La literatura como herramienta de emancipación

La historia de Zadie Smith y la de Jamaica Kincaid -mujeres, negras y escritoras- se encuentran entre sí en un punto de inflexión que ellas llaman suerte. Para Smith, fue la posibilidad de estudiar; para Kincaid, el descubrimiento de sus textos de parte de William Shawn, editor de The New Yorker.

Si es que la suerte existe (Zadie Smith dice que debemos asumir nuestra suerte histórica de no haber nacidos como esclavos, por ejemplo, para establecer el punto de partida desde dónde construimos nuestras verdades) la pregunta que podemos hacernos es ¿qué hicieron estas mujeres con sus identidades fragmentadas y la literatura como herramienta para transformar la especificidad de sus voces individuales en una retórica coral sobre el colonialismo?

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Zadie Smith por Sebastian Kim

Partida de nacimiento

Zadie Smith nació en Londres en 1975. Su nombre de origen es Sadie. Su obra literaria suele ser adjetivada como “multicultural” y ella responde al mote de buena gana escribiendo sobre lo que sabe: cómo es nacer y crecer en terreno opresor desde la perspectiva del oprimido. Su novela debut, Dientes blancos, así como las que siguieron, reflejan el estado paradojal de crecer como una niña o adolescente negra en una metrópoli blanca.

Algo similar ocurre con Jamaica Kincaid, nacida en 1949 como Elaine Cynthia Potter Richardson en el país antillano Antigua y Barbuda. A diferencia de Smith, Kincaid escapó de su tierra natal hacia Estados Unidos. Impulsada por una madre que deseaba quitar de su cabeza las ideas literarias, la joven aceptó viajar a Nueva York como au pair en el marco de un programa de intercambio que le permitió vivir en la casa de familias norteamericanas. Las condiciones eran simples, cuidar niños o ancianos y hacer tareas domésticas a cambio de techo y comida. Eso le permitió a Elaine comenzar a estudiar fotografía y despuntar el vicio de la escritura redactando artículos para una revista adolescente.

Ambas cambiaron sus nombres de nacimiento para ocupar el nuevo lugar: escribir la historia de sus orígenes, de su condición de mujeres negras, a partir de una refundación personal.

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Jamaica Kincaid por Sofie Sigrinn

De la especificidad del yo al grito colectivo

Smith y Kincaid lograron convertir su trabajo literario en una herramienta para trazar las líneas históricas de sus antepasados. En la delgada línea que articula la autobiografía y la ficción, la obra de estas escritoras pone de manifiesto un dolor de siglos a través de pequeñas historias que disputan el “poder de la lapicera” en el territorio del lenguaje.

Las novelas de Kincaid, Autobiografía de mi madre, Lucy y Mi hermano, reflejan la experiencia de la vida del colonizado pero también del crecer siendo negra.

En Tiempos de Swing, la novela de Smith que relata la amistad de dos niñas a través de su amor por el baile en un pequeño barrio de Londres, aparece Michael Jackson como la figura aspiracional de las familias negras de su entorno. En una entrevista con El Mundo la misma autora acepta lo traumática que fue la figura de Jackson para ella en la infancia. El niño más famoso del mundo era negro, un orgullo, que más tarde se convirtió en una fuente de vergüenza. Se operó la cara, se alisó el pelo y se blanqueó la piel porque siendo negro se sentía feo. ¿Qué se supone que debe pensar un niño negro al ver eso?

A Kincaid no le gusta que la califiquen dentro de un grupo de pertenencia. No se considera feminista ni militante de la negritud, y quizás ésta es la razón por la que genera posiciones tan encontradas dentro de Estados Unidos, su país adoptivo. Critica a los negros cuando aceptan el imaginario que los blancos han concebido sobre ellos: “Una de las cosas que más me molestan en cuanto a la vida de los negros en América es que se centre en el espectáculo; hemos permitido que sucediera de esta forma en Estados Unidos, ser considerados en cuanto al espectáculo, en cuanto al entretenimiento. No hay nada raro en ser negro. Hemos internalizado la otredad que nos han impuesto”.

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Kincaid en el Key West Literary Seminar 2018

La voz colonizada

En un artículo que escribe Jeffrey Eugenides con motivo del lanzamiento de Tiempos de swing, dice sobre Zadie Smith que cada vez que le alaba el vestuario, ella le dice lo barato que le salió por internet. Si se refiere a su nuevo peinado, le pone en la mano una trenza a lo Cleopatra y le explica: “Son extensiones”. Smith ha confesado que en la infancia se sentía un patito feo y que esa inseguridad física, reforzado por su lugar de clase y raza, ha sido trasladada a su trabajo literario.

La imposibilidad de escribir en primera persona, algo que finalmente ha logrado en Tiempos de swing gracias a la terapia, según ella misma explica, puede entenderse como una necesidad de despegarse de su propia identidad para abrazar la voz colectiva. Así, pone de manifiesto su detrás de escena: lo hace con los artificios de la feminidad (ese vestido que salió muy barato) y también con su obra literaria (no caer en una literatura yoica).

Una mujer, negra y escritora todavía encuentra obstáculos a la hora de tomar partido en el orden público. A pesar del nuevo clima de época, un rastro de sometimiento permanece impreso en el cuerpo. A Zadie no le resultó fácil rebobinar hasta el origen de su historia. Cuando viajó a Jamaica por primera vez, país de nacimiento de su madre, sintió repelencia y asfixia por ese calor húmedo tan distinto al de su Londres natal. Solo quería volver con sus amigos. Luego viajó a África y la experiencia fue distinta, un halo espiritual la rodeó y la puso en perspectiva: todos creían que ella era blanca. Porque, como sabemos, la negritud no es una categoría absoluta sino relacional.

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Zadie Smith con uno de sus libros

Ser negro es distinto en cada lugar

En una vieja entrevista que le realizó la periodista Moira Ferguson, Kincaid afirmó que ser negro en un país no es necesariamente equivalente a ser negro en otro. Muchos parecen asumir que la experiencia de ser negro en Estados Unidos es universal y esa presunción es falsa. El racismo aparece en todas partes pero necesitamos matices en la forma en que hablamos de estas experiencias. “Creo que los negros estadounidenses tienen una especie de nacionalismo sobre ser negro. Al ser una minoría, están más preocupados por la extinción de su identidad, mientras que nosotros no nos sentimos así. Todos en Antigua somos ​​negros. No tenemos el sentimiento de que siempre habrá personas blancas sentadas encima de las personas negras”.

Tal vez la clave esté en la última reflexión de Kincaid: “Debemos aceptar que vivimos todo el tiempo en una ambivalencia y contradicción increíbles, como por ejemplo tener solamente la lengua del opresor para escribir sobre la opresión”.

Sin embargo, lo que hicieron estas mujeres con su obra fue poner sobre el tapete esa paradoja. Situarse entre el lenguaje, habitarlo con el cuerpo, el nombre y la patria, para romperlo en mil pedazos y, a partir de allí, organizarlo de un nuevo modo que sea fiel a la memoria.