Ladies First!

“Abrí las puertas para las damas, como una reina debe hacerlo. Es por eso que soy Queen Latifah en cada pueblo, en cada barrio”. La voz más familiar de todas, la de esa vieja amiga que movió montañas y caderas, y que inspiró a mover montañas y caderas, volvió a sonar fuerte este 2019 desde las rimas de Hatshepsut, uno de los tantos puntos altos que tiene el álbum Eve de Rapsody.

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Queen Latifah en 1989. Foto de Jeff Kravitz

Dana Elaine Owens nació bajo un cielo pisciano de 1970 en New Jersey. El apodo con el que conquistaría al mundo lo sacó de un libro árabe que leyó a los 8 años. Su irrupción en la escena del hip hop no fue aislada y aun hoy sigue dando que hablar. También actriz, conductora, cabeza de Flavor Unit, discográfica y productora de contenidos que buscan dejar marca, ella misma se define -después de más de 30 años de carrera, protagonismos en cine y televisión y siete álbumes de estudio yendo del hip hop al R&B y jazz- como un conglomerado de entretenimiento, definición que no pierde sentido en cuanto a la conciencia con la que aceptó y generó proyectos. Ese “en cada pueblo, en cada barrio” nos habla justamente de eso, de la chica que se hizo mujer sin ceder en sus procesos y en sus identidades, tanto de raza como de género, pero principalmente políticas y culturales.

La escritora Barbara Smith plantea que “una perspectiva feminista negra no sirve para clasificar las opresiones, sino que demuestra la simultaneidad de las opresiones a medida que afectan la vida de las mujeres del Tercer Mundo”. La película Life Support, quizás la actuación más imponente de la rapera, con la que dejó, una vez más, con la boca abierta a todos, es el clímax de estas ideas: una mujer seropositivo que supera su adicción al crack y se convierte en una activista referente de su comunidad. Más allá de las particularidades, la transformación con intervención social después del dolor es una constante en los sectores vulnerados, sectores que comienzan a reconocer su propia capacidad de lucha cuando enfrentan a un aparato estatal que no garantiza salud pública ni programas de contención. En algún punto, Ana Wallace, su personaje, es una amiga, una vecina, una conocida, una de las historias que cada tanto llegan a ser noticia y le dan visibilidad a la rutina de miles de anónimos.

Antes de las desobediencias recurrentes de Lauryn Hill o de la conciencia del empoderamiento económico de Missy Elliott, ya sembrado en la década del 80 por MC Lyte, Queen Latifah se paró y dijo “Ladies First”. Era 1989 y el tema emblema del posicionamiento femenino en la cultura hip hop se encontraba en su álbum debut, All Hail The Queen. Esta fue su carta de presentación, una carta repleta de significados y significantes, que fue esencial a partir de una manifestación de identidades, tanto propias de la hermandad entre mujeres como en las vinculaciones más enraizadas con los hombres. Y no, en ningún lugar se habla de feminismo. No hace falta.

“Las mujeres blancas no ven a los hombres blancos como hermanos. La realidad racial te marca de punta a punta tu perspectiva, los hombres y mujeres de color van cuidándose la espalda juntos, como hermanos. Y es como tales que se enfrentan entre sí, se distancian, chocan, pero saben cómo permanecer juntos frente a quién y cuáles circunstancias”, reflexionaba en una vieja entrevista la escritora Joan Morgan. Nacida en Jamaica, su crianza en los años 70 se dio en el Bronx, palpitando todo el fuego pandillero y el de la cultura nueva. Esta idea de unidad que plantea no es del todo feliz, en esa unidad por la supervivencia es que también sobrevive el machismo en una comunidad que es tradicionalmente matriarcal.

En 1999, Morgan publicó When Chickenheads Come Home to Roost: A Hip-Hop Feminist Breaks It Down. Es desde esas páginas que ella plantea que en el hip hop nace un feminismo que no es convencional y que descoloca a todos y todas, no solo a mujeres blancas, también a las de color. Lógicamente no es académico, pero tampoco tiene nada que ver con la primera, segunda y tercera ola, y eso es lo distintivo, lo rico: es un feminismo tan propio del hip hop que representa de forma directa a mujeres que de otra manera el feminismo no interpelaría, o peor aún, expulsaría, y por eso mismo nunca llega a percibirse como tal en los discursos predominantes. Es un feminismo sin juicio, con derecho al goce, contestón y reflexivo, hermanado, irreverente, pero, sobre todo, inesperado y molesto en una retórica política que no respeta diccionarios ni manuales. Es un feminismo que sucede y punto, es lo que cada una hace en situaciones de poder lo que habla por sí mismo, y tiene que ver con que su búsqueda y sus urgencias son otras, no abanderarse. La socióloga Patricia Hill Collins explica que muchas veces lo que vemos es, en realidad, una “fuerza de género”, y no una ideología. La fuerza de género es el capricho por lo icónico, por el envase, por la terminología, se queda en símbolos que desde ahí pujan para aleccionar y manipular a las masculinidades pero también a otros feminismos, en cambio, “una ideología de género reconoce a las desigualdades sociales y a las explotaciones humanas y económicas como las madres de todas las luchas”. Como diría la genial Audre Lorde, “no existe tal cosa como una sola lucha, porque nadie vive vidas en las cuales solamente se enfrenta con un único problema”.

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Queen Latifah & Monie Love

“Somos las que damos luz a la nueva generación de poetas”, rima Monie Love en su colaboración en Ladies First. Cada rima que se cruzan con Queen Latifah tiene como objetivo reconocer a las mujeres como raperas, como amas&señoras del mejor flow. “Los estereotipos se tienen que caer”, rezan. Y ambas lo pregonaban porque así lo vivían, de hecho, unen fuerzas (y flow, claro) con el colectivo Native Tongues, ese antecedente fiel a lo que luego fue Odd Future y con un objetivo similar: los primeros apelaron a correrse de los mandatos de la escena y de la época, los segundos salieron a mostrarle al mundo que en la capital del gangsta rap y del g-funk también hay una poesía que se permite el humor y todo ese “dulce amargo” que acarrean los sentimentalismos. Tyler, the Creator en una entrevista a The Guardian decía algo que varios de los integrantes de A Tribe Called Quest reflexionaban en su documental Beats, Rhymes & Life: The Travels of A Tribe Called Quest: “el gangsta rap tiene que estar, cuenta algo que debe ser contado, pero no es lo que tenemos para contar nosotros. No somos eso, no es nuestra realidad”. La realidad de estos grupos se permitió la sensibilidad y la torpeza, el amor, la amistad desde un lugar amoroso y aventurero, la lectura y el estilo como parte de un mensaje y no como móvil constructor de una imagen apegada al machismo. Esto es un cambio absoluto que no necesita declararse como feminista para ser valorizado como tal: una transformación no solo en cuanto al rol de la mujer, también en cuanto a las masculinidades y diversidades.

La generación del '88
“La Generación del ’88”: Sparky D, Sweet Tee, MC Peaches, Yvette Money, Ms. Melodie, Synquis, Millie Jackson, Roxanne Shanté, MC Lyte & Finesse. Foto Janette Beckman

“Las claves que desbloquean las riquezas de la identidad femenina negra contemporánea no radican en elegir a Queen Latifah sobre Lil ‘Kim, o incluso Foxy Brown sobre Salt-N-Pepa. Se encuentran en la intersección mágica de esas voces que ya no hablan de una verdad hacia extremos, sino en sutiles tonos grises”, explica Morgan. Esos tonos de grises están hechos no solo de género y de lo callejero, también de las distintas ideologías que implica un movimiento nacido en las bases, con principal protagonismo afroamericano pero con una participación latina importante, y que en su expansión, a su vez, supo aliarse al punk y abrazar a las desilusionadas juventudes blancas de clase media. En definitiva, el hip hop nace inconscientemente desde los márgenes y crece a medida que aprende a canalizar a través de sus elementos todo el enojo, la tristeza y, sobre todo, una tradición de lucha que durante décadas quedó en pausa. Cuando todo fue despojo y duelo por la revolución inconclusa, los referentes asesinados, la noción frente a los derechos civiles no alcanzando para frenar la violencia (institucional, social, policial, etc.) ni la desigualdad de oportunidades, el hip hop puso el cuerpo y alzó la voz para dar testimonio de lo que territorialmente no podían reestructurar las comunidades racializadas en Norteamérica. Era demasiado natural que llegado el momento las mujeres hablaran. Por eso no son pocos los autores que se animan a pensar al hip hop como el gran movimiento de derechos de final del siglo XX.

En el 2021 el hip hop cumplirá 50 años. Ya circulan diferentes calendarios con celebraciones que comenzarán incluso antes, desde el 2020. Pasó demasiado, incluso un presidente y una primera dama de color. Mientras todo pasaba, Lauryn Hill seguía plantando conciertos, teniendo hijos, girando y coqueteando con la idea de un disco nuevo que nunca terminaría de llegar. Beyoncé parece ocupar cierto trono aclamada por las mayorías de todas las edades y colores por igual, lo que nos advierte lo demasiado poco que incomoda, aun cuando desde hace un par de años para acá decidió oportunamente dar mensajes explícitos y contundentes sobre feminismo y raza. Nada demasiado innovador en un tiempo de corrección política como el actual y con la flamante y dispersa ola feminista sobrevolando las ciudades. El punto es ese: las ciudades. No será Beyoncé la que repita en unos años que su reinado vive “en cada pueblo, en cada barrio”.

Esa jugada histórica que significó Ladies First pudo darse porque antes abrió camino Roxanne Shante, la que le ganaba a todos en las competencias de rimas en Queensbridge y alrededores, convirtiéndose en la primera mujer rapera en conquistar las radios al ritmo de su venganza. Así que también, demasiado tiempo antes de la banalización encarnada por Nicky Minaj autodeclarándose reina de Queens, las chicas hicieron temblar la escena sin vientos a favor y le pusieron flow a los aullidos más profundos emergiendo desde la adversidad.

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Roxanne Shante en 1988. Foto Michael Ochs

Esos ecos hoy resuenan y nos permiten, incluso, corrernos un poco del rap más crudo para reparar una vieja enseñanza que nos dejó Nina Simone: “como soy mujer y negra no importa lo que haga, siempre van a creer que estoy haciendo jazz, que ese es mi destino, pero yo no hago jazz, yo hago música clásica negra”. Así, mientras haya Rapsody, Cardi B, Princess Nokia, SZA, Solange, Kali Uchis, Kehlani o Rihanna, entre otras tantas, seguirán floreciendo voces hasta que, llegado un momento, ya no será noticia hablar de mujeres en el hip hop ni soportar, según corresponda y en recurrentes casos, la limitación eterna a la que se las condena bajo el rótulo predestinado de R&B, como marcándoles un territorio con techo y paredes, como si los mejores raperos, históricos y actuales, no recurrieran a ellas una y otra vez, como si ellas no hubieran aportado tinta para escribir la historia y aportado cultura para hacer grande al movimiento.

Pero también hay que dejar la reflexión abierta, porque a pesar de estar en un gran momento de representación femenina, la escena moderna pareciera estar en deuda con las demandas reales de las comunidades y en resonancia con las mujeres históricas. Joan Morgan advierte que la mayoría de las voces femeninas están concentradas en el “empoderamiento económico”, y esto está bien, porque “la mujer de color gana escandalosamente mucho menos que las mujeres blancas y por supuesto que tanto menos que los hombres negros y blancos”, pero también son las que encabezan las estadísticas de depresión, de muertes durante embarazos y a la hora de los partos, y que, además, tienen un 35% más de probabilidades de ser asesinadas por sus parejas. “Llevamos tanto estrés dentro de nuestros cuerpos que ya no reconocemos de que parte proviene. Malcolm X a mitad del siglo pasado decía que nadie estaba más oprimido que las mujeres negras. Pudieron cambiar algunas cosas, algunos reflejos, pero el drama de fondo sigue igual. Se nos obliga a ser fuertes, y por cómo avanza el mundo, siempre tenemos que ser más fuertes, nunca alcanza. Este es tal vez el tabú principal a romper hoy y el hip hop pocas veces se permite este tipo de vulnerabilidades, de sinceramiento”.

Estarán los que digan que no es función del hip hop responder a esto, más aún que hoy sí hay movimientos organizados ocupándose de esas causas, pero en un cuento de nunca acabar podemos recordar de nuevo a Nina diciendo que el deber del artista es el de reflejar las problemáticas de su tiempo, comprometerse con eso. Y es justamente esta frase la que motivó a Rapsody a comenzar Eve con el tema dedicado a Simone, que en su introducción tiene los versos de la más triste de todas las canciones, Strange Fruit, la que a su vez nos recuerda a Billy Holiday y su eterno corazón roto: “sangre en las hojas y sangre en las raíces”.

Es por todo esto que también Eve es uno de los discos del 2019, uno de los discos del año bajo la única medida enriquecedora por la cual vale entrar en el juego de armar un podio: un disco del año que seguirá siendo disco del año mucho más allá de su momento del lanzamiento, y con la yapa ejemplar de proponer una revisión, un rescate fortalecedor de las obras anteriores a ella que cumplen con esta premisa. Hermosa casualidad, o consecuencia, para un 2019 que festeja los 30 años del debut de Queen Latifah y su gran advertencia: “Quien dijo que las chicas no podíamos hacerlo? (…) Las chicas adelante!”.