Lo que el viento no se llevó

1/ Quién dice qué

El supuesto conflicto de la semana se inicia en la columna de un diario angelino con la firma de John Ridley, guionista de 12 años de esclavitud, esa película que fortalece el ideario común del esclavo negro siendo salvado por un hombre blanco. Y no cualquier hombre blanco, un fuerte y hermoso hombre blanco representado, ni más ni menos, que por Brad Pitt.

Esta narrativa, cargada además de romantizaciones, le valió varias críticas y enfrentamientos con colegas, activistas, historiadores, diferentes actores del campo cultural y social, referentes con peso histórico y de la nueva camada, la que, por ese entonces, ya emergía como nueva voz de transformación sin imaginarse que años después serían organizadores claves del pálpito callejero. Esas discusiones, que no por eso lo hacen ser un tipo menos querido en su elite, aportaron el marco que la película necesitaba: que la historia dirigida por Steve McQueen esté basada en un hecho real no es exactamente la historia como regla, la historia común, y esa elección, que es una preferencia excepcional de cómo sucedieron los hechos, reconfirma relatos supremacistas.

12 años de esclavitud fue un éxito, nominadísima a todo y cosechadora de premios por donde pasó, como la mayoría de las veces que Hollywood festeja este tipo de películas, ajustadas más a lavar culpas blancas recordando que también existieron blancos buenos que a reparar lo que desde ninguna pantalla de cine será posible reparar. No importa que Ridley y McQueen sean negros, también pueden complacer al apetito comercial hegemónico. Como ya dijimos en el artículo Las vidas negras importan, ojalá el racismo se midiera solamente en colores o en buenos y malos, cuánto más fácil sería combatirlo.

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2/ Dónde estamos

En un repaso muy veloz y por arriba sobre la situación estadounidense tenemos aún ciudades funcionando con los toque de queda y multitudes que no abandonan las calles desafiándolos cada noche. Continúa la represión excesiva, se desató una nueva ola de encarcelación masiva y la brutalidad policial sigue desatada a plena luz del día y desafiando a los celulares que graban, porque imposible perder esa oportunidad de mandar un mensaje. Demás está decir que si desde el principio se vio así, a esta altura ya no hay excepción: no es solamente policías vs. afrodescendientes y latinos, la brutalidad es frente a todo aquel que no muestra explícitamente apoyo a Trump, algo que él mismo arengó. Las denuncias de asesinatos, linchamientos y de protestantes con estados de salud grave por los golpes recibidos se multiplican por hora. Lo que lejos de calmar las calles, las condensan aún más. Esto provocó una contraofensiva entre las agrupaciones trumpistas, las que se tomaron el permiso “patrio” de salir por sus barrios a cuidar y monitorear que haya tranquilidad, entre otras sugerencias que completan un escenario que recuerda a los peores tiempos del terrorismo racial, esos que añoraban, justamente, con su Make America Great Again.

Y no nos olvidamos de la pandemia. Arriba de 40 millones de personas pidieron seguro de desempleo, la cifra puede subir o bajar un poco cada semana, pero no solo se mantiene en esa cifra, también alcanzó el pico de 42 millones de solicitudes. La pandemia trágicamente minimizada expuso la total idiotez de Donald Trump a un nuevo nivel: eligió salvar la economía por sobre la salud y no salvó ni una ni otra. Y acá también tenemos que decir “las vidas negras importan”, porque los porcentajes mayoritarios de las víctimas fatales del coronavirus nos hablan de clases trabajadoras hacia abajo, de afrodescendientes, latinos y demás sectores de por sí vulnerables. Si algo dejó en claro el covid-19 en todos los países es que no solo no tendría piedad, sino que se haría aún más fuerte e imbatible atravesando esos agujeros que el abandono sistémico fue construyendo.

El total de fallecidos en EU asciende a 117 mil, los especialistas creen que para octubre alcanzará los 200 mil a este ritmo. El número de infectados supera los 2.1 millones.

3/ El racismo que el viento no se llevó

Es en el medio de este panorama que Ridley toma su lugar en un diario para cuestionar que todavía circule ese clásico demoledor que es Lo que el viento se llevó. Decir “toma su lugar” es generoso, porque en realidad tira una bomba que logra desplazar la discusión importante de estas semanas, una discusión central, y en ese desplazamiento permite que las noticias se entremezclen y confundan. Porque lo que se replica no es que Ridley opinó sobre Lo que el viento se llevó, lo que se replica es que hubo protestas que pidieron que se la baje. Y hablar de “Protestas”, sin ningún tipo de información específica en un contexto en el que Black Lives Matter cuenta con un apoyo, según el NYT, históricamente mayoritario por parte de la sociedad norteamericana, y que es notable en todas las manifestaciones, es de una mala intención poco novedosa. En todo caso, Ridley opinó, algunos otros de su elite apoyaron, otros repudiaron, pero no solo que no hubo protestas, las protestas que hay están definitivamente en otra cosa: en la cosa política.

Sí, es cierto que la película de Victor Fleming es racista, pero principalmente es un clásico que sirve para reconocer un escenario racista al punto tal que las razones por las que el guionista pide que la película deje de circular son exactamente las razones por las que se necesita que siga vigente.

Sí, está mal pintarse la cara de negro, algo que no dista mucho de lo que hacen tantas cantantes hoy a través de técnicas más sutiles de bronceado para conquistar a los públicos latinos y sentirse una “sister” más. Pero también está mal pensar que las personas que no responden al ideario blanco deben ser reducidas a ciertos papeles, y esto sucede en una película como en un acto escolar, donde los niños racializados nunca acceden a ser damas antiguas, caballeros, próceres, héroes y siempre aparecen como vendedores de pastelitos o aguateros. Estos entramados son los que piden con urgencia una mirada interseccional que atraviese al sistema. La construcción de la representación y las deconstrucciones que correspondan hacer responden a un racismo estructural, institucional y constitucional. Y es justamente un tono de intersección y de trasfondo racial lo que se estaba imponiendo en las agendas a fuerza de lo que comenzó en las calles estadounidenses y, como todo clima de rebelión popular, se contagió rápidamente alrededor de no pocas ciudades del mundo.

Ridley decidió ser vocero de Hollywood e interrumpió la instalación del pensamiento crítico que se necesitaba. Pero también sirve para mostrar otras cosas, las buenas intenciones no solo no son suficiente, si no están a la altura de los hechos, estorban. Porque el guionista no dejó error por incurrir.

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Ridley con su Oscar

Muy en sintonía con el espíritu despolitizado de época, moralizar la lucha antirracista a partir de una sugerida prohibición es pretender simplificar una historia de amplia complejidad, anulando incluso décadas de discusiones ya resueltas y hasta convertidas en contratos sociales que se estimaban imbatibles. Hasta ahora, que él los puso nuevamente en discusión y en una dirección errada. Y ese es el punto: ¿era necesario irrumpir con esta discusión en este momento? Más aún, ¿quién puede -con dos dedos de frente- creer realmente que a las multitudes que están en las calles del mundo levantando banderas antirracistas bajo la represión que reciben les importa hoy, ahora, en este preciso momento, lo que sucede en Hollywood? Solamente alguien que ignora por completo un escenario de racismo estructural que no empezó estas últimas dos semanas ni es aislado.

Rápidos de reflejos, los ejecutivos de canales y plataformas, hombres multimillonarios y blancos, metieron mano, sacaron varias películas de los catálogos y respondieron con comunicados condescendientes. Tomaron un cuestionamiento mediático sobre un conflicto racial y respondieron marketineramente bienintencionados sin dejar de ser racistas. Eso sí, todos prometieron que las películas, incluyendo Lo que el viento se llevó, volverá a estar disponible muy pronto y con una producción de contenidos alrededor para explicar su contexto. Y por supuesto que esa parte de la información no le importó a nadie, porque ya se había instalado que “los negros censuraron” el clásico. Dicho esto, que una película venga con un contexto explicativo no solo se torna pedagógico, sino peligrosamente demagogo. Veremos.

La cuestión es que en un país atravesado de tensiones y estallidos sociales, la noticia quedó rápidamente desbordada por la dinámica, pero tuvo un alto impacto en otros países. Y Argentina lo vivió a pleno. El arco progresista nacional, que se autopercibe de ciertos partidos (peronistas, izquierda, kirchnerismo, socialista) pensándolos estéticamente o como un posicionamiento de superioridad intelectual, cuando no cultural y/o moral, volvió a estar pegado al campo conservador, porque el racismo no conoce de grietas. Cada uno con sus argumentos, los primeros más atentos al buen cine y los segundos muy atentos al goce, aprovecharon para -directa o indirectamente- reafirmar que “los negros” se victimizan, que el racismo es un lugar común, que los racistas son “ellos”, etcétera. “Ellos” y “los negros” aparecen como un eufemismo, como un comodín para suplir lo que ni siquiera saben: quién, qué, desde que lugar, cómo. El título alcanzó para darle gas a esa ansia opinóloga y autocelebratoria de las redes. Y esto por supuesto que trasciende el affaire Lo que el viento se llevó. Lo vemos a diario, vemos todo el tiempo como no queda noticia por inflar, por darle grito y velocidad, sin pensar si no está corriéndonos del foco. Cuesta verlo en temas que nos son cotidianos, así que parece una utopía pedir especial atención y discernimiento en temas que son totalmente ajenos y el título, tan tentado, llega justo como un bocadito dulce para calmar el posicionamiento oral.

4/ Saquen sus escritorios de nuestras protestas callejeras

Todos los caminos conducen a lo mismo: lo que se piensa solo desde los escritorios y microclimas para reproducirse en redes o artículos de opinión puede causar hits virtuales, efectos inmediatos y posicionamientos individuales (o de grupos de pertenencia) pero sin lo territorial, sin el fulgor de las calles, más temprano que tarde, siempre será rancio. Cualquier idea de escritorio y microclima que pueda resultar lúcida y filosamente crítica, si uno va de la mano de las organizaciones sociales y tiene las suelas al menos un poco gastadas de andar, ve cómo esa lucidez, esa “polémica”, esa cosa bien pensante y sesuda queda reducida a un panelismo sofisticado, pero panelismo al fin y al cabo. Esa es, quizás, la gran batalla perdida del siglo XXI: convirtió a todos en panelistas, lo que irremediablemente trajo como sombra que todos terminen siendo trolls militantes de sus propios grupos de pertenencia. 

Tal vez el único límite entre lo real y virtual, pensando muy entre comillas ambos planos, en este presente hiperconectado, sobreinformado y contaminado de panelismos, donde internet es un elemento tan propio de nuestra vida como el aire mismo que respiramos, es justamente la idea territorial, los pies en ese escenario que no necesita la moral de nadie, de ningún color, y que necesita, además de políticas públicas y un acceso a ser protagonista de esas definiciones, oídos que escuchen, manos que hagan y cuerpos que acompañen poniendo a disposición sus lugares. Como decía Toni Morrison: si estás en un lugar de más poder que otro, usalo para su liberación; el resto es cotillón.

5/ Sobreactúo, luego existo

Momus ajustó a Warhol en una jugada maestra y predijo algo aún peor: en el futuro todos seremos famosos para quince personas. Esa construcción que se da principalmente desde las redes y que luego se traslada a conversatorios, medios, libros, etcétera, evoca otra forma de empoderamiento que no pocas veces termina en una megalomanía insoportable.

Igual, lo insoportable no sería lo más grave como sí la propuesta que a invita a una generación de sentidos, o degeneración, según corresponda. La cosa funcionaría así: como mi fama dice que soy muy buena hablando de ciertos temas, cualquier cosa que diga sobre otros temas será tomado también como palabra santa y rápidamente veré los RT multiplicarse, y florecerán hilos de conversaciones partiendo de ese sentido propuesto. Poco importa qué tanta idea tengo, que tan honesta estoy siendo desde el lugar en el que lo digo. La lógica de redes es que nadie dice “no sé de esto, no tengo posición respecto a esto, prefiero no opinar de esto, simplemente estoy confundida”. Nadie se arriesga a expandir una opinión que pueda quebrar la imagen que ya construyó, lo que se refuerza porque las mayorías no se conocen más allá de esos TL. Nadie ve a ese sujeto en una situación de poder respecto a los otros, nadie ve cómo actúa. Ese sujeto nos cuenta como actúa, porque ante todo la vanidad, desde la exageración, como lo vimos en La vidriera de las vanidades, a otras mucho más sutiles. Incluso puede hacerlo sin una utilización del Yo, sino a través, justamente, del abanico de opiniones y sentidos. En los casos donde sí se conocen, poco importa: para bien o para mal, la velocidad con la que corre ese TL todo queda en el olvido y reducido a cruces personales, no a la temática que se abordó y que permitió una representación de imagen. 

Cuando Elizabeth Vernaci jugó la gracia de extranjerizar Jujuy, al progresismo, con tal de sostener su idea de la transgresión y anti-solemnidad, no le importó conocer que una de las principales causas de denuncia por discriminación que hay en nuestro país y que genera problemas tan graves como retención de DNI es justamente ese: la extranjerización del no blanco.

El anhelo blanco de Argentina llama Bolivia a todo lo que no se le parece a su nación blanca. Y ahí aparece el as del simplismo racista: “si te ofende que te digan Bolivia, el racista sos vos”. Cuando el problema no es Bolivia, sino los otros cientos de conflictos raciales que nacen de un no reconocimiento y de idearios supremacistas que van desde el blanqueamiento histórico hasta la idea que el país empieza y termina en algunos barrios, porque tampoco tanto, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Las maniobras del progresismo para evadirse como racista son mucho más trabajosas que sentarse a pensar realmente su posición y su lugar. Complejizar no siempre es inteligencia ni mucho certeza. Uno también puede complejizar errando, no sería un problema si no fuera que en cuestión de derechos humanos el costo es irreparable.

Por supuesto que uno no es responsable de la lectura que hacen los otros de lo que uno dice ni del lugar en el que los otros lo ponen a uno. Pero uno no es inocente de lo que dice ni de la imagen que busca mostrar, y también, llegado cierto punto, uno es responsable de lo que alimenta. Tal vez entre varios de estos renglones haya algunas claves para entender también por qué cuesta tanto mantener las discusiones centrales en foco, por qué se cae tan fácil en la agenda que nos quieren imponer. Ensayo una suerte de responsabilidades entre el ansia del posicionamiento y la necesidad de validar el Yo que autopercibo: se elige aportar a la distracción y confusión en nombre de salvar mi Yo, en vez de dejar pasar la pelota, pensar, continuar con un tema de fondo que contiene al “nosotros” político, que descontractura y desatormenta el peso opresivo. 

6/ La pandemia yoica

Algo en común entre esos “famosos para quince personas” y las celebridades es que por el solo hecho de tener ese “status” pueden opinar de todo y sus movimientos por las causas que abrazan no requieren demasiado cuerpo ni tiempo ni dinero. Una vez más, la virtualidad se confirma en uno y no tras la pantalla, más bien de nuestro lado de la pantalla.

Como si los papelones de los videos de Imagine, allá y acá, no hayan sido un buen remedio, hace unos días unos actores hollywoodenses con gestos angustiados grabaron un video apoyando la causa antirracista. En esta ocasión el lavado de culpa se daba invitando a “tomar responsabilidad” porque ellos lo estaban haciendo. Todavía no sabemos bien de qué, y tampoco queremos saberlo. ¿Quién necesita eso más allá del propio círculo elitista, o de alguien en particular si pasó algo puntual? A esto le podíamos responder: ese video pudo ser una videollamada. Pero, una vez más, los actores blancos coparon las principales noticias y generaron más polémicas que siguieron ocupando más páginas al respecto desplazando la situación de las calles.

Cuando hablamos de romper un silencio blanco cómplice, como cuando hablamos como antirracistas de empezar a quebrar el racismo socialmente permitido, no estamos hablando de posicionamientos personales ni mucho menos personalistas. Todas las discusiones políticas del siglo XXI terminan en un mismo lugar yoico. Y en este caso, vale agregar algo más: esperar que Hollywood se convierta en Malcolm X puede ser tan dañino como es la autopercepción de lo urbano y carcelario que tiene Sebastián Ortega. Ellos no lo conocen, pero sí conocen el daño que puede hacer la industria y la mirada de chicos ricos tristes y con conciencia social construida a través de prototipos.

El que lo dice mejor es el gran Dave Chappelle, un Dave Chappelle que enojado y herido es mejor que el irreverente: “¿Celebridades? ¡A quién le importan las celebridades? Lo que pasa está pasando en la calle. Se trata de lo que está pasando allá afuera, se trata de ellos, no de mí, no de nosotros”. Su episodio nuevo salió en cierto marco sorpresivo, o como dijo Questlove cuando lo compartió, “Chappelle se mueve rápido”, y se llama 8:46, el tiempo que Derek Chauvin aplastó el cuello de George Floyd hasta dejarlo sin vida.

El hijo del humorista estuvo participando en las protestas, y como la mayoría de los participantes se llevó un souvenir policial en el cuerpo, pero está claro que, más allá de cualquier acontecimiento que se escape de lo previsto, y sobre todo económicamente, está muy lejos de todo lo que se está jugando en las calles, aún siendo negro. Pero lo dicho, el único “empoderamiento” que ilumina es el que usamos para liberar, el de la autodeterminación que se compone de un “nosotros”, si no, es otra cosa. 

7/ Nunca estuvo tan claro

Entonces, mientras que Ridley pedía la baja de Lo que el viento se llevó, los actores blancos lavaban su culpa en un video viral, los conservadores y progresistas ponían el grito en el cielo porque “los negros” se revictimizan, y varios etcéteras más, las calles siguen intentando reescribir un “american dream” que reconozca lo americano en el continente y no en el decir del propio país, lo que irremediablemente implica hablar de justicia social y entender que sin justicia racial no hay tal justicia.

En las calles están los negros, los blancos, los orientales, están todas las diversidades, todas las edades, todas las religiones. Las multitudes no solo resisten, desafían. Están envalentonados por un apoyo masivo que resuena como histórico y se embarcan, una vez más, en el sueño distorsionado de un anticapitalismo cada vez más complejo pero que el deseo de vivir mejor exige que no se baje la guardia. “No hay forma de saber qué sucederá después. Después de todo, hace unos años nadie hubiera predicho que la mayoría de los estadounidenses diría que tienen una opinión favorable de Black Lives Matter”, escribió el New York Times. Las adhesiones alrededor de las calles del mundo siguen sumándose, y con ellas, las contraofensivas supremacistas.

En los escritorios, por otro lado, florecen los “Yo no soy racista” dicho de todas las maneras posibles, algunas por demás racistas. Pero vamos a ignorar eso y concentrarnos entonces en esa autopercepción. Si no son racistas, entonces ¿por qué cuesta tanto simplemente escuchar lo que las comunidades racializadas, tan mal llamadas minorías, están diciéndonos? ¿Por qué les molesta que se hable de raza? ¿Por qué le dicen a las comunidades racializadas cómo tienen que hacer, cómo deben luchar, cómo tienen que llamarse, cómo tienen que nombrarse? ¿Por qué ponen al racismo en un debate? ¿Por qué hacen del fin del racismo un debate?

Los momentos más radicales no solo piden nuevas respuestas ni son solo una siembra fundamental para las resistencias futuras, también dejan menos margen para que podamos esconder nuestras sombras, esas que los enunciados no llegan a tapar.