No me pegues en la boca que esta noche toco

En los gimnasios hay un tipo de alumno que generalmente no pasa de la primera clase: el que llega, desensilla y antes siquiera de saber vendarse las manos, ya está pidiendo sangre. Pararse en guardia lo aburre. Caminar dos pasos para delante y dos pasos para atrás sin quedar con las piernas en línea le parece una estupidez. ¿Rotar el pie sobre la punta y flexionar la rodilla mientras el brazo se aleja con el puño hacia abajo para que el directo de derecha salga rápido y con fuerza? Lo hace a desgano, con cara de trámite: mucha vuelta para nada. Todo lo que no sea tirar golpes que impacten en algo -los focos, la bolsa, otro ser humano- es perder el tiempo. Escuchó que el boxeo sirve como catarsis y creyó que un gimnasio era una versión transpirada de esos lugares en los que pagás para descargarte rompiendo cosas con un palo. No quiere aprender: quiere demostrar lo que todavía no sabe. Exige la fuerza y reniega del ballet. Y así se va, medio a las puteadas, y no vuelve más. Ahí, ante esos especímenes, aflora en la mente del instructor una frase de George Foreman: “El boxeo es como el jazz: cuanto mejor es, menos gente lo sabe apreciar”.

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George Foreman (Archivo Bettmann)

Para comprobar que Big George tiene razón (si es que somos lo suficientemente atrevidos como para dudarlo) basta con trasnochar los sábados. Mientras TyC, ESPN, Fox y Space transmiten veladas, las redes sociales son -si uno sigue a la gente correcta- un hervidero de analistas de peleas. Dentro del nicho, mal que mal nos conocemos: hay obsesivos, tirabombas, vieja escuela, exquisitos. Somos siempre más o menos los mismos, hasta que pelea el Canelo, o Pacquiao, o dos pesados como Wilder y Fury, y entonces desembarca la legión de fans ocasionales (cosa que no tiene nada de malo, desde ya: esto es un intento de categorización por el tiempo que cada uno le dedica a conocer el deporte, no un pedido de voto calificado elitista). A medida que crece la cantidad de entusiastas sin tantas horas de boxeo consumido, crece también el elogio del intercambio de golpes como único valor a apreciar en combate. En criollo: a todos nos gusta cuando se fajan, pero no a todos nos divierte un esquive perfecto, un cintureo preciso  o un juego de piernas delicioso. Es fácil revolear un castañazo y es fácil disfrutarlo, pero no es nada fácil -por ejemplo- desplegar el arsenal defensivo que desplegaba Floyd Mayweather, el cual le valía que muchos dijeran que no iba al frente, que era un cagón, que se la pasaba “corriendo”. El mejor boxeo, como el mejor jazz, es el que tiene más recursos y los usa a conciencia en pos de un objetivo.

Dice Loïc Wacquant en Contra las cuerdas que el gimnasio es “una escuela de moralidad en el sentido durkheimiano del término, es decir, una maquinaria designada para fabricar el espíritu de disciplina, apego de grupo, respeto por los otros y por uno mismo y la autonomía de la voluntad indispensable para concebir la vocación pugilística”. En el gimnasio uno incorpora herramientas técnicas, pero también aprende a pensar el boxeo, a convertirlo en la disciplina de autoconocimiento que en realidad es (“¿cuánto podés saber de vos mismo si nunca estuviste en una pelea?”, se preguntaba Chuck Palahniuk a través de Tyler Durden en El club de la pelea). De la misma forma, el músico se lleva del conservatorio (de uno bueno, al menos) mucho más que teoría y solfeo y destreza mecánica para tocar un instrumento: también desarrolla su capacidad para poner esas herramientas en función de una forma de sentir la música. A partir de asimilar esos recursos, y después del correspondiente viaje introspectivo, decidirá cómo disponerlos: ese será su estilo.

“El boxeo tiene estilo como la música tiene estilo”, decía Miles Davis. “Necesitás tener estilo en lo que sea que hagas: escritura, música, pintura, moda, boxeo… lo que sea. Algunos estilos son suaves, creativos, imaginativos e innovadores; otros no”. Davis, que le dedicó un disco a Jack Johnson e hizo sparring con Mano de Piedra Durán, solía pedirle a sus compañeros de guanteo: “no me pegues en la boca que esta noche toco”.

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Miles Davis / 1970 (Foto Glen Craig)

Otra frase de Foreman: “Para ser exitoso en el ring tenés que controlar tus emociones”. Mientras el discurso del lego pondera los “huevos”, el tipo que protagonizó la que muy probablemente sea la pelea más importante del siglo XX dice que la clave para pelear bien es mantenerse frío. La capacidad de improvisación, una de las habilidades más valoradas en el jazz, también se aprecia en el box: se subirá al ring o al escenario con estructura, técnica y estrategia, pero se destacarán quienes sepan reaccionar de la manera más efectiva y estética a lo que el otro propone. El púgil que no sepa leer a su rival no podrá desplegar su estilo para contrarrestarlo, así que boxeará mal y seguramente perderá. El jazzista que no escuche lo que tocan sus compañeros no aportará al producto colectivo y será el eslabón más débil del ensamble. “Donde uno no quiere, dos no pelean”, dice la máxima boxística. Donde uno no quiere, dos tampoco hacen música.

Y entonces sí, con la técnica híper dominada, el estilo naturalizado y la capacidad de reacción ejercitada llegará, acaso, la destrucción de la ortodoxia. Con Lomachenko, por ejemplo, haciendo cosas que no son las que hay que hacer y deslumbrando, de la misma forma en la que John Coltrane y Ornette Coleman renegaron de los tiempos regulares, las armonías y los tonos del bebop para parir el free jazz. Incluso en el caos hay conocimiento y método (“random is not whatever”, repetía Charly García en una época), porque para romper el manual hay que saber cómo, además de haberlo estudiado primero. Si el alumno del primer párrafo logra superar su fastidio y llega a la cuarta clase, casi seguro querrá pararse como zurdo y/o boxear con la guardia baja como Maravilla Martínez. Porque sí, porque lo vio en YouTube y cree que él también puede. El resultado será algo parecido a aporrear un piano, con algún que otro moretón extra.

En Artes marciales y filosofía: el golpe y la nada (2010), los autores Damon Young y Scott Farrell abordan el tema del miedo en el boxeo. “Según Aristóteles, el coraje es un medio entre la falta de miedo y el miedo excesivo. La capacidad para tolerar el miedo es esencial para llevar una vida moral, pero es difícil aprender cómo mantener tu brújula moral bajo presión cuando estás protegido de todos los miedos. El boxeo te da práctica en estar asustado”. De la misma forma, el saxofonista, docente y autor de libros de pedagogía jazzera Bill Plake dice: “Preguntale a la mayoría de los músicos clásicos sobre el proceso de improvisar, y nueve de cada diez te van a decir que el concepto los asusta. Sin duda estos tipos se sentirían incómodos con intentar hacer música sin guión. Demasiado arriesgado. Cuando improvisás, la música ya está dentro tuyo: sólo tenés que escucharla y dejar que salga por sus manos. Por eso arriesgarse es lo menos riesgoso que hay”. En ese sentido, Cortázar pensaba que el jazz y el box son ámbitos en los que los bajos fondos expresan su sensibilidad, artes que le dan voz al pueblo: en su lucha por doblegar el riesgo (entendido como una especie de super yo social, de corrección debida), el oprimido busca reescribir las reglas en pos de la liberación. Es vivir acorralado o ponerle la cara al peligro: de lo segundo salen el mejor box y el mejor jazz.