David Goldblatt y el sentido político de fotografiar aislamientos

Desde una posición más filosófica que activista, “soy demasiado cobarde, por eso estoy atrás de una cámara y no en el campo de batalla”, David Goldblatt registró el apartheid sudafricano como nadie.

De familia judía, nacido en 1930 en la ciudad minera de Randfontein, a 40 km. de Johannesburgo, la clase obrera, la raza y la religión siempre estuvieron presentes en su formación y en la problemática diaria que su realidad presentaba.

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Fotógrafo fotografiado. Foto de Álvaro García

Su hermano fue el que le trajo su primera cámara de regalo. La trajo de Europa, al regreso de su participación en la guerra. Cuando el Partido Nacional llegó al poder sudafricano, partido compuesto por una mayoría que también había estado en la guerra luchando contra el nazismo, Goldblatt ya sabía exactamente el proceso que se estaba iniciando. Mientras aprendía fotografía de manera autodidacta y a través de un libro de Ansel Adams, la región se veía empapada por un nuevo terrorismo racial, abanderándose incluso en los sectores populares negros y judíos.

Lo que distingue su registro es más que una diferencia y es ese punto sensible el que también lo ubica como uno de los padres de la fotografía sudafricana. Su forma de narrar los acontecimientos provocarían, además de un testimonio histórico, una manera política de mirar al otro, a lo que implica un adentro y un afuera, al reconocimiento pleno de lo territorial, lo privado y lo público, cuando no lo íntimo, perdiendo su razón de ser frente a un poder y una construcción de poder que están ajenos totalmente a la cotidianidad, a la vinculación de las partes, a las nociones más básicas de lo humano y toda esa arquitectura sentimental, a veces sostén y otras amenazante, de una construcción cultural y social.

Cuando Goldblatt captura la energía callejera o la familiar, los márgenes y los centros, en ese ir y venir de un lado a otro de la raza, con todas las posibilidades que se le abrían al no ser él un hombre de color, es difícil tomar conciencia de la historia que descansa atrás de esos gestos y escenarios. Pero la historia está ahí, y está atravesada por los imperialismos y las colonizaciones.

Desde las fotografías del gran maestro a primera vista la comunidad aislada es la comunidad negra, a primera vista y, por supuesto, política y económicamente es la comunidad negra la que está en su propia tierra siendo negada a, justamente, su propia tierra. Pero el entre líneas, en un país donde el blanco es minoría y en un mundo que tiene por historia el comienzo de la humanidad en esos suelos y con la raza negra como protagonista, termina abriéndose la pregunta inconcebible, la pregunta más rebelde frente a ese sistema que, aunque tome mil nombres, responde siempre a un mismo ideario de hombre blanco, un ideario que es la voz más contundente del eurocentrismo y de su hambre demoledor. Entonces, ahí, cuando se logra ver la completitud a la que se entrega su catálogo, se oye el eco: ¿quién está verdaderamente aislado? Y no es un aislamiento cualquiera, es un aislamiento de concentración. Lo que nos permite hablar de acumulación, o sea, de un exceso que sabe de innecesarios y sobrantes, que a su vez construyen una realidad paralela. En reflejo, nos permite pensar y hablar desde ahí sobre lo que se arrebató, lo que falta en otro lado.

Hay algo que es tan básico que es fácil de perder de vista, más en una modernidad que no inocentemente gusta de confundir conceptos y abrazar enunciados. Deseo no es necesidad, pero frente a un mismo objeto o escenario, algunos somos deseantes y otros somos necesitados. Estas articulaciones son claves para canalizar nuestros levantamientos de voz, nuestra exteriorización como sujetos políticos y como sujetos sociales, pero también y sobre todo a la hora de cargar de emociones eso que vamos a decir, a comunicar. Obviamente que esto no implica una anulación de lo que nosotros percibimos, en todo caso esto invita a cuestionarnos y medirnos con cierto realismo más allá del impulso primero. Hegel nos diría que el pensamiento solo puede producir pensamiento, no hay creatividad ahí, por ende, no hay vitalidad, solo hay pensamiento. Y ese pensamiento es tan válido y verdadero siempre y cuando se lo entienda como tal, o sea, no se lo saque de ahí, porque una vez exteriorizado lo empujaremos al más brutal baño de realismo y “nuestra verdad” será descompensada. O bien, dicho burdamente, será otro fantasma más que liberamos a un afuera, a un otro, a otros. Y de la suma de muchos de esos fantasmas es que luego se fortalecen los ánimos colectivos y sus contraofensivas, con una desigualdad que también se tiene que tener en cuenta por el margen de recuperación, red de contención y posibilidades que hay frente a ella. O bien, por la ausencia de esos márgenes, redes y posibilidades de recuperación.

“Al fotografiar estaba observando mi propia vida y mi pasado, lo hacía de manera microscópica y era doloroso”. Cuando Goldbatt contó esto, explicó también que podía ver el mismo proceso en el fotografiado, independientemente del color o religión que fuera ese otro, aunque en los matices de las reacciones sí la raza y la religión cobraban presencia de una manera mucho más brutal que la posición económica, la que muchas veces compartían negros y blancos, sobre todos los rurales.

Sus primeros intentos de fotografía callejera se encontraron con reacciones por demás violentas. El clima se agitaba y eso lo obligó a modificar las formas de registro. Así llega justamente a registrar cómo vivían las familias rurales, mayoritariamente blancas, ya que las negras estaban más concentradas alrededor del trabajo minero. Entre esas familias blancas descubrió una sobreactuada amabilidad que no se sostenía frente al racismo y antisemitismo que exaltaban abiertamente, sin embargo, lo más llamativo, son las tensiones internas, el aire repleto de violencia y presión, que no logra escaparse de la captura y hasta cobran el protagonismo.

De ahí saltó a Soweto, el pueblo levantado por el Estado para que habiten los trabajadores mineros, que terminó convirtiéndose en una trinchera de la comunidad negra. La vinculación fue completamente diferente y experimentó las más profundas revelaciones humanitarias, porque si bien siempre recibió un trato respetuoso y cordial, hasta a veces afectivo, nunca logró del todo despertar confianza. Él le insistía a los retratados que lo mirasen a él y no a la cámara. El desafío del contacto visual y del diálogo, mientras que alrededor las revueltas y los abusos sucedían, componen la personalidad de ese registro.

El siguiente paso fue meterse en Bocksburg, una ciudad de pocos habitantes, exclusivamente para familias blancas, donde se cruzaba con los negros que trabajaban en esas casas, ya sea como jardineros, cuidando a los niños, caseros, choferes y similares tareas. La experiencia en Bocksburg define bastante bien lo que terminan siendo las clases medias o acomodadas blancas: “fui porque quería reflejar la vida que llevaban y me encontré con tal intención de normalidad, en el sentido más internacional de la palabra, tan atada a una obsesión moral insoportable, que finalmente registré una realidad demencialmente anormal, más allá de lo que cualquiera pueda imaginarse como anormal”.

Una de sus fotografías más celebradas es la de un joven de 15 años que fue brutalmente golpeado por la policía. Eran los 80 y todo era agite y revuelta. El proceso implementado por el partido Nacional comenzaba a estallar por todos lados. Este joven había participado de una manifestación y había estado tirando piedras contra las fuerzas armadas. La policía cayó de madrugada en su casa, lo sacaron a la fuerza y ahí mismo lo golpearon de tal forma que enterraron sus manos en los antebrazos. Estuvo una semana en una celda sin medicación ni atención de ningún tipo, y fueron otros detenidos los que lo ayudaron a reacomodar sus brazos. Goldbatt accedió a ayudar a sus padres para registrar la violencia a la que su hijo estaba siendo sometido, así que registró justo el momento posterior a esa reparación. Esa foto también era de sus preferidas, según él, nunca nadie lo había mirado así y nunca había visto una expresión tan compasiva como la de ese chico.

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A partir de la liberación de Mandela su fotografía siguió siempre el mismo camino y la misma representatividad, concentrado en las bases. Si bien le gustaba decir que él era un fotógrafo político y se le inflaba el pecho cuando lo llamaban así, “desconozco otra manera de hacer fotografía que no sea política”, nunca puso el ojo a disposición de ninguna propaganda ni de ningún tipo de activismo, tampoco le interesó especialmente cubrir los grandes acontecimientos, siempre estuvo en el día a día más ciudadano, capturando las marcas por debajo de todo aquello que acontecía por arriba.

“Fotografié para mis compatriotas, para todos, es la fotografía de un sudafricano para para otros sudafricanos, negros y blancos, con la esperanza de que a partir de estas fotografías se dieran cuenta de su propia locura”. ¿Acaso no es la fotografía una segunda oportunidad de ver, de observar, de leer? Y acaso entonces cobre aún más valor la misión de Goldbatt a través de lo que dice Ijeoma Oluo: “la belleza del antirracismo es que no tenés que fingir que estás libre de racismo para ser antirracista. El antirracismo es el compromiso de luchar contra el racismo donde sea que se lo encuentre, incluso uno mismo. Y es el único camino posible para poder combatirlo”.