Construir lenguaje

“A mis alumnos siempre les recuerdo que cuando consigan el trabajo para el que se formaron no olviden que, si son libres, la función de la libertad es liberar a alguien más, si tienen algo de poder, empoderen a los que no están aún ahí. Ese será el trabajo real, el resto es por golosinas”. Fue para fines de marzo de 1981 que Toni Morrison daba esas declaraciones en la Newsweek, número que salió con ella en la tapa.

Toni_Morrison

Doce años después de esa entrevista, en un acto que además de justo dejó atrás décadas de indiferencia a la literatura femenina afro, Morrison recibía el Premio Nobel. Era la primera mujer negra en ganarlo y comenzó su discurso así: “Había una vez una anciana, una anciana que era ciega pero también era sabia. ¿O era un anciano? O quizás un gurú. O tal vez una leyenda para calmar a los niños inquietos. Escuché esta historia, o una exactamente igual, en el saber popular de varias culturas. Había una vez una anciana. Ciega. Sabia. En la versión que yo conozco, la mujer es hija de esclavos, de raza negra, norteamericana, y vive sola en una casa alejada del pueblo”. En esas palabras, y en menos de un minuto, la autora desnudaba la anatomía no sólo de su obra sino de sus búsquedas, intereses, pero, sobre todo, de su activismo incesante: la mirada a través del conocimiento como alma motora del diálogo que atraviesa la raza, el género y la clase, la mirada a través del conocimiento como punto de encuentro, como lenguaje propio de los que pertenecen a una misma historia más allá de, justamente, lo visible y lo impuesto. Y un detalle más: su definición innegociable de ser una escritora afroamericana para afroamericanos. En sus palabras: “Nunca pretendí que Tolstoi escribiera para mí, una niña de color en Lorain, Ohio. Nunca le pedí a Joyce que no mencionara el catolicismo o el mundo de Dublín. Nunca. Y no sé por qué deberían pedirme a mí que sea yo la que explica la vida de ustedes. Hay escritores geniales haciendo esto, pero yo no soy una de ellos; esa idea del escritor universal, de las palabras e historias que lo abarcan todo, que son, entonces, palabras sin sentido ni significado para mí. Faulkner escribió lo que supongo podría llamarse literatura regional y la publicó en todo el mundo. Ese es mi deseo, esa es mi idea. Si intentara escribir una novela universal, sería agua. Yo escribo sobre lo que escribo. Detrás de esta demanda que me hacen, de por qué no escribo para todos, está la sugerencia de que escribir para personas negras es de alguna manera disminuir mi escritura. Pero para mí no hay otra manera de escritura. Desde mi perspectiva solo hay personas negras”.

Timothy Greenfield-Sanders
Foto de Timothy Greenfield-Sanders

A principios de este año se celebró el lanzamiento de The Source of Self-Regard (PRH), una selección de ensayos, discursos y diversos textos de reflexión. Entre los tantos elogios que le dedica a James Baldwin, escribe “Hiciste que el inglés americano fuera honesto, genuinamente internacional. Exponías sus secretos y lo reformabas hasta que fuera verdaderamente moderno, dialógico, representativo, humano. Lo despojaste de su comodidad y del falso confort”. Se lo dice a uno de los escritores más emblemáticos e irreverentes, de los indispensables que se eligen rápido en un “pan y queso”, pero tranquilamente podría estar hablando de ella. Más aún, está hablando desde ella: es por su sensibilidad y su dulce hambre vincular que logra reconocer la esencia de la escritura de su colega, un reconocimiento que es mucho más que familiar y es una captura del mundo que anhelaba y que creía posible de plasmar en la literatura, porque “Morimos. Ese debe ser el significado de la vida. Pero construimos lenguaje. Esa debe ser la medida de nuestras vidas”.

Escribió once novelas, desde la compleja infancia de una niña negra y la composición de una voz femenina en Ojos azules (The Bluest Eye, 1970) a la historia de amor de una mujer de color exitosa lidiando con el pasado de una niñez repleta de violencias en La noche de los niños (God Help the Child, 2015). Entre una y otra figuran las destacadísimas Canción de Salomón (Song of Solomon, 1977), una crítica a la burguesía negra y al reniego de las raíces como única opción de integración en la sociedad blanca, y Beloved (1987), basada en la vida de la esclava afroamericana Margaret Garner, quien prefirió matar a su hija antes de verla padecer, una vez más, los horrores de la esclavitud. Rodeado de obras maestras, Jazz (1992) suele perderse a pesar de lo premiado y reconocido, pero es una de esas joyitas que hay que tener en la biblioteca: otra historia de amor contextualizada en los tiempos de la migración negra en la década del ’20, una migración que nace como única alternativa para sobrevivir a la segregación y la violencia desatada por la doctrina Jim Crow.

Avedon
Foto de Richard Avedon

Fue editora de Random House, desde donde arengó con audacia publicaciones de jóvenes afroamericanos, incluyendo a Angela Davis y Huey Newton. Dio clases, entre otras, en la Universidad de Princeton. En el 2012 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, momento eternizado en el abrazo con Obama. Además del Nobel, recibió el National Book Critics Circle Award y el Pulitzer, entre otros tantos. La manera de validar la importancia de los diferentes premios fue a través de la raza: “Siempre quise que una mujer negra ganara premios importantes, no tanto por los premios en sí, más bien por sus efectos sociales, que, aunque se pierdan en el gran mundo, dejan un impacto profundo en la comunidad. Al final, la primera mujer negra que ganó el Nobel fui yo. Me gustó porque me lo merecía, pero más nos lo merecíamos como comunidad. Cuando el libro encuentra al público para el que fue escrito esos lectores descubren que importan, que alguien les habla, y lo mejor, que pueden escribir también ellos, y si ese es el deseo que tienen, su vocación o sienten esa necesidad, no solo pueden sino deben hacerlo, están teniendo algo que contar. Esto en comunidades como la mía es una clave de supervivencia”.

Toni Morrison con su voz representativa no solo visibilizó brutalidad, le dio protagonismo a las historias domésticas e íntimas de los campos, al corazón de las viviendas sociales y las penurias económicas influenciando vorazmente los lazos familiares; habló de vida y amor entre las cadenas y a pesar de ellas. Morrison aportó un escenario de realismo afroamericano a la escritura como no se había hecho antes, porque humanizó la literatura. A fuerza de sensibilidad, lucidez, irreverencia y un activismo que nunca sacó los pies de la tierra hizo de esa literatura suya un campo de batallas y conquistas políticas, así como de sus discursos una fogata cultural para iluminar y calentar los relatos que abren la mirada y permiten nuevas preguntas.

Por todo esto, cuando llegó la noticia de su fallecimiento el pasado 5 de agosto la despedida se dio entre la absoluta tristeza y el total respeto, entre las fotos gesticulando apasionada, el puño en alto o bailando estallada con una sonrisa en su cara: todos teníamos una Toni Morrison que festejar, agradecer y despedir. Su adiós dio la vuelta al mundo porque previamente la construcción de su lenguaje ya lo había hecho, y su impacto no solo que no fue menor sino que estará siempre ahí para permitirnos el desahogo victorioso, ese último suspiro cuando se cierran cada uno de sus libros.