La vidriera de las vanidades

En los últimos días se multiplicaron las protestas en todo el territorio estadounidense en repudio al asesinato de George Floyd en manos de Derek Chauvin, policía de Minneapolis. Tan rápido como acontecieron las manifestaciones, se sucedieron los posicionamientos digitales de individuos, empresas y organizaciones de todo el mundo que, sin revisar las prácticas con las que sostienen esos esloganes amplificables, se ubicaron rápidamente del lado de los buenos, es decir, del repudio a la discriminación y la indignación por las actitudes racistas.

La publicación del cuadrado negro en Instagram, que fue una forma de protesta iniciada por integrantes de la industria musical, fue velozmente adoptada por millones de personas alrededor del mundo. Algunas, incluso, como la actriz Emma Watson, tuvieron la delicadeza de subirla tres veces para que la composición estética de su feed no se viera afectada o, podríamos decir, afeada por el color negro. Pero hagamos la pregunta: ¿cuál sería el problema de adherir digitalmente a una causa justa?

Algunas instituciones culturales de nuestro país se sumaron a esta acción de forma excepcional, ya que no suelen posicionarse políticamente aunque la policía federal argentina le dispare por la espalda a un ciudadano de su país o la policía de la Ciudad de Buenos Aires golpeé y le confisque la mercadería a manteros africanos que intentan trabajan a escasos kilómetros de sus sofisticados edificios. También unas cuantas marcas de ropa locales, especialmente aquellas dirigidas al segmento de consumo de clase media blanca, sumaron su cuadrado negro al feed y manifestaron su repudio a cualquier tipo de racismo. Ahora bien, la construcción identitaria digital —de un individuo, una institución o una empresa— se efectiviza en la actual sociedad del espectáculo a través del mecanismo de las apariencias. Como afirma Boris Groys, ya no es necesario producir arte, es suficiente mostrar que uno “es” artista, una analogía del universo artístico extrapolable a cualquier “productor de contenidos” en redes sociales.

Las marcas e instituciones argentinas que decidieron sumarse a la campaña global del cuadrado negro o, como la famosísima marca de belleza brasilera, que decidió ir un paso más allá y traducir el mensaje como Toda vida negra importa, encarnan lo que podríamos llamar “la militancia colonizada”, es decir, una subordinación activista donde lo único que se requiere es la adhesión a una iniciativa que, al no ser autóctona, permite una distancia política. Además, al tener un sesgo “canchero”, ya que fue adoptada por Chanel, Stella McCartney, el MOMA, Reese Whiterspoon y la modelo de Victoria’s Secret Karlie Kloss, a quien no le genera ningún pudor ser la cuñada de Ivanka Trump a la hora de publicar flyers coloridos que manifiestan su posición anti racista, construye reputación. Reputación colonizada, claro.

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En Instagram, uno debe elegir entre un corazón o el silencio. Poco importa si la programación de las exposiciones de los museos contempla la participación de artistas negros o si la conducción de los mismos ejerce el maltrato y la explotación sobre sus trabajadores precarizados. Tampoco cuenta si las marcas de ropa despiden a sus trabajadores sin causa justificada, promueven estereotipos de belleza hegemónica en sus campañas o incumplen la ley de talles, como es el caso de la marca juvenil Complot que ni bien comenzado el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio despidió a cuarenta y dos empleadas por “causas de fuerza mayor”, o el monstruo de la ganancias Zara, que ha basado su rédito económico y su expansión global durante años en el trabajo de mano de obra precarizada.

Lo que explota como una bomba nuclear en nuestros celulares es el posicionamiento subjetivo y narcisista del yo, una práctica que no exige pruebas de autenticidad ni garantías de calidad, no demanda militancia real ni sacrificios que impliquen la participación activa del cuerpo o de la billetera. Permanece atrapado en nuestras pantallas sin pagar ningún costo, pantallas dominadas por la performance y la autopercepción.

El negro permitido

La militancia del cuadrado negro fue el bebé de pecho de la militancia digital. Hubo quienes dieron un paso más allá y “adoptaron un negro” para mostrar su bondad. Es el caso de la nunca exenta de polémicas Calu Rivero, quien publicó una imagen de la mano con un joven afroamericano con mensajes esperanzadores, al igual que Flavio Mendoza, quien también publicó una foto suya junto a un bailarín negro torneado y musculoso. Además, usuarios de redes sociales reflotaron aquella vieja selfie viral donde se ve a la modelo Pía Slapka en un subte de Nueva York junto a una negra de mediana edad, que parece viajar semi dormida luego de un día agotador de trabajo, y un zócalo que reza: ella y yo. La diversidad humana. Me encanta. También circuló el mensaje que publicó Liz Solari donde se ven dos imágenes: una mano blanca y una negra entrelazadas y en la otra una mano blanca y la mano de un orangután entrelazadas, que minutos después fue eliminada. Voy a ahorrarme una interpretación de este gesto que, de todos modos, estaría de más.

El negro objetivado, el negro como accesorio para el posicionamiento subjetivo. El negro adorno que encarna el antiguo slogan racista “tengo un amigo judío”. El negro que puede ser analizado a través del concepto de “indio permitido”, desarrollado por Charles Hale, que refiere a una categoría sociopolítica y no a personas particulares. Si bien el concepto se relaciona con la manera en que los gobiernos fragmentan las identidades indígenas y otorgan beneficios a un sector minoritario de la comunidad a efectos de que no reclamen más derechos (nunca exentos de prácticas racistas, por supuesto) el negro bello y delicado que aparece en las imágenes de los famosos, que no se parece a George Floyd sino que cumple con los estándares de seguridad blanca, deviene una categoría extrapolable que resulta paradójica teniendo en cuenta que, por poner un ejemplo, Calu Rivero se autopercibe blanca en un país que, en términos generales, considera a los latinos más o menos de la misma categoría que a los negros. Lo que demuestra que todos los afrodescendientes y los descendientes de indígenas, como somos todos los que nacimos en el continente americano, sufren el racismo, aunque lo experimenten de manera sutil y solapada. Pero, otra vez, la autopercepción es más fuerte. Lo que parecen obviar estos personajes que recrean las campañas publicitarias de United Colors of Benetton es que la blancura de su piel y la claridad de sus cabellos representan la marca de la colonización europea o de la inmigración de sus ancestros que huyeron de la guerra para salvar sus vidas y las de sus familias.

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La cara pluralista del progresismo blanco expone su bondad con artimañas meramente discursivas. Por ese motivo una conductora televisiva como Mariana Fabbiani puede publicar una “story” en Instagram donde se la ve cocinando un guiso para una organización que colabora con el barrio Padre Mugica (ex Villa 31) sin provocar ningún tipo de comezón en los escrúpulos de sus seguidores, que aplauden con emoticones el gesto de una mujer que avaló abiertamente a un gobierno que generó cuatro millones de pobres, a ritmo de un millón por cada año de gestión.

En Argentina, publicar una foto de Eva Perón en redes sociales puede generar una catarata de “unfollows”, y no solo en las redes sociales sino también en la vida real. Pérdidas de puestos laborales y familias divorciadas por la adhesión política a una ideología que, aun con sus fallas y contradicciones, defiende al negro vernáculo y su deseo.

Soy lo que digo que soy

Lo que hace difícil escuchar es sobre todo la creciente focalización en el ego, el progresivo narcisismo de la sociedad, escribe Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto. La comunicación en redes sociales es despersonalizada, a diferencia de la comunicación presencial donde el interlocutor está frente a mis narices. ¿A quién le hablo cuando escribo un tweet? ¿A quién le manifiesto mis opiniones y ante quien siento una posición?

El video viral que muestra a una joven que se baja de un auto de alta gama luciendo unas costosas sandalias Hermès y se acerca a un trabajador de la construcción para pedirle prestado su taladro con el que se toma una foto que emula lo que precisamente no hace -ser una trabajadora de la construcción- es una muestra de ello. En la actual sociedad del espectáculo, no como show sino como una relación social entre personas mediada por imágenes, importa lo que digo que soy porque la verdad dejó de ser una variable de ajuste. Como afirma la investigadora Paula Sibilia, autora de La intimidad como espectáculo: performar es la cuestión. Llevar a cabo una curaduría que expone una versión photoshopeada de uno mismo. Se performa para la mirada ajena.

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Narciso de Caravaggio versión moderna por ArTorin

Si la oposición al gobierno actual puede emitir un comunicado repudiando el accionar de las fuerzas de seguridad, cuando años atrás, mientras estaban al mando de la gestión, recibieron con honores al policía que asesinó a un delincuente por la espalda, ¿a quién le puede molestar un cuadrado negro, una frase banal, una foto de una familia feliz bien iluminada aunque, cuando la cámara se apaga, el odio y el hastío sean los sentimientos predominantes? Al que le moleste, que siga su camino. Para eso existe el scroll.