Por favor, envíen más de Chuck Berry

Por Barb Pistoia y Tomás Rua

“Podés pensar que están exagerando cuando dicen que tu música vivirá para siempre”, le escribieron Ann Druyan y Carl Sagan a Chuck Berry para su cumpleaños 60. La pareja de investigadores había sido parte del comité que eligió enviar a su Johnny B. Goode al espacio. La carta continuaba contándole que su pieza maestra ya era parte del viaje de una de las Voyager, sondas lanzadas a finales de los 70 con el objetivo de explorar el Sistema Solar, en ese momento “a 2000 millones de millas de la Tierra y con destino a las estrellas”, lo que convertiría esa expresión de eternidad casi en una realidad, “este disco durará mil millones de años o más”.

Berry no viajó solo al espacio, fue acompañado por obras de Bach, Mozart y Stravinsky, entre otros, pero su incorporación es el gran toque de excelencia y distinción. La NASA explicó que las sondas tenían también otro objetivo en paralelo, por eso decidieron sumarle una selección musical, “por si llegaran a ser recibidas por cualquier otra forma de vida”. Así, la Secretaría General de la ONU compuso un mensaje en inglés por si ese deseado encuentro se daba, y luego se agregaron, además, saludos en cincuenta y cinco idiomas y diferentes sonidos representativos de la Tierra, desde animales y máquinas hasta el del fuego, respiración, besos, etcétera.

Saturday Night Live aprovechó la acción para también sumarse al reconocimiento, no sin dejar de burlarse por la aspiración; ambientados en el espacio, una comunidad extraterrestre no solo se encontraba con todo lo enviado, luego de escuchar los contenidos decidieron responder a la Tierra: “Por favor, envíen más de Chuck Berry”.

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Chuck Berry x Terry O’Neill

Johnny B. Goode es mi historia, es totalmente autobiográfico, solo con algunos cambios para que se pudiera pasar en la radio. Esas concesiones, ese aflojar las circunstancias y mi negrura, fue un precio para poder ir un poco más allá sabiendo que llegaría el día de poder contar esto, que es otra forma de contar mi historia, la de la canción y la de todos nosotros”, había expresado Berry sobre su himno.

Gospel, infancia rural, robo, reformatorios, estadía tras las rejas, blues, autoaprendizaje. La primera parte de la vida del músico nacido un 18 de octubre de 1926 en San Luis (Misuri) no se escapa a la de las mayorías de los nacidos y crecidos bajo la segregación. Pero sí toma distancia y se destaca cuando se presta atención a su talento natural, el que mostró desde muy chico gracias a su súper oído y un ritmo voraz, lo que le bastó para convertirse en el hombre que torció no solo su propio destino, sino el de la música toda. Excéntrico, audaz, frenético y con hambre, volcó toda su impronta en acelerar los sonidos conocidos y en darle un nuevo lenguaje. Un lenguaje basado en excitar las notas, en aportarle frenesí a la composición primero y a la interpretación después, pero, sobre todo, en la sexualización del R&B, lo que de manera inevitable invitaba a aumentar todas las formas predeterminadas.

Ese lugar de “impulsor del rock & roll” que se ganó provocó la chicana de Sister Rosetta, “todo lo que tocan esos hombres lo vengo haciendo yo, y hace años”, pero, en realidad, lo que ella no pudo dar, definitivamente por ese sinfín de mandatos comunitarios, género y de época, los mismos que le fueron moldeando su vida más íntima, fue ese condimento sexual, esa suelta de aullido, sudor y deseo con la que Berry construyó lo que luego tomaron otros tantos, principalmente los Rolling Stones.

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Terry O’Neill

“Pensé que yo era el único fanático por acá, pero la otra mañana en la Estación Dartford llevaba uno de mis discos de Chuck Berry cuando se me acercó otro chico que conocía de la primaria. ¡Él tiene todos sus discos y sus compañeros también!”, le escribía un joven de 18 años, llamado Keith Richards, a su tía. “Todos ellos aman el verdadero R&B, no esta mierda de Dinah Shore, Brook Benton”. Ese “verdadero R&B” lo encarnaban, en su propia enumeración, “Jimmy Reed, Muddy Waters, Chuck, Howlin ‘Wolf, John Lee Hooker, todos los bluesmen de Chicago”, y el chico en cuestión era Mick Jagger, “el mejor cantante de R&B de este lado del Atlántico”.

Años después, la amistad entre los dos guitarristas fue inevitable, componiendo un anecdotario pasional que incluye grandes épicas musicales pero también gritos y puños, como la famosa piña que el Stone recibió luego de ponerse a tocar la guitarra de su maestro: “nadie toca mi guitarra”.

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Keith & Chuck x Terry O’Neill

Los últimos años de Chuck Berry son inolvidables en el peor de los sentidos, con el peor de los sabores. Fue expuesto por su familia y empresarios afines a una explotación frente a todos sin ningún tipo de pudor. Sin ir más lejos, Buenos Aires fue testigo. Frente a un Luna Park agotado y ansioso por ovacionarlo y adorarlo, el viejo Chuck intentó -sin éxito- seguir las letras de las canciones que había cantado toda su vida. Ahí, con toda la desmemoria encima, la fatiga y la fragilidad de su cuerpo, apenas podía hacer pie rodeado de una banda y de hijos que imponían un ritmo imposible para un hombre que bordeaba los 90 años. En el último minuto, mientras lo ayudaban a salir del escenario luego de algunos incidentes extramusicales, Berry miró a los presentes y ofreció su mirada más desolada, con un espíritu más anhelante de socorro que de cualquier otra demostración de amor. El público lo entendió y lo aplaudió con respeto y gratitud.

Quizás por eso su noticia de fallecimiento fue tomada literalmente como una noticia de liberación, de descanso al fin, con la que volvieron a sonar en alto y con poder uno de sus versos más populares, los elegidos, también, por Sagan y Druyan para invitar a los extraterrestres a conocernos y para despedirlo a él en aquella carta que confirmaba su eternidad: “Go Johnny, go”.