Blackout: 20 años

Method Man y Redman empezaron a rapear juntos alrededor de 1994, pero recién en 1999 plasmaron el trabajo de todos esos años en un álbum, Blackout!, lanzado exactamente un 28 de septiembre. Esta pauta temporal, desde el inicio y la intensidad de las colaboraciones conjuntas hasta la edición de su primer disco, será la marca del dúo, ya clásico entre los clásicos, que mantendrá hasta nuestra actualidad su pasión por las presentaciones y las performances en vivo por sobre la idea de entrar al estudio.

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Circa 1994

La amistad y complicidad entre ambos configura tal fraternidad que podemos decir que fueron separados al nacer por un puente, el que une a Staten Island con New Jersey, y que el resto lo hizo el hip hop, el mismo que también los contempla juntos bajo el reinado de Shaolin, porque Red, con los años, recibió la bendición Wu-Tang.

Para el momento de este lanzamiento, ambos ya eran nombres reconocidos, apreciados y premiados. Incluso gozaban de ser de los pocos que, mientras que las diferencias entre Tupac y Bad Boy calentaban el ambiente a los dos lados de las costas y obligaba a todos a tomar partido, ellos se mantuvieron en pie. Method Man no solo grabó con Biggie, también se cansó de compartir escenario. Y junto a Redman colaboraron con Tupac. Sin contar los registros póstumos, The What (incluido en Ready to Die) y Got My Mind Made Up (eternizado en All Eyez On Me) parecen una especie de animales mitológicos desprendiéndose del clima de una década que se corona con el álbum propio.

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1993: Redman con Tupac y Biggie. Foto Al Pereira. Abajo: Meth con Biggie en 1994

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A Special Joint
funciona literalmente como una puerta de entrada a una fiesta de amigos que nos compartirán sus códigos, chistes internos y las flores especiales guardadas para la ocasión. Y nada los detendrá. Por eso, en cuanto suenan las sirenas de la policía, ya no hay pausa para el siguiente tema, el que da nombre al álbum. Y en este devenir se complementa la carta de presentación: los chicos encantadores y carismáticos saben que son anfitriones y conocen su poder, así, irrumpen iluminados en la oscuridad y nos ponen a todos en movimiento. Blackout! es, entonces, una exposición de rimas vertiginosas y acentuadas, un punto de escape a las tensiones que se convierte en motivo de encuentro: Meth y Red también tienen funk y sabrán usarlo.

En Mi Casa las referencias callejeras toman el pulso y las chicanas territoriales vuelan por el aire, se burlan entre ellos para, en realidad, burlarse de los choques habituales en el hip hop. Con esta pieza, ellos ya ganaron.

Pocos pueden decir las rimas más sucias y las barbaridades más detonantes sin que se les pase factura. La mezcla de salvajismo, ternura y sensibilidad que siempre encarnó Meth le da ese permiso, que, para más, en 1999, ya sin Tupac, encabezaba el podio de los raperos más calientes. En Y.O.U. estas ideas llegan a otro nivel y cobran fuerza de leyenda teniendo en cuenta que empiezan a ser los últimos registros con su voz más pastosa. Redman se acomoda generoso, como si también tuviera claro esto, y acompaña con rimas a la altura pero que no llegan a morder la narrativa de su compañero de fórmula.

El momento de justicia poética llega casi sobre el final con la referencia a Big Daddy, el que configuró, sin dudas, las bases húmedas del este, pero, a su vez, Y.O.U. podría ser tranquilamente una pieza de Eazy E. Así, en cuerpo y espíritu, se le da reconocimiento a dos de sus referencias sagradas, las que cada vez que pueden traen a todo diálogo para que quede claro: están ahí por lo que hicieron esos otros antes, o al menos, están ahí y pudiéndolo hacer de este modo, detalle no menor, por lo que hicieron los que estuvieron antes que ellos.

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Meth & Red

Seguimos con 4 Seasons. LL Cool J y Ja Rule se suman a la dupla. Todos se miden, unos a otros, y hacen lo suyo, exaltan sus mejores cualidades, tanto en la rima como en el flow, pero están haciéndolo juntos. De nuevo hay un poco de burla a la escena y su afán competidor, pero sobre todo hay mucho de darle un espacio merecido y apreciado al rapero que en los 80, con el boombox en el hombro, fue ícono y figura de la cultura que los hermana. Una vez más, la lección es que no hay techo para la irreverencia, pero no hay un milímetro de espacio para la ignorancia: respeto y gratitud a los pioneros.

“No puedo confiar en los negros, los negros no pueden confiar en mí”. Cereal Killer es una de las perlas olvidadas de este álbum, se hace aún más grande en la forma que se ensambla con Da Rockwilder, que muy probablemente, al ser la niña mimada de Blackout!, sea también la responsable de ese lugar relegado de su antecesora. El ritmo preciso y la jugada metafórica de suspenso que teje Cereal Killer parecen salidos de una fórmula matemática, el logro es que con esa estructura calculada sea aún tan seductora y tentadora. Su nudo recién se distiende con el “Oh my God” que estalla al comienzo de Da Rockwilder. Clímax total y el desafío imposible de quedarse quieto. Un éxito justificado por donde se lo escuche y se lo baile.

Las mejores fiestas también tienen sus baches. Y la fuerza que logra el hit del álbum, tan breve y contundente, pareciera exponer aún más cómo los próximos temas se repiten un poco a sí mismos. Este tramo – Tear It Off, 1.2.1.2 y Maaad Crew– es donde el disco parece sentirse más largo de lo que realmente es. Pero entonces aparecen Ghostface y Streetlife para salvar las papas del fuego. La familia une fuerzas y todo remonta con Run 4 Cover. La personalidad de los invitados hace que el aire irremediablemente se renueve y que también los anfitriones vuelvan a manejar el ritmo, que da su propio vuelco personal, y antes de saltar al estallido final, se siente oscuro y venenoso. Por eso le sigue The ?, una catarata de referencias y guiños propios de su tiempo y lugar, porque incluso hasta los más burlones de los cliché de la escena tienen en su ADN el deseo de representar.

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Presentando Blackout! en MTV con Britney de anfitriona

Dat’s Dat Shit no da margen para la duda, empieza y te vuelve a llevar a un estado mental de pista, luces y humo. Esto significa, también, que las rimas salen como disparos, y Meth nos entrega una de las mejores del álbum con la sutileza política que lo caracteriza: “Dónde está el amor cuando sos un joven negro y quebrado?”. La respuesta no sorprenderá: está en el cenicero. Mally G y Young Zee se lucen.

Cheka y Fire Ine Hole, las dos últimas originales, porque luego se le sumaron tres piezas adicionales, logran un cierre (o principio de fin) que es por demás favorable, no solo para hacer de Blackout! un disco por demás digno y noble, sino que también para ponerle el moño a la década dorada. Ambas piezas podrían resumir los últimos 10 años del movimiento, reconociendo en diferentes pasajes los diversos sonidos de los 90 y aun, casi imperceptible, más como abrazo a los maestros antecesores que como identidad propia, se sienten los últimos suspiros de lo que fue la vieja escuela. Cuando sos un negro, casi adulto y consagrado, el amor ya deja de estar en el cenicero: está con los que te inspiraron a llegar ahí, o sea, a salir de algún allá.

We All Rite Cha, Big Dogs y How High, la otra hitera gracias a la película homónima que los tuvo a los dos como protagonistas, son las pistas adicionales y las que traen de nuevo el espíritu funk al frente. Voces arenosas, el choque de personalidades, las texturas de los muestreos resonando en el flow, siempre endulzado por alguna pista soulera, y que hacen del final definitivo de Blackout! una reivindicación a la sensualidad con la que fuimos invitados.

Si en aquel momento ya no había dudas de la fama de encantadores y grooveros con la que Meth & Red convivieron desde el principio de la década, y dejando de lado que diez años exactos después, en el 2009, nos bendijeron con Blackout! 2, la vigencia de la dupla tiene que ver también con su agudeza lejos de toda solemnidad. Son ese salir de la calle que no pasan a sentarse en una mesa de negocios trajeados. Sus lenguas siguen filosas y la mirada compasiva porque, de hecho, siguen estando con los pies en la tierra que los vio crecer y correr, a cada lado del puente que une New Jersey y Staten Island. Y nosotros, no importa donde estemos, seguimos perdiendo el cuerpo frente a estos dos funkies bravos que saben cómo llevárselo con ellos, pero que también saben convertir el beat de la cuestión en una pregunta karateca, aún sin respuesta, aún sin opción: “Quién diablos quiere morir por su cultura?”.