Quién mató a Jam Master Jay

La Scratch DJ Academy de NY se inauguró en mayo del 2002 y fue el primer lugar del mundo en ofrecer de manera formal una carrera de aprendizaje para aspirantes a DJ. Su página da testimonio de un crecimiento maratónico a lo largo de los años, que se traduce, además de en nuevas sedes, en más de cien mil eventos, intervenciones en más de veinticinco países, acumulando en total más de quince millones de personas entre el público, y más de cincuenta mil egresados.

Jam Master Jay, uno de sus fundadores, no llegó a ver ni el principio de este impacto. Unos meses después de la inauguración, exactamente un 30 de octubre al atardecer, la estrella de Run-DMC estaba en su estudio 24/7 en Queens, donde venía potenciando su tarea de productor, cuando dos hombres entraron y uno, enmascarado, fue directamente hacia a él y le disparó a quemarropa en la cabeza. Mientras que su muerte fue instantánea, Uriel Tony Rincón, un viejo amigo, recibió un disparo en la pierna, y aunque sobrevivió, nunca supo confirmar qué pasó ni quiénes dispararon más allá de lo que registraron las cámaras del lugar. En realidad, todo parecía indicar, una y otra vez, que no quería o no podía hacerlo.

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Run-DMC, 1987 / Foto de Lynn Goldsmith

Así, el hip hop se veía sacudido nuevamente por un duelo que no tendría respuestas rápidas ni certezas y, a su vez, por el tipo de carrera y de perfil que Jam Master Jay había construido, un duelo que desconcertaba por completo. La anécdota de Chuck D es conocida, pero resume bien el escenario. El líder de Public Enemy estaba en su casa viendo la televisión cuando salió la noticia. Como primero no la creyó, frente a la insistencia, decidió acercarse en persona al estudio. Recién estando en la puerta, entre ambulancias y policías, rodeado de conocidos y desconocidos que siguieron su misma lógica, no pudo negarse a la confirmación de los hechos. El desconsuelo ya era total.

Pero ¿quién mató a Jam Master Jay? Esta pregunta, que le valió el nombre al documental que expone el total desconcierto de la causa, empieza a ser respondida por los federales dieciocho años después. En la dinámica de este 2020 insólito, el lunes 17 de agosto la conferencia que confirmaba dos detenciones sorprendió a toda la escena. Y aunque la noticia fue celebrada, también se reavivaron viejas inquietudes en cuanto al móvil del asesinato, sobrevolando rumores que no cayeron para nada bien en su momento y que son usados hoy como causa formal del crimen.

Según Seth DuCharme, el fiscal interino, el responsable de la embestida es Ronald Washington, actualmente de 56 años, cumpliendo una sentencia que se ganó por una serie de robos que, al parecer, se dieron luego de escapar del estudio de Queens. El segundo hombre, aparentemente el que dispara, es Karl Jordan Jr., de 36 años, quién también carga con una acusación por distribución de cocaína. Y fue justamente por un tema de distribución de drogas que se cree que el productor fue asesinado, alineándose a la teoría de que Jay había empezado a meterse en el negocio y por esos días tenía grandes cantidades para vender por menor.

Washington había estado viviendo un largo tiempo en lo de Jay, lo que le generó varios conflictos en su círculo familiar e íntimo, incluso se había distanciado de viejos amigos neoyorkinos, porque estaban convencidos de que este tipo tenía que ver con el asesinato de Stretch en 1995. De esa intimidad entre ambos es que Washington se siente traicionado cuando se entera que Jay tenía un plan de negocios para distribuir más de 10 kilos de cocaína en Maryland y lo estaban excluyendo. Así, la venganza.

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Jam Master Jay, 1999 / Foto de Jonathan Mannion

Toda esta línea de investigación fue rechazada en reiteradas ocasiones. “Jam Master Jay no era un gangsta, no era un matón, era una persona única”, diría en su despedida Darryl McDaniels, como si de serlo se justificara el asesinato. Pero sabemos lo que esa línea también quería distinguir, por más que lo haga de una manera tan funcional que refuerza lo que se quiere evitar cuando lo que espera por delante es una maratón de titulares hablando de “un nuevo asesinato en el hip hop”, en el que todos los nombres se despersonalizan, quedan detrás del “rapero asesinado” y, a su vez, son usados para la criminalización. A contramano de esto, para muchos, Jam Master Jay era una especie de ángel guardián de la comunidad y en particular del barrio que lo vio crecer. Su relación con la iglesia, su constante narrativa anti-drogas y el estímulo para que todos, sin importar edad, no dejen pasar la oportunidad de estudiar lo hicieron ser un hombre de confianza y de total accesibilidad. Todo sumado a una carrera explosiva que jamás lo alejó de los suyos y que fue usada a favor de un mensaje evangélico, quizás, la reinterpretación que Run-DMC evocó de los discursos de Marthin Luther King sea el mejor ejemplo de por dónde iban sus ambiciones culturales. Toda esta radiografía se descoloca por completo frente a una narrativa de “narcotráfico y venganza”.

Jason William Mizell, tal su nombre, nació en Brooklyn en 1965 y su amor por la música fue evidente desde el vamos, lo mismo que su talento. A los 5 ya tocaba la batería y era el protagonista del coro de la iglesia. Con los años sumó la tuba y el trombón y hacia la adolescencia comenzó a tocar el bajo y los teclados. Pero todo cambió para finales de los 70, cuando recibió un tocadiscos. A partir de ahí, y al menos por toda la siguiente década, su crecimiento y su influencia cultural sería vertiginosa y esencial, empezando por ser el que patentó el sonido ochentoso del hip hop y, en la unión Run-DMC con Rick Rubin, su explotación a nivel comercial y global.

El gran legado de Run-DMC es el hip hop listo para ser consumido. Cada paso que dieron lo hicieron pensando en que había un público para conquistar. Nunca antes el hip hop había tenido esa conciencia exterior, de una posible comunidad por fuera de la comunidad, y mucho menos de una posibilidad de ascenso económico como de trascender fronteras. Fueron los primeros en aparecer en MTV con Rock Box, y su segundo álbum, King of Rock, fue el primer álbum de hip hop en vender más de un millón de copias. Y fue Jay, usando teclados, batería y, por supuesto, tocadiscos, quien creó casi todos los sonidos sobre los que sus hermanos tiraban las rimas. Sonidos que, además, influirían en las próximas generaciones. Habría que hacer una nota aparte para la estética, y no porque antes no hubiera, solo que Run-DMC la uniformó, la hizo un documento único de identidad. Lo más gracioso es que no fue algo demasiado pensado: el vestirse todo de negro, con cadenas de oro y zapatillas blancas Adidas era el look habitual de Jay. Un look que, además de ayudarlos a hacer de su obra una marca y un estilo eterno, icónico, llevó al hip hop a su internacionalismo en el mismísimo momento que la banda invitó a su público a levantar sus Adidas mientras sonaba de fondo su obra maestra.

My Adidas en un concierto de Run DMC y el público se entrega al ritual de levantar sus zapatillas Superstar. Fotos de Lawrence Watson,
Suena My Adidas en un concierto de Run-DMC y el público se entrega al ritual de levantar sus zapatillas Superstar. Fotos de Lawrence Watson.

A pesar de los grandes éxitos, récords, taquillas explotadas, esa cima de montaña con Aerosmith y la vuelta al mundo integrando públicos, Run-DMC atravesó gran parte de la década del 90 en una segunda línea. En general, desde finales de los 80 en adelante, en ese salto de madurez política que da el movimiento a través de diferentes estilos, les costó mantenerse consistentes. Es cierto que cada vez que parecían desaparecer del todo, Run-DMC decía “acá estamos”, y pateaban tableros con algún que otro hit, pero, como a la gran mayoría de las primeras generaciones hip hop, les costó encontrar su lugar en aquel tiempo emblemático y con una identidad tan marcada. Porque los 90 fueron los años donde se materializa esa demanda cultural y social canalizándose a través del hip hop, no había lugar para otra cosa, para otro tipo de evangelización. A pesar de este panorama, Jay fue moviéndose lento pero seguro hacia la producción, el descubrimiento de talentos (¡no olvidemos que le debemos a 50 Cent!) y dando un apoyo constante a las búsquedas de oportunidades y diversas necesidades que se reclamaban desde las calles de su barrio.

Es sobre el mismo recuerdo que la gente tiene de él, esa constante comparación con lo angelado, que también cierran varias de las líneas de investigación que plantean su inicio en el negocio de las drogas por los problemas económicos que lo acechaban. Además de ese afuera, puertas adentro, y como suele suceder con la mayoría de los raperos, hay familias grandes que dependen económicamente de él. Si bien esta línea es la más fuerte, en el camino fueron quedando otras sospechas que todavía quedan haciendo ruido por los márgenes, como la posibilidad de haber tenido que hacer unos determinados trabajos de encargo por favores pendientes o por deudas que no pudo cubrir, y también se habló de un asesinato como consecuencia de alguna promesa de producción no cumplida o de rechazo de grabación, entre otras.

Por lo pronto, mientras se espera la declaración de Karl Jordan Jr., que se vio afectada por el escenario pandémico y las dificultades de garantizar protocolos de sanidad, Washington se declaró inocente. Lo que sigue llamando la atención es el absoluto silencio alrededor, en todos estos años nadie se quebró, nadie dijo ni una palabra más de lo que se fue sosteniendo desde el principio, nadie vio ni supo nada. Simplemente sucedió. Más aún, la respuesta que llega dieciocho años después no es más que la primera posibilidad que surgió, mucho más que un primer rumor, por todo lo que rodeaba a Washington y sus antecedentes. Casi veinte años para volver al punto de partida, perpetuando, todo este tiempo, un patrón de inconsistencias e impunidades que se dan a la hora de hacer justicia en la memoria de esa deshumanización a la que se los condena bajo el títular “rapero asesinado”, que no es más que una libre asociación, no inocente, con las pandillas. El mensaje es siempre el mismo: a nadie le importan los pandilleros.

Terri Corley, pareja y madre de los cuatro hijos de Jam Master Jay, es quien quedó a cargo de su legado, incluso coordina hasta los mínimos detalles de lo que se publica en redes, y dirige, siempre cercana a McDaniels y Simmons, la fundación que lleva el nombre del DJ, una fundación dedicada a la recaudación de fondos para garantizar la educación musical a través de diferentes instituciones de protección infantil. Por otro lado, DJ Jam Master J’Son, no solo ha ocupado el lugar de su padre en algún que otro concierto realizado por Run-DMC y los distintos homenajes que se suceden, también da clases en la Scratch DJ Academy. A partir de ahora, para ellos, para Brooklyn, para la historia del hip hop, solo queda aguardar ese cierre que trae consigo el derecho a la paz, ese derecho negado por excelencia en un sistema que elige cómo distribuir la justicia. Ya lo decía James Baldwin, “si uno quiere saber cómo es la justicia en un país tiene que preguntarle a las personas de color, migrantes o de clases bajas. Buscar una respuesta en otros sectores es ir por lo que se quiere escuchar, por lo que mantenga a salvo conciencia y privilegios”.

Run-DMC
Run-DMC por James Hamilton