Las vidas negras importan

1/ Tranquilo, tu vida también

Todas las vidas valen, sí. Pero la realidad nos muestra que no todas importan lo mismo ni del mismo modo. Es en esa diferencia donde cobra personalidad y entidad lo que distingue el All Lives Matter del Black Lives Matter. Veámoslo del modo más progresista posible, o sea del modo más blanco para que la interpretación no deje lugar a las dudas: All Lives Matter es exactamente lo mismo que decir Salvemos las dos vidas, Nadie Menos, y similares.

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Las vidas blancas no peligran en manos de la gente no blanca, las vidas blancas peligran por un capitalismo salvaje. Las vidas negras peligran en manos blancas y también en manos de otros negros, porque esa es la fuerza que hace imbatible al capitalismo: el racismo institucional, estructural y constitucional. Esto hace que el movimiento Black Lives Matter sea global. Esto lo convierte en una fuente imbatible para abordar las particularidades raciales de cada país, de cada región, ponerlas en diálogo, comprender las pautas propias y externas, y cómo las externas no solo intervienen en las propias, sino que también marcan las condiciones y los posibles escenarios futuros, alianzas, o esos “cambios de orden” que están tan en boca por estos días. Por eso suena tan ridículo, y típicamente argentinocéntrico, el “ah, se quejan de lo que pasa allá pero acá no”.

Es cierto que cuando suceden algunos escenarios afuera vemos los desdobles de los discursos de muchos. Pero eso no hace menos grave ni menos revelador lo que está sucediendo afuera. En todo caso, en vez de caer en la ignorancia política, en lecturas demagogas confusas y enfáticamente moralizantes e inútiles, hay que poner la energía no en ser sommelier, sino en generar el diálogo y la vinculación, la construcción política y el hambre formativo, para que cuando suceda acá, como está sucediendo, nosotros reaccionemos como reaccionan ellos allá. Uno no solo elige en qué espejo mirarse, también elige en cómo acomodarlo según el reflejo/perfil que me devuelve.

Sin embargo, en este caso, pongan cómo pongan el espejo, hay un solo reflejo/perfil: todos somos racistas, incluso las comunidades racializadas. Todos lo somos hasta que no entendamos que no alcanza con no ser racista desde un lugar retórico, que es siempre equívoco, y mucho menos desde un lugar de superioridad intelectual y/o moral. Todos somos racistas hasta que no abordemos el antirracismo, hasta que no nos apropiamos del antirracismo como única lectura política. Es el antirracismo el mapa que contiene todas las causas y es la varita no mágica para ese añorado justicialismo.

También es el antirracismo el que nos permitirá salir de esta rueda absurda y despolitizante de hegemonizar dolores y levantar el dedo ante cualquier cuestión que nos interpela e incomoda, sin reconocer que cuando señalamos hay tres dedos que nos miran a nosotros. El gran valor del antirracismo está, en palabras de la autora Ijeoma Oluo, en no tener que fingir el racismo naturalizado que todos tenemos porque así fuimos formados, “el antirracismo es el compromiso de luchar contra el racismo donde sea que se lo encuentre, incluso uno mismo. Y es el único camino posible para poder combatirlo”. 

2/ El negro es el otro

“No todos los negros son pobres. Pero todos los pobres son negros”, dice recurrentemente el politólogo Federico Pita, director de DIAFAR (Diáspora Africana de la Argentina). Como si esa línea no fuera clara, incluso para entender que el racismo no está sujeto exclusivamente a un tono Pantone y representa un conjunto de entramados sociales, culturales, políticos y principalmente económicos, su idea se redondea con un ejemplo muy concreto y que también nos permite reposicionarnos frente a la figura policial racializada. “Entre los pobres las elecciones laborales son acotadas. La gran mayoría tiene que elegir entre trabajo doméstico, maestranza en general y ser policía. Y una minoría será la que no pueda salir del circuito delictivo. Pero en general el abanico laboral del humilde está muy bien definido”.

Erykah Badu desde hace años levanta la voz por el conflicto interno que implica una policía racializada y la exigencia crítica que demanda frente a los que tenemos un posicionamiento ideológico justicialista; hace unos días, mientras las primeras imágenes de represión aparecían, expresó “esos hombres son hijos de nuestra comunidad. Nunca tenemos tiempo de pensar en ese momento en el que un hombre o una mujer negros deciden ser policías y actuar así. Nunca tenemos tiempo o no queremos tenerlo, porque nos obliga a un pensamiento duro y doloroso”. De nuevo: el racismo es institucional, estructural y constitucional. Por eso no alcanza tan solo hablar de brutalidad policial, en ese sentido Ice Cube alentaba un paso más, “algo de lo que el mundo no está hablando es cómo nadie está exento del abuso policial”. Mientras tanto las imágenes de varias ciudades con los policías apoyando las protestas daban la vuelta al mundo, y no, no es para esperanzarse ni mucho menos. Las excepciones también hacen a la regla.

Lo que sí puede ser esperanzador es que las calles norteamericanas estaban/están desbordadas de personas de todas las razas, organizadas o voluntarias, todas estaban ahí identificando perfectamente al enemigo y todas sus casas de poder.

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3/ “Una injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia de cualquier lugar” (MLK)

Fueron varios los países que se sumaron a las protestas por George Floyd primero y ya, a esta altura, porque sí, porque las vidas negras importan.

En Argentina, tal vez el país más racista del continente por detrás de Estados Unidos, hacemos agua entre las comparaciones de casos sin eje alguno y los cuestionamientos a las formas y comunicación del movimiento racializado. Por supuesto que no asombra, nuestros partidos políticos y militancias son productos también de nuestro racismo institucional y estructural. Si apenas pueden tener una mirada de clase, parece una misión imposible que tengan una mirada de raza, y cuando la hacen, eligen el discurso equivocado.

Podemos decir que lo que sucedió con Luis Espinoza en Tucumán, primero desaparecido y luego encontrado muerto, asesinado por la policía, con los responsables detenidos rápidamente, no es parecido a lo que sucedió con George Floyd en un 95%, pero la demagogia nacional se colgó de ese mínimo margen para hacer sistemáticamente lecturas erradas y fuertemente racistas, incluso con Espinoza. Tal vez sí hay más similitudes con los abusos sistemáticos a la comunidad Qom, entonces tenemos que agradecer al policía que se arrodilló hasta asfixiar a Floyd porque con ese asesinato muchos ahora levantaron su voz por lo acontecido en nuestro norte. Y también hoy se dieron cuenta que el asesinato de Fernando Báez Sosa, al que le gritaron “negro de mierda”, fue un crimen racial. En ese momento se pedía que los femicidios sean tratados de igual manera que el crimen de Gesell, o sea pedían la trágica espectacularización y competían por la atención del aparato mediático: espuma y tragedia. El punto en común en todo esto es que ni antes ni ahora se llega al núcleo, porque la ambición es narcisista, es querer confirmar que se está de un lado correcto y no del lado de “los malos”, como si el racismo fuera una cuestión de buenos y malos. 

Para más, no tenemos medios ni comunicadores especializados o preparados para abordar estos escenarios. La maratón de comunicadores diciendo que Estados Unidos vivía una “chilenización” expuso un nuevo nivel de ignorancia al que ya nos tienen acostumbrados: no hay ninguna influencia latinoamericana en estas rebeliones, en todo caso habrá una danza sincronizada de movimientos y procesos como los hubo siempre, pero ignorar que en las tierras del norte la tradición de lucha -afrodescendiente y nativa originalmente y a posterior también blanca- nos antecede, ningunear la visión internacionalista de muchas de esas luchas y despreciar sus procesos revolucionarios, los que incluyen la mismísima resistencia de la comunidad africana cruzando sin elección el océano hacia este continente para llegar y ser esclavizados, es quizás una de las razones por las cuales, en vez de estar hablando de lo que hay que hablar y entendiendo lo que hay que entender, estamos explicando por qué las vidas negras importan y en esa expresión estamos incluidos todos.

Es importante leer y escuchar a las voces racializadas, es importante que las voces racializadas tengan su lugar. En nuestro país no lo tienen en partidos políticos, en cargos, en movimientos, en medios. Se sigue haciendo como que no existen, como que no están. Pero existen y están, y con esfuerzo y organización crean las formas de dar a conocer su voz. Para esto también son importantes las igualdades de oportunidades, pero sobre todo de trato. El paternalismo y la condescendencia son racismos de los más habituales y son tan graves como el trauma que se impone sobre ellos, el que afecta la autodeterminación, la autoestima, su propio reconocimiento.

Argentina tiene un problema grave de reconocimiento con su ser latinoamericana, así que no es para nada punzante que un argentino, aunque abrace banderas que festejan la Patria Grande, cuestione que una bandera diga Black Lives Matter.

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4/ ¿Algo más de derecha que responder a una protesta con otra protesta?

Las vidas negras, entonces, importan, valen y son las que ahora necesitan el sinceramiento o un silencio que no estorbe. Quizás en otro mundo no, pero en este que nos toca no debemos permitirnos el traslado a la generalización del “todas importan”. Tachar ese Black/Negro, cuestionarlo o permitirnos dudar de su legitimidad en nombre de un análisis falsamente sesudo es quitarle al racismo su condición de pulmón capitalista y es caer en la manipulación supremacista que fantasea un escenario bélico racial.

Nada es más racista que sugerir que hay una sola raza, o que hablar de racismo es racista. Estos lugares comunes son los que permiten que el progresismo mantenga su militancia moral e imaginaria entre algodones, pero sobre todo sus privilegios firmes. Y hablamos de privilegios, no de derechos conquistados. Algo que el mismo progresismo suele confundir sistemáticamente mientras se autocelebra “negro” por comerse un choripán en una plaza, romantiza el conurbano y opina de las cárceles por lo que vio en El Marginal. Quizás acá vale aclarar que en estos casos usamos el “progresismo” casi de forma sintética, reconociéndolos como parte de otros sectores populistas, de izquierdas, mismo del peronismo y sobre todo del kirchnerismo.

Assata Shakur quizás lo explica mejor aunque se aleje a nuestro arco nacional en cuanto nóminas: “Progresismo es la palabra más carente de sentido de todo el diccionario. La historia me ha mostrado que mientras la gente blanca de clase media pueda vivir a todo tren, ir de vacaciones a Europa, mandar a sus hijos a colegios privados y disfrutar de los beneficios de su piel blanca, entonces son progres. Pero cuando llegan los malos tiempos y falta el dinero, se quitan la máscara y se podría pensar que estás hablando con Adolf Hitler. Ellos sienten compasión por los menos favorecidos a condición de sostener sus propios privilegios”.

5/ Es el eurocentrismo, estúpido

Y por supuesto que si decimos que negro no significa solamente un color, cuando decimos blanco tampoco es una cuestión de color. Eso es la colonización, eso es el eurocentrismo. Hay hombres y mujeres racializados que piensan y viven como blancos. Y hay personas blancas con conciencia Negra. Las conciencias políticas no nacen, son una construcción de las memorias vivas y latentes, del habitar las contradicciones y las incomodidades que interpelan el lugar donde nacimos y nuestro habitarlo, un lugar que no puede condenarnos ni tampoco liberarnos de toda historia. Lo político nunca es un acontecimiento aislado, y en ese sentido también entra nuestra concepción de sujeto.

Nadie lo explica mejor que Frantz Fanon cuando habla de comunidades tercermundistas en vez de países. Esas comunidades son los pueblos que fueron víctimas de imperialismos, colonización y de todas las opresiones disponibles a través de los aparatos estatales y privados, incluso en esta instancia de la historia, también de las opresiones sociales. La comunidad latina y afrodescendiente en Estados Unidos es una comunidad tercermundista.

Nosotros venimos de un tercermundismo y somos un tercermundismo también. Lamento recordarles que sus abuelos, padres, antepasados europeos que llegaron a principio del siglo XX lo hicieron, como bien marcaba Lorena García por twitter, “en las bodegas de los barcos o de polizón”. Esos hombres y mujeres, algunos muy niños, no vinieron a encontrarse consigo mismo ni lanzándose a una aventura. Escaparon del hambre, guerras, persecuciones políticas. El inmigrante no es un aventurero espiritual: es un sujeto político. Pero, además, Argentina no es hija de esos barcos que trajeron a esos familiares, porque cuando esos barcos llegaron nuestra tierra ya tenía su historia trazada por conquistas, invasiones, liberaciones y sobre todo por los genocidios. Argentina es hija de los miles y miles de hombres y mujeres nativos y de los afrodescendientes que también llegaron en barcos, en otros barcos, sin elección alguna, para ser esclavizados.

Esa es nuestra historia en perfecto diálogo con la historia que exilió a esos antepasados europeos, arquitectos del país del siglo XX.

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6/ Interseccionalidad o neoliberalismo

“No hay negros contra blancos, hay oprimidos cansados de opresores, hay humildades enfrentando a chupasangres”, decía Malcolm X y esa misma bandera levantó el partido Black Panther, “no somos antiblancos, somos anticapitalistas, antiimperialistas y anticolonialistas. Si el capitalismo lo representara un hombre negro, también nos opondríamos a él. Pero lo cierto es que el capitalismo suele ser, o lo es mayoritariamente, el hombre blanco”. Es que la historia de las conquistas, de las colonizaciones y los imperialismos, así como la historia de ese capitalismo al que referían los Pantera hasta este salvaje neoliberalismo es una historia atravesada por la historia del racismo.

Esa enunciación de “hombre blanco” no es ni más ni menos que la representación del sistema heteropatriarcal del que tanto se habla con una superficie y ligereza que abruma, porque en realidad cuando hablan de patriarcado están hablando de sexismo, y se usó tan mal que cuando hay que reconocer alguna representación patriarcal, no se la reconoce. Y ahí hay una tragedia en un momento como este que todo se limita a la cuestión de género, aun cuando ese “género” se constituye del ideario de “mujer blanca”. El punto es que si se pudieran identificar realmente las representaciones heteropatriarcarles sería imposible ignorar las lecturas de clase, las cuales se profundizarían con la dirección correcta, pero sobre todo y principalmente sería imposible ignorar la cuestión racial. Porque es la cuestión racial, de hecho, el núcleo del capitalismo, y es el capitalismo el enemigo a enfrentar. 

Dice Stokely Carmichael: “si un hombre blanco quiere lincharme, ese es su problema. Si puede lincharme, ese es mi problema. El racismo no es una cuestión de actitud, es una cuestión de poder”. Podemos forzar un diálogo, apelando a esa necesidad imperiosa del antirracismo y de la construcción de una conciencia Negra, conciencia que implica la interseccionalidad como movimiento, con lo que dice Bryan Stevenson: “La gente dice ‘cómo toleraban la esclavitud, cómo iban a participar de los linchamientos, cómo racionalizaron la segregación así. Si hubiera vivido en ese tiempo no hubiera tolerado esa locura’. Pero la verdad es que vivimos este tiempo, y lo estamos tolerando”. Para agregar una tercera voz a este diálogo de citas forzados, rescato un cartel de los que apareció estos días por las calles de Atlanta: “Estoy harta de estar harta”. Entonces, en esa intercepción de desesperación, ocurre el estallido.

Un estallido que comenzará tibio, luego tendrá su clímax y finalmente comenzará a apagarse. Y no solo por las definiciones políticas que los gobiernos aplicarán para que eso suceda, también por el ritmo propio de los movimientos.

No hay victorias ni derrotas definitivas, el mundo siempre está terminando y volviendo a nacer, siempre hay nuevos órdenes, se dan de manera más sutiles, pero siempre eso está sucediendo, y en ese balanceo es que el mundo empeora: no es una opinión, no es un pesimismo ni un ánimo. El mundo mejora técnicamente, empeora económicamente, lo que implica la precarización absoluta de las condiciones humanas. Por eso tenemos una obligación política, cultural y social de no minimizar las rebeliones, no importan donde sean que ocurren. Importa el qué, no podemos ignorar que en el siglo XXI, y a fuerza de una izquierda inquisidora, ciertos ejes de liberación y rebeldía empiezan a resignificarse y ser apropiados por las derechas más atroces, y como el mundo empeora, ellas también, así que más atroces y más embrutecidas. Realmente es una obligación política, cultural y social, sobre todo de aquél que se considere militante o comprometido con su realidad, la de reivindicar las rebeliones populares, que siempre son el resultado de años de injusticia pero también de organización social. No podemos permitirnos ser ilusos y no ver la siembra que esas rebeliones implican y la reparación.

Los pocos momentos de desorden social son los que devuelven un sentido de dignidad a un presente extremadamente injusto y mantienen viva una tradición de lucha a futuro. Y esta es la única clave de supervivencia a la que pueden aspirar los tercermundismos. Desde ahí, con el puño en alto y la voz más fuerte: las vidas negras importan.

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