Un fantasma recorre NY

La historia de la izquierda estadounidense es una historia de fantasmas y de represión. De fantasmas porque durante mucho tiempo se pensó en la izquierda de Estados Unidos como algo inexistente, marginal, o incluso importado desde el exterior, un espectro alienado de la tradición política estadounidense eternamente condenado al fracaso de no poder encarnar en un cuerpo que lo lleve a la victoria. De represión porque una de las claves que cruzan la historia estadounidense son los diversos esfuerzos de las clases dominantes por suprimir con los métodos más suaves y más brutales cualquier intento de una izquierda radical, predominantemente racializada y/o antirracista. Sin embargo, el ciclo de aparición del fantasma y de su represión posterior parece ser algo más que episódico: más bien una constante negada de la vida política estadounidense. Desde los obreros sindicalizados de la Industrial Workers of the World y los detectives de la agencia Pinkerton contratados por las patronales para matarlos a principios del siglo XX a los socialistas que recorrían las rutas del país devastado de la Gran Depresión con los revólveres de los policías disparando a sus espaldas; desde los militantes sindicales delatados por actividades antinorteamericanas durante el terror macartista a las organizaciones de derechos civiles, movimientos y partidos revolucionarios afrodescendientes y latinos infiltrados por el FBI en los años 60s, el COINTELPRO como formalización de un accionar sistemático que empezó tanto antes, en esos campos del sur.

Ser de izquierda y ser estadounidense siempre fue una especie de herejía nacional, algo un tanto incomprensible, una aberración, un tipo de traición, en última instancia, para gran parte del país.  Sin embargo, como en tantas otras cosas, la manera blanca de “ser de izquierda” en Estados Unidos siempre tuvo un carácter sui generis. Estados Unidos es una civilización, un planeta propio. Hay una “excepcionalidad americana” y esa creencia constitutiva, esa religión nacional, también permea en la izquierda blanca, la que no mira tanto a Marx y Engels o a Lenin y Gramsci, quienes sí son vistos, y algunos incluso usados de GPS constante, por la izquierda negra. La tradición de la izquierda blanca estadounidense toma a ejemplos tan lejanos como la confederación iroquesa, los escritos de Thoreau o las asambleas comunitarias de los cuáqueros. Una tradición propia de lucha contra el estado y los grandes poderes corporativos, una tradición vieja de un tipo de individualismo no posesivo y no contradictorio con los intereses de la comunidad.

En 2016 el triunfo de Donald Trump tuvo un efecto demoledor en el amplio espectro que va del centro a la izquierda. Por el lado más evidente implicó la vuelta al gobierno de los republicanos más duros, esta vez acaudillados por un outsider payasesco, independiente en apariencia del establishment conservador, que ganó proponiendo una línea que desmontaba el discurso liberal del obamismo. Pero por otro lado era la confirmación del fracaso estructural del partido demócrata para representar una plataforma de cambio económico y político en favor de las mayorías. Irónicamente, lo que dirimió en 2016 fue el final de la larga agonía del centrismo bipartidista: en un lado Trump llegó a la Casa Blanca, en el otro las ideas del precandidato demócrata perdedor Bernie Sanders, se demostraron como las más atractivas para la nueva etapa polarizada que se abría. Y fue la carrera inconclusa de Sanders lo que funcionó como catalizador de un cambio en los discursos, repertorios y actores de la izquierda estadounidense.

En las elecciones de medio término de 2018, militantes que se habían iniciado en la política activa en la campaña nacional de Sanders disputaron por primera vez cargos contra el establishment centrista demócrata: para diputados nacionales, para representantes en las legislaturas estaduales, para concejales o para alguno de esos extraños cargos electivos, para nosotros, que la democracia estadounidense ofrece al voto popular. Muchos perdieron, algunos ganaron, en todo caso lo importante es que ese cambio no pasó inadvertido para nadie. Tal vez el ejemplo más espectacular fue el que se dio en la lucha por una banca nacional al Congreso en Nueva York, y es la protagonista de esta nota: Alexandria Ocasio Cortez.

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Foto Mike Segar

Nueva York es la ciudad capital del mundo occidental, al menos, y por eso mismo es una ciudad desigual. En los últimos treinta años el valor del suelo y la productividad de las empresas afincadas ahí creció desmesuradamente cambiándole la cara a barrios enteros. Es la ciudad de Wall Street, es la ciudad de Donald Trump, es la ciudad de los departamentos que bordean al Central Park que no deben faltar en la cartera inversiones de cualquier millonario del mundo que tenga un mínimo de autoestima. También es una ciudad de inmigrantes, en la que se hablan decenas de lenguas y que se extiende por cientos de barrios y vecindarios de aquel viejo territorio indio. El distrito 14 para el Congreso estadounidense abarca barrios del Bronx y de Queens. Durante la primera parte del siglo XX fue un distrito habitado mayormente por alemanes, irlandeses y judíos, poco a poco fue territorio conquistado por latinos, asiáticos y una comunidad negra que forjó su expansión territorial a fuerza de escapar del terrorismo racial bajo el ánimo de las leyes Jim Crow. Estas comunidades echaron raíces en Nueva York y aportaron una nueva construcción cultural, más allá, incluso, de las nóminas étnicas.

Desde hace décadas los demócratas ganan las elecciones por más del 70%, por lo que la interna demócrata es la verdadera elección general. En 2018 iba por su cuarta reelección Joe Crowley, una especie de encarnación de la maquinaria demócrata tradicional. Irlandés, obamista, capanga del partido en Nueva York de esos que deciden hasta los consejeros escolares en la última escuela de la ciudad, Crowley parecía imbatible. Contra todo pronóstico una desconocida se anotó en la interna demócrata para desafiarlo.

Alexandría Ocasio Cortez había participado en la campaña de Sanders dos años antes, trabajaba como bartender en una taquería de Union Square y tenía 28 años. La campaña fue un tour de force artesanal contra la maquinaría demócrata propulsada a fuerza de aportes millonarios de sindicatos y grandes empresas. Susan Kang, una activista de los Democratic Socialists of America (DSA), la organización a la que pertenece Ocasio Cortez, contaba en un artículo para la revista Jacobin el escepticismo que rodeaba a los propios izquierdistas neoyorquinos, el temor al ridículo que los embargaba al momento de decidir si apoyar la precandidatura de Ocasio. Basta decir que en abril de 2018, cuando empezó la campaña, Ocasio estaba 36 puntos por detrás del imbatible Crowley. Pero como la misma Kang remarca, uno de los puntos fuertes de la campaña de Ocasio fue mostrar que ella, a diferencia de su antagonista, sí vivía en el distrito que aspiraba a representar.

Ocasio nació en el Bronx en 1989, su madre era puertorriqueña y su padre estadounidense pero también puertorriqueño de origen. La demografía étnica, cómo sabemos, es una clave de ese melting pot fallido que es Estados Unidos. El padre era arquitecto y murió siendo ella muy chica. La madre era empleada doméstica. Creció en las afueras de Nueva York, en barrios de clase media trabajadora y al parecer, por lo que podemos saber de esa infancia y adolescencia desde esta lejanía, se destacó académicamente en la secundaria, lo que le permitió acceder a una beca para estudiar en la Universidad de Boston. Ahí se graduaría en Relaciones Internacionales y en Economía y tendría sus primeros contactos con la política como pasante del gran Ted Kennedy, el hermano del divinizado JFK y eterno senador progresista de Massachusetts. De vuelta al Bronx, Ocasio incursionó en el mundo editorial con una iniciativa para publicar textos que revirtieran la mala imagen sobre el barrio y pronto se enroló en la campaña de Bernie Sanders. En apoyo del veterano senador de Vermont, esa anomalía inesperada de la izquierda estadounidense, Ocasio recorrió en auto buena parte del país: desde Nueva York a Texas, desde Michigan a Dakota del Norte. Fue en Dakota, precisamente, en un lugar perdido por la mano de dios llamado Standing Rock, en el que Ocasio (según sus propias palabras) experimentó su “camino a Damasco”, su punto de quiebre al ver a las comunidades indígenas resistiendo el avance sobre sus territorios por parte de corporaciones petroleras con el apoyo de las fuerzas de seguridad. Según su propio relato fue la visión de esas comunidades resistiendo lo que la convenció de competir electoralmente.

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Foto de David Dee Delgado

Qué diferentes son las campañas electorales estadounidenses y las nuestras. Estilos de democracias. O por ahí no son tan diferentes en lo profundo y se trata de divergencias superficiales, metodológicas. En todo caso, la de Ocasio contra Crowley fue una campaña David/Goliat. Ocasio usó la fuerza de las organizaciones “grassroot” (de base, callejeras, cara a cara) mientras que el establishmet demócrata apostó como siempre a la tradicional maquinaria de los cargos por votos, el apoyo de los sindicatos y de la burocracia estatal. Ocasio imprimió volantes en diferentes idiomas: inglés, castellano y chino. Reclutó jóvenes sanderistas heridos en el orgullo por el triunfo de Trump para llamar por teléfono a los potenciales votantes. Puso activistas de Black Lives Matter a repartir volantes en las esquinas de los barrios del distrito. Pero más importante que todo eso: Ocasio empezó a hablar de cosas de las que no se hablaban. De la reforma del sistema de inmigración, del salario mínimo, de un sistema de salud gratuito, de un plan de empleo garantizado por el estado, del acceso a la vivienda, de un cambio del régimen de encarcelamiento. Era la bajada a nivel local de lo que Sanders había predicado dos años antes y lo que los izquierdistas en forma marginal y silenciada venían reclamando desde hacia décadas. Y lo decía abiertamente. No escondía esa plataforma, no pedía perdón, no ocultaba su pertenencia socialista. Y al mismo tiempo era una chica joven, con una sonrisa llena de dientes, atractiva, con uno labios siempre pintados de un rojo furioso: su cartel de campaña imitaba la gráfica de los años 20 de la escuela soviética: “Ocasio!”

En junio de 2018 Ocasio le ganó por paliza al capanga Crowley la interna demócrata, casi por 15 puntos, y produjo un pequeño terremoto en la política estadounidense. La campaña de Crowley había juntado casi 18 veces más fondos que la de Ocasio. Inmediatamente se convirtió en uno de los blancos preferidos del derechismo, en la prueba del avance del socialismo sobre Estados Unidos, en una amenaza a los valores de la buena gente conservadora. Desde el más rastrero y psicopático troll de 4chan perdido al Troll en Jefe de la Casa Blanca, Ocasio Cortez de pronto representó la encarnación de los peligros de la izquierda. Una nueva histeria anticomunista emergió con sus buenas dosis misóginas y racistas ridiculizando a una simple diputada electa. Pero Ocasio es una nativa digital y se sabe defender bien en esas guerras digitales, aún contra la artillería del primer y (deseemos último) presidente tuitero. En todo caso lo interesante es lo que Ocasio como emergente de una izquierda (sólo estratégicamente demócrata) representa en esas adhesiones y odios.

En primer lugar, Ocasio y, más ampliamente, el movimiento que se nucleó alrededor de Sanders representan por primera vez un corrimiento de la agenda aceptable hacia la izquierda: el socialismo fue durante décadas una palabra tabú incluso (y más aún) entre los demócratas. El clintonismo/obamismo fue una política económica que agrandó las diferencias entre los asalariados de la base de la pirámide y la cima, aún con sus esfuerzos declamatorios en favor de los que menos tienen, en particular hacia las minorías culturales, pero siempre cuidándose de no poner en cuestión el reparto del poder económico. Aún después de la crisis de 2008 la brecha entre los trabajadores y los gerentes y especuladores no dejó de ensancharse. El obamismo fue una época de espejismos que ofrecía mejoras simbólicas a cambio de mejoras reales. E incluso ni siquiera en ese terreno puede preciarse de logros: si en 2008 la multitud vitoreaba a Obama en Chicago cantando “Race Doesn’t Matter”, doce años después el panorama no puede ser peor.

La nueva izquierda de Bernie Sanders y Ocasio Cortez, ese nuevo renacimiento que no sabemos a dónde llegará, plantea una discusión por la distribución del poder económico al interior del país más rico del mundo. ¿Es una nueva respiración de ese impulso izquierdista que anida en Estados Unidos y que siempre termina por ser reprimido y agotado? ¿Será por primera vez el comienzo de un movimiento que transforme al partido demócrata en un partido de los trabajadores y los inmigrantes? ¿Será una fuente de ideas que nutrirá al establishment demócrata en un contexto de crisis ambiental y económica global, como fue el sindicalismo y el socialismo en los años treinta para Roosevelt?

El American Dream tradicional (una casa hipotecada, dos hijos con préstamos universitarios, dos autos prendados, es decir estar agarrado hasta los huevos por un banco hasta la muerte) ya no es una perspectiva posible para las mayorías, sino más bien una trampa. Buena oportunidad para reponer esa extraña ideología llamada socialismo que durante largas décadas fue considerado virtualmente un insulto. Una nueva vida, entonces, para la izquierda estadounidense, ese fantasma que asoma otra vez.

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Foto de Peter Foley