Wu Tang Forever

Una escena. Episodio 7 de Wu Tang Clan: An American Saga. Bobby (RZA) y Shotgun (Method Man) tiran unas rimas en un boliche frente a la atenta mirada de varios gerentes y representantes de discográficas; todos trajeados, la mayoría blancos. Uno de ellos se acerca a Shotgun, quiere convencerlo de firmar con él. Promete una vida llena de fama y de éxitos, “lejos de las calles, la venta de droga y de las cárceles”. La respuesta asoma llena de ira y evaporando automáticamente “la oportunidad”: “Drogas? Cárcel? Te pensás que soy un dealer? No vendo drogas y no tengo antecedentes”. El joven empresario blanco de la música lo cancherea y le dice un ligero “sí, claro, sí”. Shotgun aprovecha el bastón con el que se ayudaba a caminar por una lesión en la pierna y tira todo lo que está sobre una mesa. A los pocos segundos, el tipo de seguridad lo saca del boliche.

La historia no es ficción y no fue la única secuencia que existió en ese tono en sus inicios. Method Man las ha contado en varias oportunidades. En ese momento él aún trabajaba junto a U God en la Estatua de la Libertad. Pero luego de la licencia por su lesión perdió el puesto. Pasado un muy buen tiempo, “cuando ya no podía estar derecho del dolor de panza que tenía del hambre”, cayó en el negocio del barrio. U God en su autobiografía En carne viva, donde cuenta detalladamente toda esa etapa, confiesa que llegó un momento en el que tuvo que decirle a Meth que era mejor que no vendiera y que él le pagaría igual, por lo mal que lo hacía pero sobre todo por como lo afectaba anímica y creativamente. Con una sensibilidad extrema, la que le lo llevó a caer en depresiones y adicciones, parecía siempre estar a punto de ser atrapado en el patio de Park Hill por no tener la cintura a la hora de resolver, evitar, lidiar con la situación, los rivales internos, la policía, pero, más que nada, por no sentirse cómodo en ese lugar. Un lugar al que tanto él como el resto de los Wu Tang, y tantos otros anónimos de los guetos y viviendas sociales, caen sin opción y sin la chance de pensar que es posible hacer otra cosa, básicamente porque esa chance no es tal y la urgencia aparece en negativo, antes, incluso, de poder nombrarla.

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Meth & RZA

Bigger Thomas, a pesar de sus jóvenes años, o justamente por ser un joven negro del sur de Chicago en la década del 30, deja muy en claro dos cosas: la primera es que su destino, por el solo hecho de ser un afroamericano del gueto, ya está escrito y es fatal, y la segunda es que ese miedo que siente, esa incomodidad constante cuando está cerca de hombres blancos, es una traducción de ese inevitable destino que Norteamérica configuró para él. La sensación con la que convive está recargada de entramados e intrigas: él sabe que puede pasar y/o pasarle cualquier cosa estando entre blancos. La línea narrativa que sostiene esta idea es el trazado político, social y cultural impuesto por un aparato que empuja a la comunidad negra a tener prácticamente una vida previsible entre la pobreza y la culpabilidad, poniendo el no derecho a la inocencia en un plano secundario, porque el primer derecho que pierden cuando llegan al mundo, si ese mundo es el cielo y la tierra estadounidense, es el de vivir.

Ahora sí estamos hablando de ficción y es a partir de la novela Native Son, de Richard Wright, y de su protagonista, pero podría ser otro párrafo real cualquiera, porque eso mismo es lo que invita a pensar el autor en esta obra publicada en el año 1940 y que es un clásico: según él, el afroamericano que se vuelve un peligro para la sociedad, incluso para su propia comunidad, es un hijo nativo del sistema de Estados Unidos, sistema fundamental para “proteger” el orden nacional (leído a la inversa: el escenario que mantiene a las comunidades de color en los márgenes y sin despertar confianza en las mayorías). Esto no aplica a otros afrodescendientes, porque no en todos los países son minoría ni tomados como un fetichismo identitario o como móvil de discursos oficiales totalitarios, dando cuenta, también, de cómo el racismo no es igual aunque su funcionalidad sí sea la misma (Malcolm X nos susurraría: “sin racismo no hay capitalismo”, y en nuestra actualidad hasta nos sonaría naif).

Quizás por eso mismo James Baldwin inició una cruzada a capa y espada contra las novelas de protesta y principalmente sobre Native Son, a la que considera racista con el peor de los racismos, el propio de las personas de color. Para él, Bigger Thomas se resigna a la colonización porque “lucha por su humanidad de acuerdo a los criterios impuestos por este país”, explica en uno de los tantos artículos que dedicó a su estudio, varios de ellos agrupados en Notes of a Native Son (1955).

HBO estrenó hace unos meses una adaptación, bastante libre y modernizada, de la obra de Wright. Dirigida por Rashid Johnson y protagonizada casualmente por Ashton Sanders, el mismo que hace de RZA en la serie de HULU, la película hace literales varios de los pliegues de la personalidad de Bigger y sus entornos, y pone un especial esfuerzo en dejar en claro que el joven busca “no hacer las típicas cosas de negros”, como asaltar la tienda de la esquina y/o vender drogas, pero también en su manera de vestirse, en la música que escucha y en su meditativa manera de hablar. “Tengo un destino para mí, solo estoy esperando el momento de actuar”, suspira, pero, por más cambios que la propuesta visual haya impuesto y por más vueltas que se le quiera dar a la narrativa, la tragedia y la muerte encuentran al protagonista una vez que consolida sus lazos con una familia blanca de poder. Esa lucha interna entre hacer las cosas bien o hacerlas mal, sin tener en claro cuáles son los límites de lo malo y lo bueno, y si es que esos límites son reales, o al menos posibles de medir, termina exteriorizándose en una sucesión de hechos (que no vienen al caso spoilear por acá) y que una vez más confirman la fatalidad destinada del joven afroamericano.

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Foto de Chi Modu

La adaptación fílmica remarca esos “criterios impuestos por el país” a los que refería Baldwin de forma brutal. Bigger queda atrapado en ese ideario negro de los supremacistas sin ver otra alternativa. Esto es el convencerse que la única forma de liberación es aceptar a la vida negra como una amenaza, y que los primeros que son víctima de esa amenaza son ellos mismos. En perspectiva, y entendiendo sus tiempos, tanto Wright como Baldwin tenían razón. Sus ideas no se excluyen, más bien se explican entre sí. Y sin ir más lejos, el poeta mismo aceptaría que “no existe ningún negro estadounidense que no tenga su propio Bigger Thomas interior”. Y en todos los caminos biográficos de los integrantes de Wu Tang podemos ver reflejadas cada una de estas ideas.

Pero toda trampa tiene una clave, y en una reacción que primero es individual, luego grupal, y que a esta altura es una de las epopeyas espirituales más consistentes del hip hop, aun con la convivencia de grietas que existen puertas adentro desde ya hace dos décadas, los Wu Tang lograron descifrarla.

La historia que comienza a escribirse en un sótano de una isla neoyorquina entre tres primos -RZA, ODB y GZA- da el salto a través de las enseñanzas del kung fu y de las corrientes alternativas dentro de las principales religiones negras. De ese mix, con “las matemáticas” a la cabeza y “la teoría del 5%” calando hondo, se encuentran y se reencuentran cada uno de los integrantes del clan para empezar a mirarse como hasta ese momento no lo habían hecho nunca. Juntos conquistarían el mundo, por separado serían un montón de Bigger Thomas pateando la suerte callejera. Juntos lograrían hacer cierta la noción que se repetían al unísono, “vendemos drogas porque tenemos que sobrevivir, no porque seamos delicuentes”; y por separado las opciones eran dos, la de una condena que los termine de expulsar por completo del sistema o la de “vestirse de blancos” y esperar que ocurra lo menos peor.

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Los primos fundadores del Wu Tang

De ahí es que podemos afirmar que la espiritualidad Wu Tang Clan es la propia creación de un manual de supervivencia y superación colectiva que se alimenta de lo mejor de otras creencias para moldear un inédito, necesario y superpoderoso “afronorteamericanocentrismo”. Por eso nada suena más justo, más exacto, más real y, sobre todo, más doloroso que ellos. Sin ambición gangsta, ni en el sentido de rebeldía, ni en una oda a la mafia o al statu quo ostentoso, y lejos de la celebración afroncentrista, por razones lógicas que van desde lo sociocultural hasta lo económico, la narrativa de Wu Tang se concentra en ese “ahí y ahora” sin más ansiedad que la de traducir las heridas familiares, vecinales y generacionales que gimen en la situación de pobreza extrema y en un olvido sistemático por parte del Estado. No hay música que logre comulgar la tristeza como lo hace Wu Tang, una tristeza 100% corporal, cruda, cero domesticada, que permite tocar lo intocable: la desigualdad, la injusticia, el ahogo mental, el no futuro.

El primer paso que dieron para llegar a ese punto de ebullición narrativo fue tratar de dominar al Bigger Thomas interior, pero no fue una decisión espontánea, fue gracias al conocimiento de GZA expresado en el momento justo. Dejando de lado las rimas más conocidas y/o habituales que referencian de manera literal estos inicios, y disculpándome por la subjetiva arbitrariedad, en ese manifiesto de ideas que es B.I.B.L.E. (Basic Instructions Before Leaving Earth), incluida en Liquid Swords (1995), basta un desdoble del discurso para reivindicar el derecho a la vida: “¿Por qué deberíamos morir para ir al cielo? La Tierra ya está en el espacio”. Asumir ese derecho que nos debería ser tan propio es abrir la puerta de un nuevo destino, hasta ese momento negado. A partir de ahí, comienza a recorrerse un camino cargado de responsabilidad por saberse parte de ese 5% de la sociedad elegido para guiar al resto a un cambio de conciencia.

La antropóloga Alcida Ramos explica que “un negro, un indio o una mujer hiperreales, enlatados”, en este caso eso sería Bigger Thomas, “pasan a substituir a los sujetos históricos auténticos” (El indio hiperreal, 1994). Wu Tang antes de ser Wu Tang emprendió un viaje de reencuentro a esa autenticidad, por eso ese “Forever” es indudable pero principalmente nos es emotivo, porque no nos vende ninguna fantasía ni quedan atados a ningún relato de época, más bien reescriben la historia, una historia que nos es contemporánea y nos marca: vimos a esos hijos nativos del sistema norteamericano renacer en criaturas marciales de Shaolin y transformar la desazón de cientos de miles de humanos alrededor del mundo en algo inspirador.

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ODB & Ghostface

En esa sintonía es que pueden permitirse hablar frente a una cámara y exponer que la hermandad comienza a quebrarse a partir de la fama, “con la panza llena”, y es un quiebre que aún hoy, entre temas de contratos, dirección y definiciones artísticas y egos, sigue perforando el vínculo pero no así el legado, la historia, la evolución que emprendieron y la energía cuando se juntan arriba de un escenario o a grabar. Es esa energía la que nos invitó a todos a ser parte de una unidad que no necesita idioma, donde no hay colores de piel, solo fuerza y sensibilidad para poder abrazar al Ave Fénix de las mil vidas y juntar nuestras manos como alas abiertas apuntando hacia el cielo.

En el documental Wu-Tang Clan: Of Mics And Men (2019) alcanzan un nuevo ideal. Hasta este trabajo los testimonios sobre las peleas y/o diferencias habían sido individuales, el diálogo entre cada uno de ellos debía hacerlo el lector, el interesado en juntar las fichas y oír todas las campanas. Pero esta vez es diferente porque hablan a cámara sabiendo que luego todo se mezclará. Mientras tanto, revisan con perspectiva lo andado. El quiebre del muy buen documental se da en el tercer capítulo, el que tiene como gran protagonista a ODB. Ahí, la angustia y la nostalgia de lo que ya no es entre ellos se entremezcla con cierta culpabilidad, una culpa que tiene sabor a que los últimos suspiros de Dirty fueron sofocados entre estas tormentas grupales, totalmente alejados del grito original.

Es impresionante ver como al principio se permiten exponer sus Bigger Thomas interiores, asomando al acecho, desconfiando uno del otro, estratégicos en sus palabras y en la elección de recuerdos, pero poco a poco, una vez más, y en coherencia con los motivos que los hicieron sentarse en esas sillas a dar testimonio, empiezan a ceder. Y ceden lo suficiente como para que, sin negar la dureza de los cortocircuitos, el final de ese episodio sea a lo Wu Tang Clan: todos reivindicándose a partir de lo que el hermano que ya no está vio en cada uno de ellos y como la sabiduría punzante de RZA los ensambló para siempre.

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2019

“Tenía la mirada más loca del mundo”, elige recordar Raekwon sobre ODB, “y en cuanto nos veía caer un poco decía ‘hijos de puta, somos la mierda más increíble del mundo’, y por alguna razón yo le creía”. De fondo se escucha que Dirty alguna vez había sentenciado que “Wu Tang no sería ni una mierda sin mí”, y entre las risas y las miradas húmedas, Meth lo confirma, “es cierto, es la pura verdad, no seríamos nada”. Entonces Ghostface aprovecha ese punto de encuentro donde nada vale más que la familia que compusieron para salir de las torres y les recuerda lo más importante: “los quiero, sin importar qué”.

El sentimentalismo de Wu Tang Clan se hace universal lejos de las poses malévolas, de la dialéctica y el exhibicionismo de las mansiones repletas de chicas desnudas sintiendo el Hennessy empapar sus curvas, lejos del glamour obsceno y provocador. En cambio, siempre están afilados dándole aire a sus ideas que salen como patadas, con la certeza del deber cumplido. Certeza que los junta a todos alrededor de una mesa rectangular y larga, como la de los reyes, para celebrar que tuvieron hijos, que se desviven por ellos y que ese es el gran triunfo de esta historia: crecer en familia a pesar de no haber tenido buenos modelos y de haber sido solamente guiados por el deseo de dar amor, alimento y una vida con la oportunidad de ser vivida.

Por todo esto, siendo solo algunas pocas de las tantas razones, es que definitivamente “Wu Tang is for the children”. Porque forjaron un nuevo destino. Sí, claro, para la música en general y para el hip hop en particular. Pero, esencialmente, para los que nacen con una condena bajo el brazo cuando ni siquiera se les puede garantizar el pan. En el mapa de Wu Tang no hay promesas de falsa salvación: las penas siguen siendo nuestras y las vaquitas ajenas, lo que ya no es nuestro es la culpa de lo que nos duele y separa por la no justa distribución. Pero por suerte para todos nosotros, siempre nos quedará Shaolin, esa geografía sin frontera, donde la libertad es espiritual y la espiritualidad es un despertar cultural y político con micrófonos abiertos y lenguas afiladas, las que se levantan como espadas exigiendo el derecho a la paz.