El hip hop, una cultura política de acontecimientos

Escuchar playlist / Selección por Lucas Scianca

“Cuando salieron ustedes supe que el hip hop había cambiado”, le dijo Q-Tip una vez a André 3000. La anécdota la cuenta el Outkast en la despedida a Phife Dawg, celebrada en el Teatro Apollo. Y quizás no hay mejor escenario que ese para asimilar lo que la sensación de Q-Tip guardaba en su configuración.

Para aquel momento, año 2016, la música afroamericana había cambiado cuantas veces la historia lo demandó, de hecho, el hip hop es producto de estos escenarios. Para 1994, cuando se dio el lanzamiento de Southernplayalisticadillacmuzik, debut del dúo de Atlanta, la cultura hip hop ya no era meramente emergente, en todo caso seguía siendo un movimiento joven, y esa juventud también se debía a definiciones propias y a los climas que contuvieron su desarrollo. Esos climas fueron los que marcaron también los propios volantazos dentro del movimiento, el que llegaría a una cima de talento y arte en ese tramo magnético que es 1994/1996, considerado para la gran mayoría de especialistas, y vale decir que también para los protagonistas a lo largo de las generaciones, el mejor momento de la mejor década del género.

Y algo de eso debe haber si pensamos que los nombres que dan jerarquía a estos últimos diez años responden directamente al legado de aquel tiempo, sus referencias se saltean casi de manera completa a sus antecesores directos y capturan la esencia noventosa. A su vez, los noventosos, nacieron al mismo momento que nacía el hip hop, pero algo más: son los hijos de la generación Black Power, son las infancias Black Panther y la adolescencia en los territorios arrasados del crack. Por eso no hay nada de casualidad en que ambas generaciones compartan un ideario que no solo mira su presente tecnológico y de otras comodidades, sino que más bien desarrolla un olfato político y paracultural que interviene en todas las esferas y se burla de los desdobles de la industria.

Pero es necesario “empezar por el principio” para plasmar esa no casualidad y sobre todo confirmar que estamos presenciando un nuevo cambio en el hip hop a partir de los hechos que se vienen sucediendo por los asesinatos de Ahmaud Arbery, Breonna Taylor y George Floyd.

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Foto Lucas Jackson

Si la música en particular, y por supuesto que la cultura en general, nos ayuda a leer los tiempos, con la música afroamericana ocurre una sincronicidad que directamente construye un índice reversible. Podemos leerlo así “góspel > blues >soul> jazz/free jazz > funk > hip hop” o así “esclavitud > criminalización > segregación racial > movimientos de derechos civiles > partidos revolucionarios > la guerra contra las drogas/pandillas” que irremediablemente vamos a estar hablando de ambas caras de una misma moneda, o mejor aún, de ambos lados de un mismo campo de batalla, con sus luchas, victorias, derrotas y la eternidad de lo inconcluso e inacabable cuando de justicia racial y social se trata.

De cada uno de esos “capítulos” se abren subcapítulos, pero solamente vamos a concentrarnos en el hip hop. Y me gusta tomar la idea de acontecimiento para hablar de lo que sucedió aquella noche del 11 de agosto de 1973 en el edifico de Sedgwick Avenue, en el Bronx, en el sentido más fiel, literal y ampliado de lo que Badiou ve como un acontecimiento: algo que se sale de lo esperado, que nos sacude y empuja de lo previsto al más extremo imprevisto, cambiándonos la dirección y definiendo un “nuevo” después. De hecho, el sujeto mismo se define en la fidelidad que impone a ese acontecimiento. Esto sería qué hace el sujeto, o los sujetos, en este caso, respecto a aquello que aconteció.

Y la historia nos dice que la fidelidad fue total, porque nadie dejó pasar ese acontecimiento que fue el break y lo complementaron con otros elementos y lo construyeron una nueva forma de convivencia. Ahí es donde ese milagro se vuelve, además, cosa política. Usaron ese acontecimiento para la organización, culturización y entretenimiento de sus entornos directos, luego hacia sectores más amplios hasta alcanzar a toda su comunidad y finalmente hacerlo un fenómeno, una cultura consolidada globalmente que nos exige no ser mero observadores, meros oyentes.

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Foto Jamel Shabazz

Entonces, durante los 70 el hip hop se construyó y se vivió de una forma muy localista, digamos “puertas adentro” de ciertos sectores afroamericanos y latinos. En varios de esos sectores respondió directamente a la misma dinámica que imponía el trabajo territorial del Partido Pantera Negra, la Zulu Nation, por ejemplo. Pero en todos, aún en donde acontecía sin enunciamientos partidistas ni políticas explícitas, el hip hop fue un móvil social de organización, supervivencia y contraofensiva a un tiempo de extremo terrorismo racial.

Es en el puente a los 80 que nacen nuevas alianzas e intercambios. Aparece el punk como un aliado, algo bastante complejo de sostener en el tiempo por el propio desarrollo del punk. Y ya avanzando la década Reagan y con las Adidas de Run DMC en alto, sucede otro cambio: el acontecimiento político se vuelve comercial. Previamente, traiciones de por medio, el acontecimiento político se había vuelto un producto cultural. Cuando se rompe la tradición de mantenerlo adentro, en un constante tiempo presente, y se pasa a la planificación y exteriorización de grabarlo y comercializarlo.

La década del 80 es muy clara en su identidad de cambio: primero amplía, en ese mismo ampliarse se hace mercado, pero para el final de sus años termina honrando su matriz original. Aún así, la vieja escuela empieza a quedar atrás. Serán pocos los que cada tanto reconozcan lo que aconteció durante los 70 y la importancia de esos nombres que lentamente empiezan a quedar borroneados por la embestida de la nueva etapa y el costo de aquel localismo. Si es que podemos hablar de costo, en todo caso un costo historiográfico o archivista. Con los años se empezó a hablar de “los pioneros del hip hop”, algo que no termina de reflejar el verdadero rol social y comunitario que esos nombres no tuvieron ningún temor en tomar, incluso sin autodefinirse de esa forma. Es la maravilla de la cosa política lo que radica allí, algo que tanto cuesta asimilar en este siglo XXI y que obviamente se vio reflejado en el hip hop, principalmente el de los primeros años del 2000: nada más ajeno a cualquier movimiento cultural, social y político que los enunciados; la cosa política no es mera titulación de ideología, responder a tal visión o corriente porque uno se diga parte de ella, sino por lo que uno hace estando en un lugar de poder respecto a otros. Pues decir, decimos todos. Y, por cierto, decimos demasiado.

El hip hop de la primera parte de los 80 se golpea con un Reagan que sonreía diciendo que estaban atravesando la crisis económica más fuerte desde la década del 30. Los negros y latinos que habían vivido el sueño revolucionario, padecido la pérdida sistemática de referentes, representantes, hermanos y hermanas, vivían su propia Gran Depresión. Esos años la cultura hip hop funcionó más como distracción que como espacio testimonial, aunque inevitablemente se volviera testimonial. Pero cuando las crisis económicas devienen en sociales, todo está nuevamente por cambiar, y así fueron los últimos suspiros ochentosos: tensos en las calles, tensos en las rimas, desafiantes por doquier.

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Public Enemy evocando la foto emblemática de Huey Newton

El salto a los 90 está totalmente marcado por el Fuck the Police de NWA, por la irreverencia sindicalista y gangsta de ICE T y el hambre de organización de Public Enemy, entre otros. The Chronic nace de la furia por la impunidad frente a la golpiza policial brutal a Rodney King. Es el disco que marca el destino de la década y el futuro del hip hop, porque los desafía a todos a no dormirse en los laureles, en realidad les recuerda que no hay laureles, pero porque además es mucho más que una voz propia de la Costa Oeste, es una voz propia desde la costa donde han nacido las revoluciones, las que siempre respondieron a lo que sucedía dentro de esos límites pero también como reacción de apoyo a las revueltas sureñas y el pseudoreformismo neoyorkino.

Chuck D remarca en su libro Fight The Power el daño que las siguientes generaciones neoyorkinas, las siguientes a la década del 70, le hicieron al hip hop. Público y protagonistas. Y por supuesto que guarda las excepciones pertinentes, esas que hacen a la regla. Pero la historia no lo contradice, por fuera de haber sido la cuna, NY nunca pudo sostener su verdadero valor desde el mainstream, por lo general fueron las corrientes alternativas o, valga la redundancia, las excepciones la que lo mantienen en pie, como el submundo esencial que significaron los Native Tongues, el universo Wu Tang Clan, la intermitencia de Nas, entre otros.

El promedio de la década del 90 es la cosecha no solo del trabajo real de todos esos hombres y mujeres que pusieron cuerpo, voz y creatividad al movimiento, que hicieron poesía e himno no solo sus experiencias raciales e inmediatas, sino que también honraron sus creencias e historias y entendieron la conectividad más allá de las representaciones que implicaban, fluyeron en la correlación de los acontecimientos. Todos sabemos de memoria las razones por las cuáles hablamos de Era Dorada, todas responden a la sensibilidad artística y al posicionamiento político, a una visión de la cosa política que se construye a sí misma como hijos de la revolución inconclusa y se evocan como una revolución en sí misma: “sobrevivimos y estamos poniendo nuestra cultura a dominar el mundo”, se podría leer.

Los asesinatos de Tupac y Biggie, seguidos por la coronación a Diddy y su forma de pensar el hip hop, únicamente como augurio comercial y bocadito dulce para compartir con la universalidad blanca, marca un nuevo escenario. Y NY ahí sí se reivindica y juega su revancha desde los márgenes, vuelve a los orígenes, a las batallas en las plazas, el freestyle vuelve a dominar la pulsión creativa y la necesidad de volver a darle color al movimiento, un color afro y latino, logrando combatir con altura “el blanqueamiento” y renaciendo con las raíces en alto. Este mood se replica a lo largo y ancho del país y será la última gran siembra de la década, la que, como la naturaleza manda, tendrá que esperar para gozar su cosecha.

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El ideario casi contraofensivo de Mos Def y Talib Kweli

Porque lo que sigue es la generación rapera de los primeros 2mil, la que aparece como un espejo muy brutal de los nuevos individualismos, de las nuevas concepciones vinculares a partir de las nuevas formas de comunicar; es tal vez el DNI más exacto para reconocer automáticamente todo lo que pensamos bajo el mote de Generación Y. Aparecen como una corriente ajena a lo que se arrastra de la década del 90, no toman posición ni por el reinado de Diddy, aunque muchas veces terminan respondiendo a ese ideario, ni por el espíritu paracultural, representado por los Black Star, o la irreverencia desenfrenada de Eminem, el que arrancó el siglo con la mejor enseñanza: se puede ser comercial sin perderle el respeto al arte y sin lavar el mensaje. Sin embargo, el tono político de esta época es lo apolítico en general, porque incluso en las narrativas que disparan a Bush, las consignas son cómodas. Ni Bush toleraría a un Bush no siendo él mismo. No hay ningún riesgo en decir “no a la guerra”, las banderas de consensos comunes no mueven ninguna estantería, ni metafórica ni realmente.

Pero la primera década del nuevo siglo termina con otro acontecimiento: el Hombre Negro en la Casa Blanca. El presidente por el que todos nos dejamos seducir, quizás, partiendo de esa condescendencia racista que nos sugiere que todo hombre negro tiene que ser revolucionario, lo mismo que una mujer, a la que, a su vez, se le pide una fortaleza extraordinaria fiel a su comunidad matriarcal. La cuestión es que, salvo algunas medidas muy simbólicas, quizás una de las más importantes fue la reestructuración de las condenas por posesión y consumo de marihuana, medidas dispuestas desde la ofensiva racial que significó la guerra contra las drogas, Obama no pudo llenar esas expectativas y terminó representando un progresismo neoliberal, negro y blanco, más que encarnando la revolución de los pueblos tercermundistas.

Obsesionado por no mostrarse como un presidente negro para negros, muchas veces se mostró distante de sus hermanos y hermanas. Sobre todo en cuanto a la brutalidad policial y todo tipo de crimen racial, números que no bajaron durante sus presidencias. Pero los procesos sociales también necesitan su tiempo para una nueva concepción, así que mientras finalmente se cosechaban las siembres de la década del 90 y la noticia del asesinato de Trayvon Martin conmocionaba a la comunidad negra, el cambió tomó forma de contundencia con el nacimiento de Black Lives Matter.

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Monumento al esclavista Robert E. Lee. Junio 2020. Foto de Alexis Delilah

Los chicos y chicas que tuvieron su infancia o que nacieron en los 90, bajo esa luz dorada y con sus sueños de artistas moldeándose bajo esa posición, actitud y estética de la época dorada, pasaban formalmente al frente. El hip hop volvía a tomar forma de colectivo. El volver a la poesía y al espíritu político comenzó a aportar a la construcción de ese nuevo contrato social sabiendo lo que también sabemos nosotros; el camino de los derechos humanos tiene tres ejes fundamentales y ninguna victoria definitiva, por eso la Memoria, la Verdad y la Justicia son políticas innegociables. Si no están, y encima asume como presidente Donald Trump, no hay paz.

La mediocridad salvaje y espectacularizada del mandatario, inflexiblemente racista, su propuesta de volver a hacer una América opuesta a la que representaba Obama, propuesta que es imposible no tomar como volver a la América de los linchamientos y la segregación, porque de hecho sus apoyos discursivos responden a aquella época, fue el combustible exacto para esta generación de artistas del hip hop que aun accediendo a ciertas comodidades, a muchas que sus antecesores no tuvieron, padecen lo institucional y estructural del racismo y de la pobreza, pero a su vez gozan de la lucidez de su Conciencia Negra despierta y puesta a disposición.

Los asesinatos de Ahmaud Arbery, Breonna Taylor y George Floyd en plena pandemia, con los índices que muestran como el covid funciona imbatible frente a los sectores racializados y más vulnerables, liberaron toda la furia y tensión racial que se viene viviendo desde hace tres años. Y el hip hop, prácticamente abocado en una mayoría a los acontecimientos de estas últimas dos semanas, con una cantidad de nombres, desde los más históricos y célebres a los más jóvenes, en las calles y usando las redes para informar, organizar, prevenir, pensar, interpelar, ya empieza a dar muestras del nuevo cambio por venir.

Cuando creíamos que el liderazgo de Kendrick Lamar era imposible de derrocarse, Freddie Gibbs se montó en un crecimiento sin intermitencias que hoy lo tiene gozando de su mejor momento y acariciando el trono. Para más, en ese viaje “introspectivo/confesional” que es DAMN, Kendrick nos habla principalmente sobre cómo seguir desde su nueva posición social y económica con ese lugar de representación que buscó, construyó y se ganó. La pregunta en el álbum queda abierta, pero quizás en este verlo brillar por su ausencia tenemos la conclusión del proceso. Mientras tanto, los carteles en las calles rezan el verso flamante de Gibbs, “mi ejecución será televisada”.

A todo esto, los históricos no defraudan. Es imposible imaginar lo que hubieran sido con redes Ice Cube, Ice T, los Wu Tang, Nas, por nombrar solo algunos, en sus años de rebeldía total. Killer Mike la rompió con un discurso. Rapsody y Erykah Badu intercalan difusión con propuestas de pensamiento colectivo, la pregunta que llega por todos lados es cómo se capitaliza esa energía. Pero no serán ellos, los de treinta y pico casi cuarenta para arriba, los que encabecen, por supuesto, este cambio que se empieza a palpitar en las demandas que tanto el público como muchísimos raperos y protagonistas del hip hop empezaron a hacer circular estas semanas frente a la ausencia de los nombres que, habiendo hecho una carrera presentándose como voceros de la comunidad y estando ahora a salvo en sus casas millonarias, no fueron capaces de salir a decir una palabra, ni de usar sus redes de contención y, en los casos que corresponda, de poder. También hubo demandas para los que adhirieron a campañas virtuales e intercalaron con su ritmo de vida tan ajeno a lo que sucede en las calles. En todos los casos el gran presente fue un ausente inevitable: Tupac Shakur.

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Titus Kaphar para Time

La historia de estas semanas será narrada, entonces, con la profecía Thug Life manteniéndose más viva que nunca y ya garantizando su próxima eternidad. Todos acudieron a él para pensar, organizar e inspirar. Pero también será narrada con la paradoja de los que no aparecieron, mientras sus temas de justicia racial volvieron a escalar en los rankings. Y lo mejor, será narrada con las voces de los que tomaron su responsabilidad en tiempo y espacio más allá de hacer canciones dedicada a la memoria de las víctimas. Al ya nombrado Freddie Gibbs, le sumamos a Tyler the Creator, Reason, Kehlani, Joey Badass, Noname, Buddy, el colectivo Dreamville y sus afiliaciones cercanas, entre otros tantos, que con el cuerpo en las calles y las reflexiones en las redes, están dirigiendo la reestructuración de este cambio. Tyler fue al hueso, luego de que la tienda Golf sea atacada, sacó un comunicado pidiendo que se preste atención a lo que está sucediendo, el momento de enteder lo que hay que entender es ahora, y es tan urgente que también pidió que no se dejen seducir por la caridad y el whitewashing porque el problema es estructural.

En contrapartida con esa lucidez, también quedarán las fotos de Kanye West manifestándose en las calles de su Chicago, una imagen que no deja de tocarnos ciertos sentidos afectivos a los que le creímos su Jesus Walks, pero imposible ignorar su negacionismo, la minimización a todas las estructuras que sostienen al racismo, y que no se resuelven con donaciones por más millonarias que sean, y su prestación sistemática a ser un sujeto de propaganda del trumpismo.

“Hablar de un Estados Unidos grandioso. ¿Grandioso para quién? Nunca fue grandioso para los negros. Nunca fue grandioso para los latinos. Nunca fue grandioso para las mujeres”, enfatizó en un discurso por demás conmovedor Al Sharpton en la despedida a George Floyd, donde también insistió con lo estructural de “la pandemia del racismo y la discriminación” diciendo que “Fuimos más inteligentes que las escuelas con fondos insuficientes en las que nos pusiste, pero nos pusiste la rodilla en el cuello. Podríamos dirigir corporaciones, pero nos pusiste la rodilla en el cuello. Teníamos habilidades creativas, pero no podíamos quitarnos la rodilla del cuello. Lo que le sucedió a Floyd sucede todos los días en este país”. La tapa de la próxima Time es una madre en brazos con la ausencia de su bebé, es una brutal pintura de Titus Kaphar, quien aportó una cuota de pesimismo al clima esperanzador que se vive en general, o al menos de bisagra, porque el pintor se pregunta cómo o por qué sería posible ahora lograr algo que no lograron Martin Luther King, Malcolm X, los Pantera Negra.

Sin caer en ninguna ingenuidad, pero con la obligación que tienen las comunidades tercermundistas de construir su propia fe de supervivencia, quizás una respuesta posible sea la que nos dio D’Angelo: el Black Messiah es un colectivo, no un héroe único. Y que en la actualidad haya tantos más Death Row Records, todos queriendo ganarse esa comparación y hasta incluso lograr una lectura superadora, y que no haya ningún Bad Boy Records como faro, como inspiración, como modelo a seguir, también es una forma de entender la historia y, sobre todo, de reconfigurar un mañana menos peor del que por inercia nos espera.

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Mayo 2020. Foto de Elijah Nouvelage