Kanye camina conmigo

1/ La fiesta que no fue

El domingo pasado todos lo terminamos totalmente atravesados por las noticias alrededor de Kanye West. Su imagen llorando en lo que intentó ser un acto de campaña camino a la presidencia no dejó preocupación por tocar, mientras que su discurso se encargaba de tocar otras fibras.

En medio de una serie de relatos y promesas inconexas, el rapero estalla en llanto cuando recuerda que su padre quiso abortarlo y que él también quiso “matar” a su primera hija con Kim, pero Dios se le apareció y le pidió que haga lo correcto, “si no arruinaría mis planes, entonces llamé a mi novia y le confirmé que tendríamos ese bebe”. Mientras que lloraba y los abucheos iban in crescendo prometió que todas las embarazadas deberían recibir un millón de dólares para no dudar tener a sus bebés. Los abucheos, una vez más, no solo fueron más fuertes que él, sino que fueron la única constante de una presentación desordenada y desconcertante para la mayoría presente.

Pero quizás el momento más tenso, o al menos el de mayor impacto en términos de bisagra, sucedió cuando el rapero puso en duda el legado de la emblemática abolicionista Harriet Tubman, quien pasó a la historia bajo el nombre de Moises, por su incansable labor de liberación durante la esclavitud. Prácticamente en un simultáneo entre lo que sucedía en vivo y lo que sucedía en las redes sociales, a partir de ese momento todo fue una explosión. Una joven afroamericana subió el video del discurso aclarando que había abandonado el lugar. “Vine a buscar algo de diversión y la encontré, pero cuando empezó a faltar el respeto se acabó para mí”, explicó la joven en su cuenta de twitter bajo el nombre de Toe Knee. En ese primer momento todavía podía hacerse fácil un seguimiento entre los usuarios que compartían o comentaban, y eran varios lo que respondían con sus videos o fotos yéndose.

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Kanye en su acto de campaña

En ninguna de estas secuencias hay detalles menores, así como tampoco en el tono de los discursos de Kanye ni las reacciones. El encuentro ocurrió en Carolina del Sur, en North Charleston, frente a un público acotado y con una notoria mayoría de varones blancos, entre adolescentes y jóvenes, lo que explica al mismo tiempo la impunidad para abordar ciertas problemáticas raciales y la consecuencia de sus recurrentes intervenciones provocadoras y erróneas en cuanto a la historia afrodescendiente. Nadie más o menos informado, involucrado o tocado por cierta realidad puede acompañar esos relatos en un marco de postulación política. Incluso muchos de los perfiles más reconocidos que los fans dedican a su persona en las diferentes redes sociales se mostraron cuestionando, repudiando y abriendo debates que hasta acá miraban de reojo o evadían con el sentido afectuoso de querer resguardarlo en un lugar de artista.

Pero una vez que su candidatura sacude las noticias, que no es lo mismo que impactar, en un año electoral que se da en un marco de activismo y extrema tensión racial, cuesta más tapar el atropello y la peligrosidad en juego. Esto sin contar las especulaciones que advierten que esta presentación de Kanye busca desdoblar el voto negro y favorecer a Trump, o las sospechas y temores que surgieron a partir del apoyo abierto a su candidatura por parte de Elon Musk, quien por estas horas es nuevamente noticia por advertir “le vamos a hacer un golpe (de Estado) a quien queramos, bancátela!”.

Por supuesto que mientras la comunidad racializada y los sectores antirracistas trataban de contrarrestar la viralización de los dichos de Kanye West en Carolina del Sur, las profundidades de la navegación por hashtag también devolvían pequeñas delicias que hablan por sí solas. Como los que festejaban que las acciones de las empresas que anunciaron retirar el apoyo a los negocios de West comenzaban a caer, o los que recordaban las acciones solidarias, tomando al voluntarismo no solo como horizonte político, sino que, más grave aún, desprovisto de toda ideología.

Ah, después se cree que la juventud, por el solo hecho de tener juventud, es revolucionaria. Pero esto es el siglo XXI, este es el tiempo del capitalismo tardío, y gran parte de la construcción imperial que logró Kanye West es por la manera en la que se consume en general y en la que se lo consume particularmente a él, que además ejerce un buen reflejo de representación sobre varios de los vicios principales de la época.

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Algunos asistentes al acto de campaña

2/ Las 4 estaciones: primicia, fascinación, cancelación y prédica

Dejemos por un momento a Kanye de lado. Miremos la época.

Como si no hubiera mañana, el tipo de consumo que maneja la época es comparable a la cultura de la primicia: quieren llegar al disco, por poner un ejemplo, antes de que el disco salga, y apenas escuchando la primera canción ya se está haciendo una reseña. Y esto en los mejores casos, cuando no quieren llegar al disco antes de que el artista empiece a componerlo, sin importar si el artista está de gira, sacó un disco hace un mes, o básicamente, sin contemplar que ese artista no es una máquina de gaseosas, a la que se le deposita una moneda y la latita cae automáticamente para saciar mi sed.

Estas actitudes que parecen intensas nos hablan exactamente de lo contrario, porque en realidad son arrolladoras, torpes y primordialmente evasivas. Ya de por sí es una marca que estemos hablando de consumo, que usemos ese término y no otro. Y la velocidad con la que se consume nos advierte que no se habita ese consumo, que no se comulga, que no se lo piensa, que no se lo siente. Básicamente porque hay una intangibilidad latente, se lo consume para sostener un Yo, que es hacia donde todo gira en este tiempo, un tiempo en el cual la intimidad está devaluada y se parte como cosa pública, lo que fragiliza aún más a esa identidad vivencial y a flor de piel que la época tanto necesita, porque todo pasa por ahí. Así, la dinámica provoca la construcción de Yo públicos que se hacen a partir de lo que consumen. Por supuesto que esto no es nuevo, de hecho, es tan arcaico que es ignorante que se sigan valiendo de idearios así, pero en el marco de un mundo vincular que se da a través de redes sociales, donde hay 15 minutos de fama y 15 fans para todos, funciona como un parche perfecto.

La mejor prueba a esos no procesos, a esa falta de cuerpo frente a lo que se “consume”, es que prácticamente es una situación mitológica poder conversar y tener un intercambio sin pasar por el sensacionalismo personal. La autorreferencialidad lo toma todo de tal forma que cuando se reclama el exceso, la respuesta no escapa a la lógica, surge la victimización o la defensiva, en cierto punto, otras formas de narcisismo. Y uno es sujeto con el otro, pero cuando el Yo ocupa tanto espacio, y el otro solo aparece bajo el mandato empático de “ponerse en su lugar”, como diría el escritor Carlos Busqued, “me puse en el lugar del otro, y el otro se quedó sin su lugar”. Ergo, esa otredad queda expulsada, destinada a un tipo de vinculación antojadiza.

Dicho argentinamente, son vinculaciones alineadas al alienante “si no hay amor que no haya nada”. Como si en contraponer el “amor” a “la nada” no se estuviera vaciando todo ese “amor” que se evoca. Porque el amor no es amor por sí mismo, no es una cualidad por sí sola. Ese amor contrapuesto a la nada es, en realidad, una fascinación. Una fascinación acorde a las comodidades y posibilidades modernas. Es desde esas vinculaciones fascinadas que se sube y baja a personas de altares, sin complejizar la humanidad, propia y ajena. Esto es la idea imposible de una cultura de cancelación que, aun cobrando fuerza en una vía pública, no pierde su sin sentido de fondo. Dicho de otra manera, mientras que lo que se cancela se vuelve tabú, puerta afueras se predica una moral en nombre del amor, la libertad, la empatía.

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Kanye 2003 por Nabil Elderkin

Como si la historia no hubiera transcurrido y no sobraran ejemplos de las barbaridades que se hicieron en nombre de esas palabras, el vaciamiento de ellas y su utilización reducida a slogans de vida son una gran victoria del mercado más salvaje, del opuesto a toda democratización de necesidad, deseo y goce.

3/ De un Jesús caminante a un Jesús Rey

Esta anatomía de consumo siglo XXI es también la anatomía del público que crece a la par de la carrera de Kanye West o que hace su ingreso al hip hop de su mano. Esto es en un momento del hip hop en el que los medios daban por muerto al movimiento, cuando en realidad, como todo aquello que está vivo, algunos momentos son procesales, o sea, no hay cosecha sin siembra, y después de ciertos temporales es esencial atravesar el proceso para reorganizar. Así, la irrupción de Kanye fue una explosión de creatividad y carisma a toda pompa, siendo sus primeros cinco años de carrera una constante redefinición de sonidos, los que él mismo iría superando.

La coronación era un hecho, pero en una cultura de pulsión social, política y cultural, como es el hip hop, los reinados piden más que una mente brillante artística. Y en los siguientes cinco años tuvo que convivir con el renacimiento de la costa Oeste, un renacimiento que marcaría un antes y después definitivo a nivel global, porque transforma ya no solo algunas vertientes. Es una transformación crucial, un volver a las raíces del hip hop, a sus “20 verdades”, pero versión siglo XXI. Lo que se aprende del pasado se articula con el presente y se nutre de todo lo que tenemos para dar, pareciera decir esa nueva ola envalentonada, para más, por la llegada del presidente negro a la Casa Blanca, con todas las curvas sociales que esto implicaría.

El que termina siendo cara de todo esto no es Kanye West, es Kendrick Lamar, que sin hacer concesiones logra un reconocimiento a tal nivel que hasta se rinden a sus pies los rincones académicos históricamente opuestos a la comunidad hip hop. O sea, un Negro orgulloso rompe muros simbólicos. ¿Y qué hay de Kanye?

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Kanye versión 2006 por David LaChapelle

Entre los bajos y altos que tuvo Barack Obama nunca faltaron los pactos sociales de las comunidades racializadas. Todos se mantuvieron ahí, como las últimas décadas desde el caso de Rodney King, momento en el que dejaron atrás toda una historia de intermitencias para entender la fuerza de esa unión organizada. Esos pactos sociales incluyen a los sectores más radicales y tienen como prioridad cuidar una lógica de supervivencia. Esto es, por ejemplo, una Angela Davis, con todo el dolor de su alma, llamando a votar a Hillary Clinton, porque nada es más importante que evitar que llegue Trump al gobierno. Por esos días ya a nadie le asombraban que las noticias de Kanye fueran más extra-musicales que musicales, sin embargo vio la luz The Life of Pablo, y esta podría ser su última gran obra mirando en perspectiva.

El tema es que para ese momento ya había pasado demasiado. Mejor dicho, la siembra de aquellos años procesales ya era más que una gran cosecha. Y no solo Kendrick, sino todo ese colectivo musical que se alinea a movimientos como Black Lives Matter, y en esa comunión, que se empieza a escribir en Black Messiah con D’Angelo, imponen un relato, y mientras la pauta musical y poética fija su marca ahí, eso también se toma como una demanda histórica, una visión social.  Con todo este aluvión de fuerzas con Lamar a la cabeza, Kanye lentamente se fue quedando a la derecha. Primero en música, después en poesía y final y abiertamente en ideología. Entonces, ahí él también renació.

4/ Malas noticias

Así como en la fascinación hay cierta adoración en adorar a Kanye -más que a Kanye mismo- para construir un Yo público, Kanye también reconstruye su Yo público a partir de un consumo, en este caso ideológico.

Lo primero que nos confiesa es que logra descubrir su libertad a partir de reconocerse republicano, y lo primero que hace con su libertad republicana es reescribir la historia de su comunidad en función a su historia individual. Porque tampoco le escapa a la lógica que solo comprende a través de su Yo, y para que su nuevo Yo tenga un lugar en la historia de su comunidad, la historia tenía que ser otra.

La sugerencia de que solamente es esclavo el que quiere, y que si a esta altura todavía te sentís esclavizado es responsabilidad personal, está íntimamente ligada a la cultura moderna del emprendimiento. Y es casualmente desde sus emprendimientos que él empieza a intervenir en ciertas problemáticas sociales, independientemente que con su voto o declaraciones políticas perpetúe y profundice esas problemáticas. También tuvo intervenciones por demás ridículas, como viajes a zonas realmente vulnerables de Sudáfrica, porque ¿qué mejor que viajar a la tierra madre para mostrarles a todos lo negro orgulloso que soy mientras me acusan que quiero ser blanco? En ese viaje llevó de regalo unos pares de sus zapatillas súper blancas para calzar a niños que andan descalzos en situaciones de extrema pobreza. Ese tipo de fotografías no son diferentes a la de una Natalia Oreiro en una tapa de Caras con un bebé negro a upa. Su negritud no hace diferente su sentido de cosificación ni el pobrismo. Pero mientras que toda esta reconstrucción de su persona lo llevaba a ponerse la gorra MAGA, a tener arreglos económicos de dudosos fines con la administración Trump, de los que casi no se habla, y mientras la comunidad racializada pedía explicaciones o comunicaba repudios diversos, el público Kanye no se inmutó, su tipo de consumo y su lectura quedó detenida para siempre en esa coronación de hip hop moderno, a esta altura, no solo de otro tiempo, sino que de otra persona, de otro Kanye.

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Kanye en NY, 2004. Por Peter Kramer

La fascinación lógicamente no tiene un sentido de la fidelidad, y en su actuar por reflejo, encuentra en Kanye un cuerpo recargado de clichés siglo XXI: narcisismo, victimización y una rebeldía liberal de salón, que acusa a la izquierda de expulsiva. El nuevo Kanye es el que incluye (“te ayudo a tener poder”) para excluir (“podés ser tu jefe”), esto es generar un contexto/relato en el cual la precarización o el daño que te hago no es responsabilidad mía, es culpa tuya. Por eso, sin inmutarse, su público fascinado logra siempre la vuelta de tuerca para fundamentarlo o contextualizarlo. Pero lo más interesante de este nuevo Kanye, paradójicamente, es que es hijo directo del relato posracial con el que Obama lastima a su comunidad, no solo queriendo evitar que los blancos le reclamen que gobierna exclusivamente para los negros, sino por celebrar abiertamente una nueva era de convivencia a costas de ignorar las estadísticas de los crímenes raciales durante su mandato, en el cual las desigualdades económicas también se profundizaron. Y este ADN posracial se ve directamente en Kanye con su disco de gospel. Toma la música ancestral y la carga de una espiritualidad meritocrática, como si las letras hubieran salido del algoritmo de un seguidor de Osho o El Arte de Vivir.

Al momento de asumir Trump los diarios acordaron titular El fin del mito posracial. Pero el nuevo Kanye ya estaba entre nosotros, ya había elegido dejar de caminar a la par de sus pares, y esto, por favor, no lo tomen literal.

Todos lo vimos caminando en una de las protestas de Chicago, pero también lo vimos desafiar que su voto a Trump, al menos antes de lanzamiento de su candidatura, estaba asegurado. Y es en ese lanzamiento de candidatura que nos dice incluso algo más, que es que está dispuesto no solo a no caminar a la par de su comunidad, sino que ascenderá por sobre los demócratas y republicanos para ser un presidente. Ahora o en otro momento de la historia, no importa cuándo, porque él puede hacerlo, puede hacerlo porque él no es esclavo de nadie. Y si no puede, va a ser porque Estados Unidos no está preparada para él. Descontando las teorías de conspiración y especulaciones trumpistas, este es el mensaje.

5/ A través del fuego

Todo este laboratorio de sí mismo se desarrolla a la sombra de una enfermedad mental. Una enfermedad mental que en más de una ocasión se manejó como una unidad de negocio más, aunque quizás lo más grave se ve cuando también se la trata a través de esa cultura de emprendimiento, esto es, por ejemplo, cuando Kanye cuenta con soltura que rechaza los tratamientos porque “puede”, y más de una vez, esas declaraciones fueron apoyadas públicamente por Kim, porque “él es fuerte, brillante, yo lo acompaño y apoyo”. Y esto no se trata de culpables, se trata de responsabilidades.

Las imágenes del domingo pasado fueron realmente tristes, y mientras las veíamos no sabíamos que sería tan solo el principio de una semana desatada en twitter. La dinámica escribir / borrar satura un historial de episodios similares, cada vez más recurrentes y con agresividad en aumento, cada vez haciendo mayor daño. En definitiva, lo que se borra de un TL, no se borra del tiempo.

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2020. Por Tyler Mitchell

El comunicado que sacó el equipo de prensa de Kim, y que increíblemente fue tan festejado, buscaba generar una identificación con familias que pasan por lo mismo y pedía más empatía y comprensión, porque el encierro pandémico lo afectó demasiado. Era la oportunidad de ir más allá en un contexto mundial por demás delicado, pero se prefirió tomar el camino sensibilero de lo mediático, incluso se aborda banalmente una igualdad de condiciones con otras familias que pasan por lo mismo que no es real: no hay igualdad de condiciones económicas, ambientales, de posibilidades ni sociales. Tan claro es esto que mientras leíamos el comunicado Kanye se mostraba andando en skate, rodeado de amigos y visitas, caminando entre animales, en galpones enormes, rodeados de montañas y de una inmensidad de cielo que no entra en sus planos. Se pide más empatía a un sujeto público que da un mensaje que pone en riesgo a sectores vulnerables y que provoca no solo una réplica caricaturada de sus acciones, sino una estigmatización directa sobre un tema que es tabú en todas las sociedades. Si a la familia Kardashian West le cuesta abordar la enfermedad mental, no hay que pensar demasiado lo complicado que es para las familias que cuentan con el mínimo de los recursos. Y ni hablar de las que no cuentan con ningún medio y dependen, muchas veces, de los voluntarismos ajenos. El daño que se hace público, como le demandó TI, requiere, sino es posible una reparación, respuestas a la altura, o en todo caso, un responsable silencio, pero el silencio no siempre permite que se aprecien los buenos equipos de marketing, además de no ser útil para los objetivos del marketing.

Dicho esto, más allá de Kim, la responsabilidad trasciende a los protagonistas de la historia. Alcanza a entornos y a todos aquellos que utilizaron y utilizan la salud mental de Kanye, que él mismo utiliza y utilizó. Pero también diría que todos debemos tomar responsabilidad en cómo pensar, opinar y comunicar sobre él. Ni las voces fascinadas ni las voces burlonas son el camino. Las imágenes del domingo pasado fueron elocuentes y provocaron un cambio de paradigma muy rotundo. Incluso los que pedían compasión, como Questlove, en cuanto vieron que Kanye se puso a promocionar el nuevo disco se juró “nunca más” caer en sus manejos. Está claro que hay daños irreparables, pero todo parece indicar que no habrá más márgenes para que algunos se repitan.

Entonces, quizás lo que este momento necesita con urgencia es comprender que a esta altura el principal daño que se está haciendo no es político ni cultural, es directamente un tema de salud. Un tema de salud que, además, no es exclusivo de una comunidad ni de un movimiento cultural, y que nada tiene que ver con un escenario político. Y si de por sí no todos estamos preparados para analizar un escenario político internacional o cultural, mucho menos lo estamos para hablar de salud mental en tiempos de aislamiento obligatorio porque estamos bajo la presión de una pandemia. Y hablar de Kanye hoy es esto, que a su vez es hablar de otros millones de anónimos.  Ese es el desafío que se presenta en este tiempo, y quizás también nos toque hacer silencio, esperar y desear que finalmente el tratamiento sea una opción para él y que el anuncio no nos llegue enmarcado en retóricas de marketing ni como un superpoder. Esa humanización será un buen indicio, porque en principio será una oposición directa a la fascinación, y parafraseando a un desolado Reason que el domingo también le deseaba que la ayuda le llegue pronto, a veces esa ayuda requiere tomar responsabilidades y la incomodidad de la desobediencia, de salirnos del modo habitual.

En definitiva, todos queremos verlo caminar otra vez a través del fuego, convirtiendo la tragedia en triunfo, aunque la derecha permanezca a la derecha y la izquierda a la izquierda, que la salud mental abordada con el cuidado correspondiente sea una prioridad y no una herramienta de marketing ni un móvil de impunidad -en este panorama- ya será victorioso.