugar y lo que esos años siguientes se había estado sembrando todavía faltaba una piedra fundacional más, y fue Erykah Badu quien la puso, antes de terminar el 2000, exactamente hace 20 años, un 21 de noviembre, con su segundo álbum: Mama’s Gun.

Armado en paralelo a Voodoo y compartiendo mucho más que los micrófonos y los equipos en Lady Electric, las jornadas de estudio estaban copadas por la dinámica del grupo de amigos: largas jornadas de reflexión, discusiones acaloradas sobre política y religión, intercambio de vinilos y libros como “el anillo de compromiso”, como diría Mos Def alguna vez, que sellaban una hermandad, una manera de ver y una filosofía de vida totalmente aplicable a la obra musical, tanto hasta hacerlas inseparables.

20 años de Mama’s Gun

Motivada por algunas críticas y por el lugar al que se trató de empujar no solo su estética, sino su carácter espiritual, Badu comenzó a pensar su siguiente álbum muy poco después de haber lanzado Baduizm, un disco debut que tiene la irreverencia y el poder de alguien que, a pesar de las inseguridades y los temores propios, cree en su capacidad. Cerca de la emancipación espiritual que encarnó Hendrix con su guitarra y su fuego y alineada a la fuerza política de la Nina Simone que desafiaba “¿Estás listo pueblo negro? ¿Estás listo para convocar la ira de los dioses negros y la magia negra?”, Baduizm pedía ser realistas hoy para poder llegar vivos a mañana. Pero también se hacía tiempo para pincharle el globo a los que la pretendían como objeto de aquel soul y R&B pulcro, y de paso, sin querer, avisaba al mundo cuál era la cita ideal para las chicas de los 90: “Well, you said you’s gon’ take me to see Wu-Tang, baby, so I braided my hair”.

Si quedaban dudas de lo que Brown Sugar había iniciado, Badu venía a ensuciar los planes a fondo. Ya no era un hombre politizando y dándole cuerpo cultural al género dormido, ahora era una mujer la que se pronunciaba a partir de ese despertar cargado y recargándolo de conciencia negra.

El proceso creativo de Mama’s Gun ocurrió a la par del crecimiento, clímax y ruptura de la relación con André 3000, así que es un disco que su último tramo se empapa del duelo amoroso y de una maternidad flamante que deberá ocurrir, al menos en lo cotidiano, en soledad. Pero fiel a lo que sugería en su debut y lo que mantuvo a través de los años, el amor y el desamor para Badu nunca acontecen como burbujas, conviven con los fantasmas que generamos, alimentamos y luego, una vez que los espantamos, con sus crías siguiéndonos por toda la casa. Pero también conviven con la desesperación de una ciudad que te come en su dinámica, de las cuentas a pagar, del precio a pagar por pretender pagar esas cuentas sin ceder en la identidad, o en la construcción constante que es nuestra identidad, y, sobre todo, conviven con el duelo, tan persistente como inminente, de una comunidad en peligro. Un duelo social, un duelo comunitario, un duelo que, en este caso, se funda con el corazón roto y carga de incertidumbre los silencios, de motivos la confusión y hace del desconsuelo un desafío.

Mama’s Gun es un disco que salva vidas. No tengo manera de explicar esto pero no lo voy a dejar de poner. No puedo más que invitar a darle play en algún momento de desolación. El funk golpea como funk en la palabra exacta, y deviene en jazz en el latido justo, el R&B y el soul vuelven a su estado natural: son un GPS para que el alma vuelva a nuestro cuerpo, y lejos de anestesiarnos, tengamos el bálsamo a mano para soportar la pulsión de ser cuerpo. Mama’s Gun es importante por eso, porque le da a la intimidad un lugar de recogimiento, pero también a demasiados niveles que son urgentes y esenciales para que ese recogimiento no sea un privilegio ni una instancia ocasional.

Cada minuto a lo largo de la hora y monedas que dura el álbum no solo confirma la alquimia vincular entre los integrantes de los Soulquarians, la alquimia vincular y un talento tan generoso como extraordinario; no solo expone, una vez más, como lo esencial es invisible a los ojos del periodismo musical que volvió a ningunearla, sino que mientras ellos se lamentaban que las Spice Girls debutan en el siglo nuevo sin una de sus integrantes o ayudaban a que Beyoncé caiga bien parada en cada una de las maniobras dispuestas para resaltar su figura y su nombre por sobre el de las demás integrantes de Destiny’s Child, maniobras que devinieron, varias de ellas, en demandas judiciales y renuncias por agresiones psicológicas, Badu sacaba a relucir toda su sensualidad sin escatimar inteligencia y marcaba una tercera posición femenina común a la gran mayoría de las mujeres y las chicas de barrios bajos, barrios al margen, al cordón de las grandes ciudades o llegando a ellas en busca de una oportunidad. Una posición que se hace de los vaivenes de la vida real, esos que no se miran a través del chicle globo rosa fuerte del pop y esos que quedan demasiado lejos de la ambición del divismo. Mejor dicho, lejos no, rotundamente en contra. Por eso hay orgullo en convertir el vestido de feria en el mejor vestido del mundo, aunque por cuestiones de devaluaciones, con los 7 dólares de Cleva, en ese momento, seguramente nosotras hubiéramos podido comprar algo en un shopping, pero el punto es que no éramos ni somos chicas de shopping. Hay una apreciación ahí a lo artesanal, a otra alternativa de vida, que los medios postulaban erradamente como hippie chic, induciendo incluso la misma postulación para su obra. No solo el desconocimiento a ciertas cuestiones de raíz, también yace ahí la tragedia de leer, escuchar o ver sin saber correrse del medio, sin animarse a ver, más aún, la vida más allá de lo que las etiquetas mainstream exigen.

Lo cierto es que Badu nunca deja de ser esa mujer que tiene cosas para decir y sabe cómo decirlas, porque sabe a quienes les habla, elige a quienes hablarle. Se rehúsa a caer en etiquetas, no especula con la conformidad de un público determinado ni mucho menos de una industria o consignas dudosas de época. Reconoce su ternura y su deseo de rendirse, se deja rendir. El humanismo que ofrece no busca el título de heroína, busca más humanismo. Busca, en definitiva, la libertad de poder ser, de poder sentir, de poder hacer. Mama’s Gun es el documento de identidad no solo de su obra, que incluso fue in crescendo en cada una de estas cualidades, es la kryptonita para todo aquello que subsiste a fuerza de poses.

No es que envejezca bien, es que lo que no se sobreactúa no envejece, permanece fértil y fuera de toda marca calendario. A todos les llegará un momento en que se crucen con aquello, un momento justo que se sincroniza como el reloj parado que una vez por día se alinea con el mundo y siente, al fin, que algo aconteció a su favor. Lo que termina de acontecer con Mama’s Gun es el orgullo soulero que Brown Sugar comenzó, un orgullo de igualdad entre hombres y mujeres, donde no hay temas de conversación exclusivos para unos y otros, los dos pueden hacer lo que quieran, pueden hablar de lo que quieran, del modo que quieran, lo que se comparte no es un tema o un gusto, es una filosofía de vida, un modo de habitar este mundo. Desetiquetarse de géneros, tanto musicales como aquellos masculinos-femeninos, para crear lazos más que necesarios frente a la hostilidad del mundo y, también, la de nuestras emociones. Cuando la fortaleza se vuelve una carga, ahí donde es esencial para la supervivencia, abrir una ventana y encomendarse a los astros, no por creer en el horóscopo y ni siquiera en un sentido astrológico, más bien como un procurarnos alcanzar la fe que nos ayude a despertar mañana, Mama’s Gun sabe musicalizar y sanar ese momento con sus pulsaciones funkies, sus altos vuelos jazzeros, el soul gimiendo y una particular voz conmovedora, cargada de ternura, recordando que uno es más fuerte de lo que uno sabe, pero que merecemos una noche de paz.

“Ms. Badu, no solo fuiste la banda sonora de mi vida, fuiste el instrumento que determinó el resultado de mi vida. La libertad de pensamiento, la idea de la honestidad y el ánimo de reconocer los sentimientos lo tomé de vos”, le escribió Tyler the Creator en una postal que replica la tapa del álbum y que remata, para ser fiel a su tono, confesándole que le envió una torta cumpleañera, “espero que no se derrita”. Porque si algo nos permite la ternura es una habilitación plena del humor y de la complicidad. Y a ese punto vuelven los grandes nombres de este tiempo, entre los que contamos y subrayamos al californiano que vimos crecer y cambiar el juego, descansando justamente en el legado Soulquarian y también en el de Native Tongues. De ahí nace Odd Future. Y cuánto más hay floreciendo. No existiría Solange sin Erykah Badu, ¿cuántas veces lo dijo? Tampoco Kehlani, SZA, Jorja Smith, Ari Lennox, Mereba. Y cuando decimos “no existiría” no ponemos en duda su capacidad, al contrario, lo reforzamos así: existirían pero no tal como los conocemos. Hoy ellos tienen otras misiones que si toman de la manera que la toman, con el cuerpo y la coherencia que lo hacen, es porque se les abrió un camino no solo profesional, sobre todo, emocional. El trabajo nunca está hecho, ya lo dice Angela Davis: la libertad es una batalla constante. Pero saber las victorias pasadas, entender el pasado como lo único palpable que tenemos, porque, también como dice Davis, no existe la victoria definitiva, nos permite mejorar las herramientas con las que nos despertaremos mañana.

Silvina Ocampo decía que la eternidad tenía que ver con lograr conmover a otro: Mama’s Gun, la eternidad te pertenece.

Foto por Jody Rogac + portada