El mejor de todos los bailes

“Mi personalidad innata me pide ganar a toda costa. Si tengo que ganar solo, lo haré. Cada vez que piso la cancha, mi mentalidad es ganar el partido. Me vuelvo loco cuando no puedo”. La frase corresponde a Michael Jordan y representa lo que es: el paradigma de dos obsesiones, ganar y ser el mejor de todos.

La estrella de la NBA se psicoanaliza en The Last Dance, el esperado documental de Netflix que recorre la última temporada de aquella dinastía de seis títulos que Chicago Bulls edificó en torno al talento del mejor jugador de todos los tiempos: él. Fue por la pandemia que azotó al mundo que se adelantó su estreno, hasta el propio LeBron James, uno de sus herederos, había pedido públicamente a ESPN -dueño de los derechos en Estados Unidos- que lo liberara antes.

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Michael Jordan trabajando fuerza con Tim Grover en Chicago. Foto de Andrew D. Bernstein

The Last Dance, sensación en las redes sociales durante un mundo deportivo en pausa, reconstruye la vida del mejor basquetbolista de la historia en lo que puertas adentro se llamó, justamente, “el último baile” a sabiendas de lo que vendría luego. En ese último baile, el jugador tuvo que enfrentar a enemigos ajenos pero también propios, como los dirigentes que vaticinaban un final prematuro para su etapa más gloriosa. Jordan, quien ya había celebrado cinco anillos, lo tomó como un reto personal: ser campeón ya no era tan solo un logro deportivo.

Este no era el primero ni el único reto que afrontó a lo largo de su vida. Fueron incontables las máximas que debió refutar mientras forjaba su irrepetible espíritu competitivo. Michael Jordan es, al fin y al cabo, la personificación de la competitivad.

La germinación de esa genética, la clave de su éxito, fue en aquella cancha improvisada en el fondo de su casa en la que competía contra sus hermanos, Ronnie y Larry, por el amor y la atención de su padre. “En ese momento hubiera dicho que Larry era el mejor en básquet. Si querés lo mejor de Michael, decile que no puede. O que otro lo hace mejor”, advirtió papá James, asesinado en un confuso episodio el 23 de julio de 1993.

Aquel violento postulado de James y su batalla deportiva con Larry no fueron los únicos adversarios que lo motivaron. El racismo jugó un papel esencial como combustible para su crecimiento: “Como personas de raza negra en Wilmington, tratábamos de abrir nuestro propio camino. En esa época, había racismo en Carolina del Norte, y en todo Estados Unidos. Pero en esa zona había mucho racismo. Entonces, de niño, yo sabía dónde no quería estar y quería salir gracias a mi excelencia. Mi motivación era ser alguien fuera de Wilmington. En mi caso, el deporte fue la vía”.

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Una tarde universitaria fotografiado por Glenn O’Brien

Durante su segundo año en la secundaria Laney, los entrenadores del equipo masculino de básquet lo rechazaron porque medía apenas 1.80. “No le vi nada especial, nada que me llamara la atención”, recuerda Ron Coley, asistente del entrenador principal. El joven Michael volvió decepcionado a los brazos de su mamá, lloró hasta el cansancio y cuando secó sus lágrimas se puso a trabajar. Lo hizo incansablemente durante el verano y regresó convertido en un volcán en erupción. Finalmente, se transformó en la estrella del equipo.

Aterrizó en la universidad de North Carolina como uno de los mejores prospectos del secundario y se encontró con el legendario entrenador Dean Smith y su asistente Roy Williams, quien reconstruye un diálogo que dejó una marca indeleble en el jugador: “Un día me dijo que quería ser el mejor de nuestra historia, le respondí que debía trabajar más duro que en la secundaria. Me contestó que había trabajado como todos los demás. ‘Perdón. ¿No querías ser el mejor de nuestra historia?’, le dije, y me respondió ‘ya vas a ver, nadie nunca va a trabajar tan duro como yo’.”

Y eso hizo. Trabajó más duro que nadie y en su primer año encestó el tiro ganador en los últimos segundos de la final para que su equipo se consagrará a nivel universitario: Eso hizo que mi nombre pasara de Mike a Michael Jordan. Me dio la confianza que necesitaba para empezar a destacarme en el básquetbol”.

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Una de las imágenes triunfales que cosechó en la universidad de North Carolina

Elegido por Chicago Bulls con la tercera selección del Draft de 1984, la sensación del básquet universitario no fue recibido con los brazos abiertos por sus colegas. En el vaticinio de Walt Frazier, mito de New York Knicks, se sintetizan las dudas que despertaba: “Debe entender que no mide 2.13m, no podrá solo en la NBA”.

La respuesta de Jordan, de 1.98m, fue inmediata. En su primer año clasificó a playoffs a un equipo caído en desgracia que había ganado 27 partidos en la campaña anterior, conquistó el premio al novato más destacado de la liga, disputó su primer Juego de las Estrellas y dio el puntapié inicial para la carrera más brillante de la historia de la NBA.

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El momento exacto en el que Chicago Bulls sacudía la historia de la NBA

Tras perderse 64 partidos en su segunda temporada por una fractura en el pie, criticó y enfrentó a su propia gerencia, que pretendía cuidar la salud de su estrella y quedar afuera de la postemporada para conseguir un puesto alto en el próximo Draft con el fin de elegir a uno de los mejores jugadores de la próxima camada universitaria. “Esa es una actitud de perdedor, no solo del equipo, también de la conducción. Tenemos que salir a ganar siempre”, se quejó a lo Jordan.

Con un 10% de chances de volver a sufrir una lesión que hubiera significado el abrupto final de su carrera, regresó para encauzar a un equipo condenado al naufragio, consiguió la clasificación a la postemporada, aún pese a un límite impuesto de juego de 14 minutos por partido, e inmortalizó el récord de puntos en playoffs con 63 unidades frente a unos Boston Celtics que forman parte del panteón de la liga.

Chicago fue tricampeón entre 1991 y 1993. Michael Jordan fue el jugador más valioso de las tres finales, MVP de las temporadas 1988, 1991 y 1992, jugador defensivo del año en 1988, máximo anotador de la liga entre 1987 y 1993 y tres veces líder en robos.

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Foto de Andrew D. Bernstein

En octubre de 1993, después del asesinato de su padre, anunció su primer retiro y se fue a cumplir el sueño heredado: jugar al béisbol. En marzo de 1995 anunció su regreso mediante un escueto pero inolvidable comunicado: ‘I’m Back’. Su producción estuvo lejos de la brillantez del pasado y su equipo quedó afuera en la segunda ronda del Este frente a Orlando Magic. Nick Anderson, integrante de su verdugo, apuntó contra él después de un primer juego que el propio Anderson coronó con un robo a Su Majestad: “No se parece al viejo Michael Jordan”.

Otra vez desafiado, Jordan potenció su trabajo cumpliéndose que nadie trabajaría tanto como él, porque al talento propio de un Dios le sumó una ética que le permitió convertirse en el incuestionable GOAT que es. Así, el mejor de todos los tiempos volvió a conquistar otros tres títulos consecutivos entre 1996 y 1998, antes de su segundo y anteúltimo retiro.

Más allá de sus logros y de su ferocidad competitiva, lo singular en él es su consciente omnipotencia. Estaba obsesionado con ganar y sabía que iba a ganar. Siempre ganaba y hacía todo lo que hiciera falta para ganar. Los ejemplos más concretos de su mentalidad quedaron plasmados durante la última temporada en Chicago, en ese último baile que fue un desafío al paso del tiempo y principalmente a un general manager como Jerry Krause, que pretendía desarmar a un reinante campeón.

Fue en una reunión de equipo acalorada como el sol, después de un triunfo frente a Los Angeles Lakers, que había dejado a Chicago Bulls con un récord positivo de 15-9 pese a su endeble funcionamiento, cuando el número 23 tuvo que levantar la voz para que no se desviara su objetivo. El entrenador Phil Jackson había hecho una broma que desembocó en un cruce entre Jordan y uno de sus compañeros. Cansado, selló la discusión con contundencia: “Se acabó, no vamos a perder más”.

Chicago perdió apenas once de los siguientes cincuenta y ocho encuentros y finalizó la temporada regular con el mejor récord de la liga, igualado con Utah Jazz.

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Foto de Walter Iooss Jr

En la final del Este, después de barrer a New Jersey Nets y derrotar a Charlotte por 4-1, debieron enfrentarse en un séptimo duelo a Indiana Pacers. En la charla previa al decisivo encuentro, Jackson trataba de enfocar a sus jugadores evitándoles la presión, queriendo disipar el miedo frente a una posible derrota. En definitiva, la derrota era una opción y abrazar esa idea era la mejor solución para enfrentar el exigente escenario. Pero entre sus filas estaba el hombre omnipotente que no concebía ninguna otra alternativa a la victoria. “No”, interrumpió Michael Jordan, “a la mierda con eso, Phil. No vamos a perder hoy”.

Y no perdieron: Chicago se impuso por 88-83 con 28 puntos, 8 asistencias y 9 rebotes de su jugador número 23, el mejor del baile, de todos los bailes.