Straight Outta NBA

Cuando el 11 de marzo se suspendió la temporada NBA por la pandemia, un poco en chiste y otro poco ironizando la verdad que guarda todo chiste, muchos twitteábamos al unísono que ahora sí entendíamos la gravedad del asunto, porque a la NBA no la para nada ni nadie, suele ser la orquesta del Titanic que sigue tocando mientras todo se hunde. Sin ir más lejos, no la paró la muerte de Kobe aquel domingo 26 de enero fatal, en el que vimos desfilar a los jugadores totalmente desconsolados. Pero he aquí la palabra clave, aunque la dejaremos en pausa por unos párrafos: jugadores.

1/ Say Their Names

Dos semanas antes de aquel 11 de marzo, el 23 de febrero, en Brunswick, un par de hombres blancos tomaron sus armas, se subieron a su camioneta y comenzaron a perseguir a Ahmaud Arbery, un joven afroamericano que estaba haciendo deporte en una zona residencial, cerca de la costa. Arbery corría cuando la camioneta se le interpuso en el camino y uno de los hombres bajó con una escopeta. Arbery terminó muerto por tres heridas de bala. El caso se empieza a hacer público en marzo y se va reconstruyendo durante esas semanas gracias a un video que se filtra, grabado por un tercer hombre, vecino de los dos que iban en la camioneta. La familia del joven no había recibido respuesta alguna hasta ese momento. Incluso, a pesar de verse claramente la persecución, el hostigamiento y de oírse los gritos y disparos, no fue hasta finales de mayo que los responsables fueron arrestados. Uno era un policía retirado, el otro era su hijo. “Lo confundimos con un sospechoso”, dijeron.

El 13 de marzo, en un operativo ilegal y lleno de errores, un grupo de policías entró a una casa en Louisville disparando. Las balas alcanzaron a Breonna Taylor, una joven negra que descansaba junto a su novio, también negro, quien intentó sin éxito llamar a emergencias. La joven afroamericana murió y él fue detenido por esos mismos policías como el asesino de su novia. Una vez más, un video aparece como el salvador y es a partir de las imágenes que se ven que el joven pudo ser liberado. Los policías también apelaron a la confusión: en su relato dijeron que estaban buscando a un narcotraficante, uno que casualmente ya estaba detenido. Todavía siguen libres. Todos tienen un largo historial de denuncias por brutalidad policial.

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LeBron con la gorra MAGA pidiendo por el arresto de los policías que asesinaron a Breonna Taylor

Las formas en las que se manejaron estos casos comenzaron a agitar y a calentar un clima de tensión que bajo la era Trump siempre se mantuvo en la línea de lo inminente. Si entre febrero y abril aumentaron alarmantemente las estadísticas que ya de por sí marcan la dimensión del genocidio que se viene denunciando desde hace un siglo, las imágenes de George Floyd sobre finales de mayo, con la rodilla del policía apretando su cuello, cruzaron la línea de la inminencia y la tensión se volcó multitudinariamente a las calles. La primera imagen de ese devenir, como un bautismo que presagiaba un (nuevo) despertar colectivo, fue la comisaría incendiada de Minneapolis rodeada de jóvenes negros, blancos, orientales, todos con el puño en alto iluminados por el fuego de fondo. Los oficiales que mataron a Floyd también tenían un largo historial de denuncias por brutalidad policial.

Las siguientes semanas aparecieron cuatro hombres negros colgados de árboles, como en los viejos tiempos. La mayoría de las ciudades vivieron por semanas bajo toque de queda y con la Guardia Nacional caminando las calles. Hubo al menos una decena más de videos con policías asesinando a personas afroamericanas mirando a cámara, riéndose, festejando los cuerpos como trofeos con la impunidad de quien puede hacerlo, con la tranquilidad de que nada le pasará. A los muertos por represión, una represión advertida y festejada por Donald Trump en twitter, desde donde repartió amenazas a los manifestantes e insultos a diferentes líderes comunitarios, se le suman los cientos de agredidos brutalmente por supremacistas. El llamado a defender “la Nación” del presidente se convirtió rápidamente en una convocatoria para un nuevo KKK en redes sociales, las que anteriormente ya habían gozado de impunidad con el “challenge George Floyd”: chicos blancos apoyándose unos a otros las rodillas para subir a Instagram entre stickers de MAGA. Entre tanto más, incluyendo los recortes y cancelaciones de diferentes prestaciones y programas de los que se benefician mayoritariamente la comunidad negra y latina, llegamos a esta última semana.

En otro “confuso episodio”, el domingo 23 de agosto, cerca del atardecer de Kenosha, Jacob Blake recibió siete disparos por la espalda mientras intentaba subir a su auto. Se supone que los policías habían acudido al lugar por una denuncia de violencia doméstica y que el joven tenía un cuchillo. Como si hiciera falta aclarar que estas no son justificaciones, se necesitó otra vez de un video para reacomodar la narrativa oficial y dejar expuestos por demás a los oficiales. Blake, que al momento del ataque estaba con sus hijos, sobrevivió y permanece internado. Tiene la mitad del cuerpo paralizado y hasta el viernes 28 lo tuvieron esposado a la cama y con oficiales en su habitación, como si pudiera caminar y escaparse. Ni el padre ni el abogado recibieron explicaciones sobre esto.

Lo de Blake sucedió al mismo tiempo que se cumplieron los tres meses de lo de Floyd, tres meses, entonces, de protestas ininterrumpidas. A veces masivas y otras multitudinarias, en simultáneo a lo largo y ancho del país, las protestas y los diferentes eventos, o diversas actividades y conmemoraciones alrededor de ellas, están también recargadas por una agenda electoral que no da tregua bajo el terrorismo racial que el propio presidente promueve y legitima. Lo que hizo irremediable, aquella misma noche del 23 de agosto, el regreso del fuego y de la manifestación en tono caótico, desordenado. Desde esa madrugada en adelante, Kenosha amanece con oficinas públicas y automóviles ardiendo. Porque, como si faltaran motivos, durante las manifestaciones de la semana hubo dos asesinatos más en manos de supremacistas. El comisario local, por supuesto, culpó a las dos víctimas fatales: “había toque de queda, no tenían que estar ahí”. No asombra que los chicos blancos armados sí puedan circular con toque de queda, los chicos blancos van donde quieren.

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Jayle Brown en unas de las manifestaciones de Atlanta

Mapping Police Violence informa que la policía norteamericana mató a 751 personas entre el 1 de enero y el 22 de agosto del 2020. A pesar de ser la comunidad negra solo el 13% de la población total de Estados Unidos, el 28% de estos crímenes son raciales. En centros urbanos -Los Ángeles, Filadelfia, Baltimore, Washington- entre el 50% y el 60% de la juventud negra está en prisión. Antes de la asunción de Trump, afrodescendientes y latinos representaban el 56% de la población carcelaria total. Terminado el primer año de su presidencia este número había subido un 10%. Si así es contundente, más aún lo es cuando tenemos en cuenta que latinos y afrodescendientes juntos solo suman alrededor de un 30% de la población total del país.

“La realidad es que la mayoría de los afroamericanos tiene un historial con la policía. Viene con la plaga de la opresión sistémica, la falta de educación, oportunidades económicas, vivienda, etcétera”, alertó Jaylen Brown. A esa idea de “la mayoría” le podemos agregar un contexto histórico: finalizada la presidencia de Bill Clinton, todas las familias afroamericanas tenían al menos un detenido, y esto sin contar abusos cotidianos, demoras ni otras violencias. El 7 del Celtics prosiguió con una ironía para ir aún más a fondo: “¿Estados Unidos cree que los negros son incivilizados, salvajes o injustos por naturaleza o cree que somos productos de los entornos en los que participamos? Esa es la pregunta que me gustaría hacerle a Estados Unidos, aun cuando ha demostrado su respuesta una y otra vez”. En esa línea, el autor Jonathan Chait, interesado en desarticular la idea de una posible “cultura de la pobreza”, confirma “las personas son el producto de sus ambientes, los ambientes son responsabilidad de las políticas públicas”. Sin políticas públicas, los ambientes pierden su condición de ambiente y producen personas que tienen que reconstruir su propia humanización. ¿Cómo se reconstruye desde los márgenes, desde el saber que ni en tu casa estás seguro y que desde el vamos sos sospechoso u objeto de odio? Se reconstruye a fuerza de comunidad, o mejor dicho, se sana a fuerza de comunidad, pero no siempre alcanza. El racismo opera de tal manera que los propios sujetos racializados lo incorporan, con mayor o menor sutileza, y lo cierto es que ellos también, para lograr ese reconstruir humanización y sanar comunidad, primero, deben reconocerse y convencerse de que su vida importa. Ese histórico llamado del movimiento Black is Beautiful, a principios del siglo XX, que años después devino en el revolucionario Black Power no deja de ser un proceso por darse también de forma individual y constante.

2/ Jugadores Negros pinchan la Burbuja

Justo en el clímax de toda la primera etapa de las protestas, a mediados de junio, se anunció que el 30 de julio la NBA regresaba totalmente adaptada al contexto pandémico. El retorno y su formato “Burbuja” en Orlando les exigía (y exige) un aislamiento estricto. Así que la celebración externa de la noticia no fue tan bien recibida por los protagonistas.

La mayoría de los jugadores afrodescendientes estaban participando activamente de lo que sucedía en la calle, la mayoría estaba en primera línea y/o articulando con diferentes organizaciones para responder a las necesidades que, entre la crisis social y la pandemia, se redoblaban, así como también los obstáculos para acceder a derechos básicos y ya establecidos. Las voces fueron prácticamente unánimes: el regreso del juego no solo ayudaría a dispersar la agenda, sino que los estarían usando para distraer sobre aquello que ellos pelean. Un planteo para nada menor sabiendo quienes son los dueños de las franquicias, sus vinculaciones políticas y, sobre todo, sus intervenciones económicas en las campañas electorales.

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Por lo que la llegada a la Burbuja ya fue clara en cuanto a ánimos, ánimos que sonaban a advertencia aun cuando la NBA y las franquicias cedieron varias plataformas para que los jugadores puedan seguir comunicando sobre lo que está pasando y visibilizando demandas. Era de esperar que, si se calentaba el afuera y los playoffs, como sucedió, se comían toda la atención, algo fuera de norma iba a suceder. Y las imágenes de Kenosha bajo llamas tocaron de cerca a los Bucks, que habían estado por demás activos en las protestas, organizando en primera línea, e incluso algunos de ellos fueron víctimas de la brutalidad de la policía local. Si bien lo de Jacob Blake ocurrió el domingo, todo fue empeorando día a día, y cuando el miércoles llegó la hora de salir a la cancha, el equipo de Wisconsin se negó a jugar.

En el mismo momento que se anunció el boicot, todos los jugadores de los diferentes equipos, también los que ya habían dejado la Burbuja, salieron a apoyar y a levantar el tono de nuevo. La liga femenina siguió sus pasos, lo que provocó un efecto dominó incluso más allá del básquet. El Sindicato de los Jugadores NBA sacó una placa con el puño que decía “la revolución será televisada”. Ex jugadores, deportistas de todas las disciplinas, artistas del hip hop, figuras culturales y hasta varios periodistas respaldaron la definición y complementaron una narrativa que volvió a cobrar fuerza en todos los titulares y, lo principal, a forzar una mesa de negociación y acciones concretas entre jugadores y dueños de las franquicias.

El miércoles 26 no hubo partidos. A la noche hubo una reunión de jugadores que se rumoreó intensa, con los dos principales candidatos a ganar, Clippers y Lakers, queriendo boicotear el resto del torneo, intención que fue rechazada por los demás equipos con cierta lógica. No todos los jugadores tienen el mismo respaldo económico pero, sobre todo, político y cultural como para generar un quiebre con sus franquicias. No todos están en la misma instancia de la carrera como para poder autocondenarse a un problema aún mayor. Esto no los hace menos comprometidos, como muchos periodistas tuvieron el tupé de juzgar, o si se quiere pensar en términos más épicos, tampoco los hace menos protagonistas de este hecho histórico y con potencial de generar grandes cambios, además del impacto en términos sociales y culturales que esta camada está dejando con su nivel de compromiso, trabajo y unidad intercomunitaria.

Hay una realidad que se suele escapar, la mayoría de estos jugadores tienen familias enteras a cargo, vienen de los barrios más pobres de Estados Unidos, dejan atrás planes y viviendas sociales, es a través de las becas o de condenarse a deudas impagables, cuando no de casualidades con tintes milagroso, que llegan a la oportunidad de su vida. Y no es solo una cuestión de responsabilidad con la familia y personal, pensando que no todos tienen una proyección a largo plazo ni las mismas posibilidades de reinventarse luego de un retiro, la responsabilidad también es comunitaria. Porque la mayoría de los jugadores, cuando logran “sacar” a su grupo familiar de esos barrios, siguen teniendo a amigos y a gente muy cercana allí, además de su propia historia, esa que los ayudó a reconstruir aquella humanización a la que hacíamos referencia antes. Por eso nunca se terminan de ir del todo, por eso están ahí al pie del cañón y sienten la obligación de estar donde está la gente. Su nación es la comunidad. En palabras de Russell Westbrook: “no quiero que mi legado sea algo que tenga que ver simplemente con el juego, quiero retribuir”. Por las horas que se anunció el boicot, todos fueron en la misma línea, todos los mensajes hablaban de justicia social desde su noción más completa: la racial. “Esta mierda que pasa es más grande que el básquet, el que no lo ve es porque es parte del problema”, twitteó DeMar DeRozan. En sintonía lo siguió LeBron, “a la mierda con esto, estamos demandando justicia!”. El jugador más importante de la liga ya había dicho hace unas semanas atrás que “Black Lives Matter no es una consigna, cuando sos negro es lo que es. Esta es nuestra forma de vida”. No estamos hablando de chicos rebeldes con tristeza de ricos, esa es la diferencia entre ser reactivo y la conciencia urgente de la proactividad.

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DeMar DeRozan y Russell Westbrook al frente de la Caminata por la Paz en Compton

Pedirles que hagan lo imposible en nombre de una épica revolucionaria es, como dice Daniel Santoro, muy del que está “un poco harto de que en su casa sus demandas sean siempre atendidas. (…) Los CEOS pidieron lo imposible y lo lograron. (…) Una vez que ingresamos a la sociedad de los CEOS, ya no hay piedad para nadie”. Si no hay piedad, hay cinismo, y acá lo que sobra es noción, entendimiento y solidaridad. Parafraseando a Huey P. Newton, al que nadie le puede negar su condición de revolucionario, es hermoso hacer la revolución, pero la revolución la hacen las personas y las personas necesitan alimento, salud y educación, recién ahí están dadas las condiciones para, entonces, ir por el ideal. Un ideal que es tal, porque es inalcanzable. Lamentablemente, los tercermundismos no tenemos tiempo para lo inalcanzable ni para romantizar desenlaces alternativos a los que estamos condenados.

Prioridades claras, el jueves 27 se dio la esperada reunión entre todas las partes. La exigencia de los jugadores a los dueños de las franquicias consiguió la conformación de una coalición de justicia social -formada por ellos más los entrenadores- enfocada en la promoción del voto y las reformas de la justicia penal y de la policía. Los estadios que son propiedad de cada franquicia deberán estar disponibles para las elecciones. Durante los partidos empezarán a pasarse spots concientizando y promoviendo el voto. Y si el punto de la coalición, sobre todo por la demanda de las reformas, es realmente esencial y distintivo, no es para nada menor la creación de una Fundación NBA con el fin de empoderar económicamente a la comunidad negra.

Si históricamente la comunidad afroamericana ha sabido a fuerza de emergencia plantar banderas políticas, sindicales y ha dado muestras de sobra en su vanguardia organizativa, la NBA no fue la excepción, pero tal vez sí sea la primera vez que estamos frente a un cuerpo de jugadores que en su mayoría supera el promedio de politización habitual, porque además intervienen de forma directa en sus territorios y no solo apelando al impacto cultural, sino a la contención social. Están preparados discursivamente, saben usar su lugar y sus herramientas, están a disposición de las demandas comunitarias y logran traducirlas, son claros a la hora de exponerlas y exigirlas. Podríamos hacer una larga lista de las virtudes políticas de estos jugadores, pero también podemos resumirlas en dos conceptos históricos: tienen la Conciencia Negra necesaria para tocar donde hay que tocar, y tienen el Orgullo Negro necesario para no retroceder, para no temer y para que les importe poco si molestan.

Y no es casual ni es sorprendente: el punto de encuentro entre las generaciones actuales a las que pertenecen estos jugadores hace un puente entre los hijos de la era Reagan y los adolescentes de la presidencia de Obama, es el linaje del desarme comunitario hacia el rearmado, ese rearmado que termina de florecer bajo la era Black Lives Matter, logrando la construcción antirracista más grande de este siglo y, según el New York Times, con mayor adhesión en la historia de Estados Unidos. Esto sin siquiera empezar a hablar de su trascendencia global.

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Los Bucks en primera línea en las manifestaciones de Milwaukee

La confirmación de que el momento es histórico también se traduce en ese “es ahora o nunca” que está en el aire. Y no es por pecar de inocentes, sabemos que todos los momentos históricos provocan esa fe, ese pálpito que nos envuelve cuando somos multitudes en una plaza bajo un mismo anhelo y un trabajo diario de militancia territorial. Tampoco se trata de ignorar que no existe tal cosa como una victoria, y que probablemente, como decía Tupac Shakur, estemos cada vez más vencidos, pero ese construir estilo de vida en una dirección empieza en el desahogo, el fuego dentro del fuego, y abre paso, marca pautas. El peso de estos momentos va más allá de un resultado electoral desfavorable, porque también ya se sabe que incluso el más favorable de todos los candidatos no va a cambiar las estructuras, que son, en definitiva, las que también permitieron su llegada ahí, en todo caso algunos serán menos agresivo frente a ellas. Pero es en el compromiso con su razón de ser que estos momentos construyen una verdadera identidad política, un piso cultural firme y un sentimiento de dignidad que siembra el permiso para que las próximas generaciones no duden en levantar el puño y la voz. En la lucha, como dicen alguna de nuestras mejores banderas locales, también se educa. Dicho en otras palabras, la conciencia de los momentos históricos, de sus movimientos callejeros, de la construcción de un estilo de vida interseccional es lo que mantiene a salvo la noción de comunidad, la necesaria noción de comunidad. Esa que nos humaniza.

3/ Hagan como

“En los guetos el hip hop ocupa un lugar extraño. Representa la oportunidad de salir de ahí. Es tu escuela, tu comida, tu escape, pero diría que, a esta altura, ya casi nunca es una elección”, dijo alguna vez André 3000 y lo mismo aplica al deporte, especialmente al beisbol y al básquet. Tenemos todavía demasiado frescos, o al menos a mano para refrescarlos, los testimonios de The Last Dance. Un Scottie Pippen esperando la oportunidad de ser tenido en cuenta para empezar a jugar a ese deporte que practicaban afuera de la vieja casa rural con sus hermanos, “cuando no sabíamos que éramos pobres”, y firmando un contrato que lo condenaría económicamente pero que le daba seguridad a largo plazo, “no podía arriesgarme, tenía que cubrir a mi familia”. Una familia numerosa y con un padre y un hermano con discapacidad. También tenemos ahí a un Dennis Rodman contando que llega al básquet luego de vivir en la calle, era eso o la muerte. Pero también al mismísimo Michael Jordan, el que pone en evidencia que su historia no es diferente a la de todos los demás, pero por su propio proceso y su forma de ser, nunca dejó que se lo espectacularice, pero su marca está ahí, para quien quiera ver más allá de lo literal, “como personas de raza negra en Wilmington tratábamos de abrir nuestro propio camino. En esa época había racismo en todo Estados Unidos, pero en esa zona había mucho racismo. Así que de niño yo sabía dónde no quería estar. Y mi motivación era ser alguien fuera de Wilmington, y quería ser alguien gracias a mi excelencia. El deporte fue la vía que elegí”.

No fueron pocos los que en pleno auge del documental no pudieron contener su ansia moralizante, incluso, a riesgo de errar. Y erraron repitiendo un discurso instalado a partir de una frase que Mike dijo a sus compañeros: “Los republicanos también compran zapatillas”. Era 1990 y Carolina del Norte tenía la oportunidad de correr al desagradable Jesse Helms de su banca, la madre de Jordan le pidió que apoyara públicamente al demócrata Harvey Gantt, a lo que él se negó, “porque no voy a hablar de alguien que no conozco”. Su aporte a aquella campaña electoral, que no tuvo final feliz, fue económico. Rápidamente nació el absurdo versus con Muhammad Ali, quien siempre se mostró cercano y afectuoso al jugador de Chicago Bulls.

El fantasma de Ali es el primero que sobrevuela sobre todos los deportistas. Un vicio tan innecesario como inexplicable: si todos fueran Ali, ¿qué tendría de extraordinario Ali? Estos tipos son lo que son porque justamente no todos podemos ser ellos. Pero hay más, y es que, en realidad, hay una idea racista que sobrevuela sobre todo hombre negro, una expectativa de su condición nata de ser revolucionario, de comandar una resistencia, como si su derecho a simplemente existir y ser no fuera tal, y ni hablar, entonces, de un derecho al goce. Pero también hay una trampa más en ese mandato que se le impone de liberador absoluto, un mandato que es incluso más dañino porque suelen evocarlo sectores progresistas, los mismos que -frente a la oposición de su ideal- escupen rápidamente “desclasado”, “Tío Tom”, “traidor”, “cómodo”, etcétera. La trampa peor de esta expectativa de disrupción sobre el hombre negro es la condición propia de sacrificio que contiene la tarea, como diría Huey P. Newton, y más aún, la fuerza de choque con un poder que hará lo imposible para desactivarlo, neutralizarlo, como deseaba el COINTELPRO. Todos quieren que el negro sea un Ali, hasta que el negro es un Ali. Y los progresismos, entonces, le quieren enseñar a Ali a pelear, y las derechas, entonces, hacen su gracia: van por su cabeza. Mientras tanto, en el medio, la fuerza de la opresión racial hace el resto.

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Lillard al frente en las protestas de Portland

“Donde no hay políticos haciendo algo por vos, y ese no hacer es una forma de decirte que no le importás, que te tenes que salvar solo, aparece la cultura de los pueblos. Nosotros somos la cultura por excelencia, porque también somos la semilla de las otras culturas. ¿Cuántas generaciones negras se salvaron gracias a nuestras músicas?”, reflexionaba André 3000. Esa pregunta es mucho más que una pregunta retórica. El salto del góspel al blues y ese desencadenamiento sonoro que no se detiene y alcanza al hip hop responde desde las raíces hacia el horizonte todo lo que implica la posibilidad de tener representación. Michelle Obama contó que de niña su personaje favorito era Pipi Calzaslargas, “para muchos puede ser extraño que una colorada y pecosa sea la referencia de mi infancia siendo yo una negra del sur de Chicago, pero cuando yo era niña no había personajes parecidos a mí”.

Históricamente la representación de los negros fue entre salvaje y payaseada desde la ficción y criminalizada desde el realismo informativo. El correlato se completa con lo que pasa en el día a día, con esas imágenes que se difunden una y otra vez de jóvenes siendo asesinados como antes eran colgados en los árboles, con los helicópteros sobrevolando los guetos, con un historial de líderes y referentes que fueron sistemáticamente asesinados, encarcelados o que tuvieron que exiliarse para poder sobrevivir. Esta es la anatomía de ese trauma del que tanto se habla y que lleva a la comunidad negra en Estados Unidos a estar primera en las estadísticas de depresión y de diversas enfermedades mentales con un plus: el tabú. Porque si algo se espera del hombre negro y de la mujer negra es que sean fuertes, y el sistema por lo general los empuja a que no tengan alternativa, entonces, como allá en los 90s denunciaba Tupac con su Thug Life, todo es estrés y depresión, y cuando eso sucede, los primeros en ponerse en peligro son ellos mismos. Por eso no es menor el trabajo que viene haciendo DeMar DeRozan en cuanto a salud mental, por eso también es tan grave y peligrosa la narrativa que escribe un Kanye West y su entorno. Partiendo desde este panorama es que se entiende el impacto positivo que evoca un Michael Jordan, más allá de su condición o no de politizado. Podemos incluso aventurar algo más extremo, ¿cómo se explica la absoluta lealtad de la comunidad negra a un presidente como Obama que -entre tantas otras cuestiones negativas- trabajó activamente en un relato postracial? Ese es el peso de la representación. ¿Cuántos de estos jugadores soñaron con ser Jordan? ¿Cuántas niñas y niños serán mañana estrellas en sus ligas gracias al trabajo de Kobe? Cambiar la narrativa en ciertos escenarios y contextos también es una herramienta de sanación y liberación.

Poco después de empezadas las protestas, Damian Lillard, siguiendo su propio proyecto de rap, rimaba en línea de lo que planteaba André 3000, “nuestra cultura es hermosa, es dura, es a prueba de batallas, pero ya tuvimos suficiente”. Y “suficiente es suficiente”, fue una de las declaraciones de Michael Jordan cuando apareció el video de George Floyd. En ese comunicado tomó el compromiso de trabajar con las organizaciones sociales para combatir el racismo a partir de una donación de diez millones de dólares anuales por los próximos diez años (cien millones en total), independientemente de sus acciones y colaboraciones personales. Tres meses después de aquel anuncio y luego de las 24 horas del boicot del miércoles, los rumores lo ubicaban como el hombre clave para que la temporada se reanude, pero no, como muchos estaban esperando, entregando a los jugadores, sino forzando la promesa firme del trabajo social en conjunto: “no hablo como jugador ni como dueño de un club, hablo como afroamericano”. Un hombre afroamericano que ahora tiene sobre sus hombros ya no al fantasma de Ali, sino al ímpetu de LeBron. Pero en definitiva, todos están por lo mismo. Dicho en palabras de Ta-Nehisi Coates, “instar a los afroamericanos a convertirse en superhumanos es un gran consejo si uno está preocupado con crear individuos extraordinarios. Es un consejo terrible si uno está interesado en crear una sociedad con equidad. La lucha por la libertad negra no consiste en criar una raza de superhumanos hipermorales. Consiste en que toda la gente negra obtenga el derecho de vivir como los humanos normales que son”.

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LeBron en Los Ángeles