El canto de la sirena

Vendió más de cincuenta millones de discos alrededor del mundo. Nunca se dejó apurar por la expectativa ni el éxito de las ventas para subirse a los escenarios o para entrar al estudio a grabar. No solo se hizo desear para su primer concierto, supo estar entre cuatro y ocho años sin tener lanzamientos. El mismo Prince, un devoto ferviente, declaró alguna vez que se hartaba de esperar por sus discos nuevos. En 40 años de carrera, tampoco dejó que las tendencias moldearan su obra, jamás condicionó su estilo ni se corrió de su sonido característico. Rechazó varias veces ir a grabar a Estados Unidos o enviar material para que los productores del momento “hagan mezclas geniales y modernas”, también se negó a firmar contratos millonarios y a ser producida por Quincy Jones. Las canciones remixadas recién aparecieron cuando tuvo el deseo, o más bien la curiosidad por esa cultura emergente que ya seducía al mundo: el hip hop. Y aunque su vida personal es prácticamente un misterio, se sabe lo suficiente como para trazar los lineamientos de raza y género que -sin necesidad de exaltaciones- sí marcaron las pautas de muchas de sus definiciones.

David Montgomery
Foto David Montgomery

Helen Folasade Adu, conocida por todos como Sade, nació el 16 de enero de 1959 bajo un cielo capricorniano en tierra nigeriana. Su padre era de Nigeria y su madre, una enfermera blanca, británica. Se conocieron en un viaje que él hizo para estudiar en la LSE (London School of Economics). Formalizada la relación, la familia de él comenzó a presionar para que se instalen en su pueblo. La presión no era consultante, los mandatos culturales y tradicionalistas de la zona agitan el destino de las mujeres y sus hijos bajo las voces masculinas. El mal augurio de incompatibilidad no pudo ser revertido, y el final de la pareja se dio en condiciones poco pacíficas: su madre tuvo que escaparse para poder volver a Inglaterra con sus dos hijos. Sade tenía 4 años.

Recién en el 2012, después de haber esperado más de veinte años para que le den su pasaporte, la niña regresó mujer y siendo reconocida como una de las voces más lindas del mundo. En un pueblo yoruba, a menos de 100 KM de Lagos, la esperaban la vieja casa y su abuela paterna con los brazos abiertos.

“Empecé a escuchar música en serio cerca de los 12. La edad en la que tus tetas empiezan a crecer y recibís un tocadiscos”. Los primeros que conquistaron su corazón, y se quedaron ahí para siempre, fueron Al Green y Marvin Gaye, y no es difícil de ver las marcas de esa conquista en su propia anatomía como cantante y artista. Con una sonrisa descarada y una boca enorme, por lo general exaltada por un labial rojo profundo, su presencia bajo las luces siempre fueron con motivo escénico y su perfil público no traspasó jamás la raya de lo musical, dedicando el mayor esfuerzo posible para que no se la represente como “una mujer famosa” ni quedar enredada en las trampas de la fama. Al igual que ellos, la cantante que bajo su nombre agrupa a una banda consistente y consolidada, sabe alejarse del ambiente en busca de la soledad justa, que en su caso siempre es en combo familiar.

STEVE LYNE
Foto Steve Lyne

Robin Millar fue el productor de sus dos primeros discos, los únicos lanzamientos sucesivos: Diamond Life en 1984, el año en el que todo llevó su cara, traspasando nuevas fronteras al siguiente, cuando se publicó Promise. Ambos se habían conocido en el ‘83, cuando ella acababa de recibirse de diseñadora de moda y comenzaba a sumergirse en las bendiciones de la escritura creativa. Para ese tiempo, Your Love is King y Smooth Operator ya estaban escritas y grabadas caseramente. “Eran básicas pero no por eso menos atractivas. Y su voz, esa voz”, recuerda el productor. Y sí.

Su voz es grave y sensual, con la gravedad y sensualidad que sabe a cierta oscuridad, como si lo que escucháramos cuando Sade canta fuera la voz de una noche tropical que se configura alrededor de lo deseante y lo íntimo. Una voz que, para más, se recuesta en un tapiz de jazz, soul y hasta cierto aura de funk latino. Como si las comparaciones con Nina Simone o Billie Holiday no llegarán a encarnar el encantamiento que evocaba, rápidamente comenzaron a hablar de ella como si fuera una Sirena. Y del canto de las sirenas ya todos conocemos su fama fatal.

Desde Diamond Life plantó bandera. Todas las definiciones pasarían por ella, hasta las que sospecharan más banales y ligeras. Así, ajustó siempre su imagen a su música, y su música a su anhelo de atemporalidad. “No, no es tan solo amor, yo escribo sobre la política de la vida”, respondía cuando le consultaban por sus canciones. Y estas son las claves, según Millar, para mantener un nombre a través del tiempo y con un éxito que parece ser inagotable, a pesar de ser una artista que no cantó al ritmo de la demanda, ni de la industria ni del público y mucho menos de los medios. Más bien, ella marcó una nueva agenda. Nunca antes un artista negro británico había roto récords en Estados Unidos, y puso a correr a los diseñadores a contramano de la moda, ya ninguna mujer quería “lo último”, todas querían el estilo pseudo garçonne de Sade.

Rob Verhorst
Foto Rob Verhorst

“Veinticinco años y dos horas tarde”, dijo al abrir el inolvidable concierto que dio en Argentina en octubre del 2011, que tuvo una previa muy complicada en organización. Pero nada importaba. Los que estábamos ahí no solamente sabíamos esperarla, también sabíamos que no sería la última vez que lo hiciéramos, pero, aún así, cuando comenzó a cantar, el tiempo en su voz y en su presencia no había pasado. Y esto no es una celebración a cierta idea de juventud eterna, al contrario, es un reconocimiento a su condición de artista que supo mantener encendida las llamas con las que conquistó décadas atrás a todos. La noche en el Predio Vicente López fue un clímax de sensualidad balsámica frente a una performance platónica. La Sirena estaba en casa, vestida de perfecto negro, con su peinado tirante para atrás, iniciando su set con Soldier of Love, el tema que le da nombre al álbum lanzado el año anterior, el gran motivo de su visita.

Dejando de lado los discos en vivo, Stronger Than Pride (1988), Love Deluxe (1992) y Lovers Rock (2000) completan su discografía. La que no volvió a tener novedades hasta el 2018, cuando se dieron dos milagros cinematográficos.

“Nunca pensé que iba a aceptar, pero igualmente decidí preguntarle. Fue tan amable, tan generosa! Una Diosa. Comenzamos juntas un viaje que jamás olvidaré”. Así contaba Ava DuVernay, durante febrero de ese año, que había logrado lo que prácticamente fue imposible para la mayoría, por eso la épica empleada no parece exagerada: “Estoy orgullosa de anunciar que Sade escribió exclusivamente una canción para Wrinkle in Time [película que Ava dirigió para Disney]. Se llama Flower of the Universe, y sí, es un sueño hecho realidad”. En la versión original del tema, basta una guitarra y su voz, casi en bruto, para revalidar su don conmovedor: “vienen a ver el fuego ardiendo en tu corazón (…) cuando sonríes, las estrellas se alinean, flor del universo e hijo mío. (…) quieren saber si es cierto que hay alguien en el mundo tan encantador como vos”. Ese mismo 2018, antes de que llegara el final, soltó The Big Unknown, compuesta para la última escena de Widows, de Steve McQueen. No es casual que lo imposible se haya logrado de la mano de dos proyectos con directores, estructura e impacto afrodescendiente.

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Foto Peter Jordan

Sus redes sociales se detuvieron exactamente en ese momento, y sin que esto sea una sorpresa, ya tampoco se trata de esperar. Con cuarenta años de carrera, cumpliendo 61 años y habiendo repetido hasta el cansancio que “solamente se puede crecer como artista si no perdemos nuestra vida personal, y la verdad es que somos adultos, estamos grandes, todos somos padres y orgullosos de elegir una vida familiar”, solo se trata de disfrutarla revisitando ese mundo musical que construyó, sin tiempo ni espacio fijo, donde las canciones suenan siempre bien y su voz vuelve realidad los mitos y leyendas que naufragan en el mar.