La herencia feminista de la obrera del rock

Una pregunta pertinente para empezar a contar esta historia sería: ¿Qué convierte a una mujer en feminista? O incluso para dar un paso más: ¿No somos todas malas feministas? La serie de ensayos de la escritora Roxanne Gay, agrupados bajo el nombre Bad Feminist, hace referencia a la forma en que la cultura formatea nuestros estilos de vida. Gay nos invita a dejar de levantar el dedo acusador y disfrutar de nuestra revista Vogue o de una película rosa, sin culpas ni comentarios mandatarios sobre el deber ser de la buena militante. Al fin de cuentas, dice la autora, todas somos malas feministas.

En los sesenta, cuando la discusión del rol de las mujeres compartía algunos temas del presente pero estaba más enfrascada en la organización política que en las posturas públicas de les artistas, apareció Tina Turner a sacudir las reglas que a tantos les apasiona enumerar. Hace algunas semanas, el 26 de noviembre para ser exactos, cumplió ochenta años y, si bien se retiró de los escenarios hace más de diez, sigue sentada sobre el sillón de Rivadavia que la afirma como la reina del rock. Ninguna, ni siquiera las que más se le parecen, la ha podido destronar.

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Foto de Bob Gruen

Una pantera con piernas de ensueño

En su libro de memorias, My love story, Tina Turner relata que durante una gira fue a comer a un restaurante y ni bien puso un pie en el salón la camarera le dijo “sos una negra puta”, haciendo uso de la impunidad para expresar comentarios racistas que había en la década del sesenta en Estados Unidos (y que de alguna manera sigue habiendo). “Pero una negra puta bonita”, le retrucó ella. Esta vieja anécdota funciona como una pista del lugar rupturista que ocupó la protagonista de este artículo en la historia de las mujeres negras que se dedicaron a la música.

La primera pista es que fue pionera en cerrar la brecha que existía en los escenarios estadounidenses de la época entre el R&B y el Rock&Roll. Pero su característica más radical fue la manera en que se plantó en los escenarios, de una forma que desafió las clásicas actuaciones que hasta el momento desarrollaban las artistas negras, ocupando lugares secundarios, con una disposición corporal tímida, femenina y recatada.

Sus hipnóticas presentaciones y su corporalidad avasallante, las notas ásperas de su voz en las vocales abiertas y su peluca de helecho, las piernas torneadas siempre visibles y la parada masculina sobre el escenario, han sido de una transgresión difícil de dimensionar desde un presente que cuenta con esta estética habilitada. Pero alguna vez no fue así y alguien pagó el precio de romper el techo de cristal.

La anécdota de la camarera es desagradable pero ofrece indicios. Por un lado, nos contextualiza en una época donde el racismo era muy poco disimulado en Estados Unidos y, por el otro, otorga una pista personal sobre lo dispuesta que estaba Turner a driblear al statu quo.

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Fotos de Norman Seeff

Una pesadilla detrás de cámara

Nacida como Anna Mae Bullock, cuando era niña recogía algodón en la granja de cultivo de su familia, en Nutbush, Tennessee, y sufría por una madre que logró escapar de su marido violento y abusador.

Su vida personal y profesional está unida a la figura de Ike Turner, su padrino musical y primer esposo, de quien aún conserva el apellido artístico. Sus caminos se cruzaron cuando Anna tenía dieciocho años y comenzó a hacer los coros en la banda que él lideraba, Kings of Rythm. El matrimonio duró dieciséis violentos años de los que logró escapar una noche en la que Ike dormía: “no podía ponerme mi peluca de lo inflamada que tenía la cabeza por los golpes, así que no la llevé”, confesó en una entrevista. En la noche de bodas la había llevado a celebrar a un prostíbulo, dando inicio a una relación que contendría las contradicciones más absurdas: una esclavización doméstica y comercial y una alianza musical sublime que ha regalado a nuestros oídos canciones celestiales como Proud Mary, Nutbush City Limits y River Deep mountain High.

Ike la habilitó como cantante, pero al final de su relación casi terminó haciéndole odiar la música. Le cambió el nombre, la registró como su marca y finalmente se apropió de ella. La estafó económicamente, le tiró café caliente en la cara y le rompió la mandíbula. Tina se escapó con un par de centavos en el bolsillo, abandonando no solo a su esposo golpeador sino a la carrera que había construido. ¿Quién iba a querer patrocinar a una cantante negra solista de treinta y siete años?

Fue una de las primeras que habló públicamente de la violencia de género, abriendo el camino para que otras emergieran del silencio que creían les correspondía. “Ike me golpeaba porque dependía de mí”, explicaba, haciendo enfurecer a miles de hombres de Estados Unidos e invitando a despertar a miles de mujeres que escuchaban la versión de otra vida posible.

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Ike & Tina por Tony Frank

El sonido y la estética de una generación

Aunque sus influencias musicales provenían del R&B, su potencia vocal y el frenesí cuasi febril del que hacía gala en el escenario contenían trazas indiscutibles del rock & roll. Fue telonera de Janis Joplin, James Brown, Cher y David Bowie. Los dos últimos fueron un apoyo esencial en su carrera tras el divorcio con Ike. Mick Jagger ha llegado a confesar que le “robó” el modo de pararse en el escenario cuando los Rolling Stones eran muy jóvenes y abrían los conciertos del matrimonio Turner.

En 1984, la escritora Camille Paglia analizó en la revista Billboard el impacto de Private Dancer, el disco de Tina cuyo título hace referencia a la prostitución y que acababa de salir a la luz: “Turner, de 44 años, sorprendió al mundo con su sexualidad feroz y madura. Lanzado a la altura puritana de la cruzada feminista contra la pornografía, el álbum invoca audazmente a la prostitución en su título. Pero What’s Love Got to Do With It hace una declaración feminista, ya que Turner adopta una libertad radical de elección sexual”.

Así resucitaba de una relación tortuosa mostrándose más fuerte que nunca en la portada del álbum, con una melena de león intimidante, piernas de atleta y zapatos de dominatrix. Ese álbum la consagró como una supermujer híbrida, dura y suave. Una mujer moderna que sí, había sido una víctima y hablaba de eso, pero que elegía no quedar coagulada en ese lugar desde el que es tan difícil construir. Eligió, por el contrario, edificar su vida desde el lugar de una sobreviviente. 

Una fuente inagotable de inspiración

Actuó en la tercera parte de la saga Mad Max, estrenada en 1985, que nos legó -mucho más que una maravilla audiovisual- una canción memorable como We Don´t Need Another Hero, incluida en la banda sonora. Además, queremos creer que el look que Tina desplegó en la película sirvió de inspiración para la caracterización de su amigo entrañable, David Bowie, en Laberinto, estrenada al año siguiente.

Si los hitos musicales de la pantera del rock no fueran suficientes para postrarnos a sus pies, sumamos un dato de color relacionado al libro Guinness de los récords: durante su gira Break Every Rule World consiguió que 180.000 personas pagaran una entrada para verla actuar el 16 de junio de 1988 en el estadio Maracaná de Rio de Janeiro. Es la única mujer solista que lo ha conseguido hasta la fecha en la historia de la humanidad.

En el presente está retirada en Suiza, donde vive junto a su esposo alemán treinta años menor Erwin Bach, quien años atrás le donó un riñón.

Sin desearlo, Tina Turner se ha convertido en una referencia para millones de mujeres. Hoy escuchamos con frecuencia la palabra “empoderamiento” para hacer referencia a conductas que ella, como tantas otras, llevaban a cabo cuando el coraje de escuchar la voz interior no tenía un nombre para las redes sociales. Nunca se propuso ser feminista: “solo me identifico con mi vida. Mientras los demás estaban pendientes de transformarme en un símbolo yo estaba ocupada trabajando”.

Larga vida a la obrera del rock.