Panamá Al Brown: peleando por vivir

Por paradójico que pueda parecer, creo que es mejor una decisión rápida que un largo sufrimiento de treinta minutos, que por otra parte se prolonga durante los siguientes días. Pladner es una buena persona, y me hubiera hecho sufrir tanto como a él… hacerle sufrir. Con Huat no me sucede lo mismo. Es malintencionado y me llama “negro asqueroso”. Con él me complazco en hacer durar el combate porque al día siguiente, con los golpes que recibe, debe de acordarse del “negro asqueroso”.


A principios de los 30 en Europa, cuando se subía a un ring Panamá Al Brown no importaba quién estaba parado enfrente. ¿Peleaba en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona? Lleno. ¿Le tenía que romper la cara (de a poquito, para verlo sufrir más) al racista nefasto de Eugene Huat en el Velódromo de Invierno o en el Palacio de los Deportes de París? No entraba un alma. ¿Se tomaba un ferry a Inglaterra, que no reconocía campeones del mundo negros, e igual metía tres defensas de título en un mes? Sold out. La gente pagaba por verlo despachar muñecos más o menos conocidos con la elegancia de quien es capaz de declarar que “un día sin champán es un día perdido, no comprendo que se pueda vivir sin beber una botella de champán al día”. Un dandy del sopapo.

Panamá Al Brown no nació tomando champán. Tampoco nació Panamá Al Brown, claro: se llamaba Alfonso Teofilo y era el hijo de Horacio Brown, un ex esclavo liberto en los Estados Unidos en 1865. Liberto en los papeles, porque con tranqueras abiertas y todo un negro seguía siendo un negro, y la esclavitud institucionalizada cambiaba cosméticamente de nombre para pasar a llamarse “trabajo indigno sin ningún derecho a cambio de casi nada”. Un día a Horacio le fueron con el cuento de que en Panamá estaban construyendo un canal y que había laburo, así que para allá fue en 1881. Llegó se instaló, consiguió trabajo y se juntó con Esther, con quien tuvo a Alfonso.

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París, 1927

En 1915 Horacio murió de golpe y Al tuvo que salir a parar la olla haciendo todos los trabajos que pudiera conseguir un adolescente negro en Panamá. Descalzo y desnutrido, igual se las arreglaba para hacerse respetar a trompadas en la calle. Alguien le sugirió que se acercara al club a convertir la picantez en deporte y así fue como dejó de ser un quilombero amateur para pasar a ser un boxeador de peso gallo de los que no hay muchos: casi 1,80 m y 52 kilos, con el alcance de brazos de, por lo menos, un mediano. Se puso Kid Teófilo, agotó rivales en Panamá y fue a probar suerte donde tenía que ir: Estados Unidos. Viajó en barco, pelando papas para pagar el pasaje.

En una de sus primeras peleas en la patria de su papá le prometieron 40 dólares de bolsa. Ganó, y le pagaron veinte. Cobró lo que había y siguió viaje callado: si quería seguir peleando en Nueva York, no podía hacer escándalo. “Así comprendí por primera vez lo que podía ser el representante americano de un boxeador negro: rara vez un hombre honrado y nunca un amigo”, dijo. Además le cambiaron el nombre: a los yanquis se les complicaba la esdrújula, así que acortaron Alfonso, le volaron el segundo nombre, le devolvieron el apellido y le antepusieron su lugar de origen. Así, Panama Al Brown se fue ganando un prestigio. Hasta que un día pegó el salto: noqueó al favorito Frankie Ash y le cortó la carrera. Ahí cobró 1200 dólares y se recibió de estrella.

El 18 de junio del 29 le ganó al español Gregorio Vidal y se consagró campeón del mundo: el primer monarca latino de la historia. La Comisión de Boxeo del Estado de Nueva York le había permitido pelear porque creían que no tenía chance. Tenía.

Acá es donde entra el champán. De a una botella por día, mínimo, religiosamente.

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Luego de recuperar el título de Campeón Mundial tras ganarle a Sangchili. París, 1938

Le dan champán en Panamá, por ejemplo, adonde vuelve como ídolo nacional. Los panameños, desacostumbrados a destacarse en algo, no sabían cómo premiarlo, así que le dieron la posibilidad de indultar a los cuatro presos que él quisiera, sin importar si eran ladrones de gallinas o asesinos múltiples. Eligió a dos amigos suyos y a dos mujeres random.

Le dan champán en París, más vale, donde el esnobismo local pasaba un idilio con la cultura afro (“el espí­ritu del hombre moderno –y de la mujer moderna- necesitan ser alimentados por la civilización de los negros”, dice Paul Guillaume en Une esthétique nouvelle, l’art nègre, de 1919). Y él gana un montón de peleas, y se compra autos y los cambia al mes, y se manda a planchar las camisas a Londres porque “en Francia no saben planchar”. Y el manager lo sube al ring cada quince días y él igual sigue ganando, pero los golpes no son vitina y al tiempo, cuando muere su madre, se dedica al champán full time y a reírse a carcajadas con Edith Piaf y Pablo Picasso (aunque no deja de frecuentar a sus amigotes lúmpenes) y termina, obvio, internado.

Le dan champán en los descansos entre round y round. Dejar los brazos, las piernas y los pulmones en el ring y al sentarte en el banquito: no agua, champán. En el 35 le dan champán antes de defender el título con otro español, Baltasar Sangchili. Mucho champán le dan. También lo drogan: la idea era que la cortara de una vez con el chiste del negro campeón. Así y todo se banca los quince rounds: pierde por puntos, deja el título y abandona el boxeo.

“Para ganarme la vida, me veo obligado a bailar “claqué” todas las noches en una sala de fiesta (…) Han conseguido que me asqueara el boxeo, que definitivamente me repugnara el boxeo. Lo que ningún adversario pudo obtener, la sórdida pandilla que tiene entre sus manos los destinos del boxeo, los apoderados con dos caras que viven de la carne misma de sus pupilos, incrustados en su piel como las garrapatas en los perros, siempre dispuestos a entenderse con el enemigo si su codicia saca provecho de ello, los promotores con sus chanchullos, los preparadores desleales, todos ellos lo han conseguido (…) Todas las noches bailo “claqué” en el Caprice Viennois de la calle Pigalle. Divierto a esos juerguistas que en otro tiempo me consideraban uno de ellos, solicitaban mi compañía, mendigaban una muestra de interés. No siento vergüenza ni pena. Soy un hombre roto”.

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Jean Cocteau, Panamá Al Brown, su entrenador y amigos. París, 1925 (Foto Roger Viollet)

Un cliente del cabaret lo miraba más de lo que se mira a un bailarín cualquiera. Jean Cocteau era poeta, novelista, cineasta y -claro- hombre. Estaba enloquecido con la gracia de Brown (“Alfonso era amigo de Jean porque éste se bañaba sin vaciar el agua de la bañera donde él se había bañado antes”, dijo el actor Jean Marais). Se conocieron, se gustaron y se hicieron amantes.

Cocteau lo encontró destrozado y se propuso reconstruirlo. Lo convenció de volver al ring y lo acompañó al gimnasio. Consiguió que Coco Chanel le pagara el entrenamiento y la rehab. El mundo del boxeo, nunca dispuesto a bancarse la homosexualidad (ni en ese momento, ni con Emile Griffith en los 60 y 70, ni tampoco ahora), los miraba de reojo. Al dejó de bailar y bajó de peso. Pactó la revancha con Sangchili y la ganó. Y entonces Cocteau se aburrió del novio boxeador y le pidió que volviera a colgar los guantes. Y así fue: Brown peleó una vez más y dejó todo para abrir su propio cabaret, al que no fue nadie nunca. Cocteau lo abandonó por Marais y París se olvidó de él. No más champán.

Lo que queda en esta historia son cuatro escalones, todos descendentes.

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Panamá Al Brown dibujado por Jean Cocteau

Uno en su vuelta a Nueva York, peleando de nuevo contra jóvenes ignotos a cambio de un dólar por round que aguantara en pie.

El segundo, su kiosco paralelo como transa que lo llevó a conocer el calabozo.

El tercero, su regreso a Panamá, donde el público que lo recibió como prócer años atrás ahora pagaba para verlo perder, porque la gente de bien no es de andar aplaudiendo a un negro, borracho y con fama de puto. A los 40 le ganó a un tal Kid Fortune y no volvió más. Su récord final: 163 combates, de los cuales ganó 129 (59 por nocáut), perdió 19 y empató 12, según Boxrec. Nunca lo noquearon.

El cuarto, su muerte. Cuando dejó el boxeo -ahora definitivamente- volvió a Manhattan, donde lo agarraron con cocaína y lo deportaron, pero se les coló otra vez para ir apagándose de a poco en hospitales, pesando 40 kilos, tosiendo los pulmones por la tuberculosis, lleno de llagas por la sífilis. Falleció el 11 de abril del 51 (y como epílogo, la odisea de su cadáver: tres conocidos reclamaron el cuerpo y lo llevaron de bar en bar pidiendo para el entierro, y juntaron algo de plata pero se la gastaron en bebida. Se terminó la jodita y dejaron al muerto en la puerta del hospital otra vez. Al final el mundo del boxeo pagó el entierro).

Cuando uno nace muerto en el sentido bodycountiano de la frase, cualquier intento de vivir se entiende como una osadía, como un acto de valor. “¿Realmente hay derecho a ser campeón del mundo a los 35 años, estar champañizado, tener indicios de sífilis, ser opiómano, jugador, músico, homosexual, y encima negro?”, se pregunta Eduardo Arroyo, autor de Panamá Al Brown, 1902-1951 (2007), biografía definitiva y fuente principal de este artículo. Alfonso no pedía tanto: nomás quería pegar sin que le peguen, curtirse a un tipo de vez en cuando y llenarse de burbujas, pero al soberano le pareció demasiado y siempre que accionó, hubo una reacción. Combatió la ley y la ley ganó, pero el Dom Perignon no juzga.