Niggaz & Roses

Se suele hablar muchísimo de la violencia neoyorkina de los años 70, una violencia que se replicó a lo largo y ancho del país bajo claras arengas y definiciones políticas, lo cual revela la para nada ingenua intención de poner tanta atención a ese momento en esa ciudad y de esa manera. Esta perspectiva se termina de confirmar si tenemos en cuenta cómo se pasó y se suele pasar por alto el clima prácticamente bélico de la década del 80 que tuvo a Los Ángeles como protagonista. A diferencia de lo que sucedía en NY la década anterior, este foco tuvo una contienda 100% racial sin ninguna cortina que pudiera cubrir su esencia: ya no existían el Black Panther, el BLA ni similares organizaciones revolucionarias negras y latinas para fundamentar los procedimientos, lo que quedaban eran las calles y su realidad, así que lo que restaba era taparlas de crack para darle forma real a un nuevo plan enmarcado en la arrastrada (y a esta altura ya más que fallida) “Guerra contra las drogas”.

Fue tan dejado a la suerte lo que ocurrió en las calles californianas a lo largo de los años 80 que los tiroteos y explosiones podían suceder en continuado y en total libertad a cualquier hora del día, sin embargo, aunque suene a normalización, cada evento trágico ocurrido no fue más que un proceso caliente que terminó por erosionar a finales de abril de 1992, en las jornadas fatales que se sucedieron desde la brutal golpiza que recibió Rodney King, un ex convicto afroamericano, hasta la liberación de toda responsabilidad y cargo de los oficiales que la propiciaron.   

Pero es imposible comprender estas revueltas sin detenernos en la era Reagan, con los vientos en todas sus direcciones tomados por el crack y la doble moral norteamericana festejando un nuevo capítulo de aquella “Guerra contra las drogas” con el fin de cazar latinos y afroamericanos, que a su vez eran los sectores principalmente dañados por una crisis económica que el mismo presidente calificó como la más grave desde la Gran Depresión.

Situados en ese tiempo, 1985/86, nos acomodamos en el lado Oeste, corazón de ese clima extremadamente desolado, para ver cómo esa rabia derivada de la injusticia social se transformaba en una cultura a prueba de balas.

Apenas con un año de diferencia, el cielo de California vería nacer a las dos bandas que como ninguna otra canalizarían esa energía agresiva y la urgencia de alterar un orden que se regodeaba en su fascismo, dos bandas que a lo largo de sus carreras funcionaron como un espejo entre sí aún cuando el reflejo apuntaba a diferentes públicos, pero, lo dicho, encarnaban el mismo estado anímico. Estamos hablando de Guns N’ Roses y NWA.

39b3f92861b21158680e710f3d29d122Appetite For Destruction salió en julio de 1987 y tardó un año en conquistar las listas Billboard. El detalle: lo logró justo un día antes de la salida de Straight Outta Compton. “Nos creíamos los chicos más malos del momento y entonces llegó NWA rapeando sobre su mundo, un mundo en el que salías de tu casa y te disparaban, así que nos dimos cuenta de lo que éramos realmente, tan sólo unos pendejos estúpidos y blancos”, recordó Axl Rose en una entrevista con NY Mag hace unos años, donde volvió a reafirmar su admiración por la banda de Compton, “en ese momento nos dijimos ‘ok, renunciemos a esto’, porque era imposible hablar de un estilo de vida duro con una banda como NWA sonando al lado”.

En tanto, Dre recordó que todavía vendían los casetes en el auto cuando prendieron la tele y enloquecieron por ver que Axl llevaba puesta una gorra de NWA, gorra que, por cierto, el cantante gastaría usándola para entrevistas, conciertos y videos. Pero este guiño apenas era el comienzo, porque al poco tiempo Straight Outta Compton explotaría en ventas y la historia de amor entre las bandas -si bien no llegaría al punto que todos hubiéramos querido disfrutar- crecería y gozaría de buena salud.

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En su biografía It’s So Easy: and other lies, Duff McKagan repasa como uno de los momentos más sensacionales el día que los conoció en persona, “es que la visión que tenía NWA de lo que pasaba en la calle fue un verdadero shock para el sistema”, y también recuerda con notable felicidad (más que con sólida memoria, claro) las veces que participaron de las fiestas en su casa. Sobre esto mismo, hace unos años para la Rolling Stone, DJ Yella contó que salía de ahí con dolores de cabeza que le duraban varios días por el volumen de la música. Los recuerdos de MC Ren son más agradables, “una vez fuimos a verlos al Forum de Inglewood, y estuvimos con ellos antes y después del concierto. Fueron muy geniales”, aunque lo mejor de la historia ocurrió en el backstage, “estábamos al costado del escenario conversando con Axl y de repente se puso a rapear!”.

El deseo de los Guns era salir de gira con NWA, quienes correspondían el deseo con creces, pero, para ese momento, las internas que tensionaban la convivencia entre ellos se acumulaban debido a la gestión del mánager del grupo y socio de Eazy E, Jerry Heller, responsable también de que la gira no sea posible. “Ellos nos ofrecían 25 mil dólares por 10 minutos, y a nosotros nos pusieron un precio innegociable de 50 mil”, contó Yella. Y como cada vez que fue cuestionado o acusado públicamente por cualquiera de los integrantes, Heller respondió doblando la apuesta: “no recuerdo que haya venido nadie a decirme algo de esa gira ni mucho menos recibir una propuesta en firme, pero de haber sido así yo hubiera pedido más de 50 mil dólares porque en ese momento lo valían”.

Los Guns, finalmente, salieron a conquistar al mundo sin su banda amiga. En esas giras largas y endemoniadas, con las que llegaron a pisar y encender el suelo argentino, profundizarían no solo su autodestrucción individual sino que también la grupal. Mientras ellos se embarcaban en ese principio del fin, Dre, tarde pero seguro, seguía los pasos de Ice Cube y dejaba NWA, con todo lo que eso significaba, y Eazy E quedaba en posición de guerra con sus ex compañeros y con Suge Knight, flamante socio de Dre.

En paralelo, como una historia inevitablemente en común que debía trazarse al unísono, la furia angelina alcanzaba sus noches de fuego con el caso Rodney, y a partir de ahí, a finales de abril y principios de mayo de 1992, todas las furias y los fulgores menguarían hasta transformarse en otra cosa.

Ocho meses después, justo antes de que termine el año, The Chronic veía la luz y Dre lo definía así: “Es el disco que necesitaba la ciudad y todos nosotros para reencontrarnos con ella, había mucho que reparar y para eso necesitábamos una nueva energía creativa, teníamos que aligerarnos de toda la presión que caía sobre nuestra espalda como comunidad, pero eso no podía significarse olvidar o ignorar lo que sucedía. The Chronic es esa combinación entre el deseo de relajarse y la urgencia por enfrentar al sistema para cambiar la realidad”.

Y esa nueva realidad, que había parido oficialmente al g-funk, confirmaba que todo lo que no había sido ya no iba a poder ser. La distancia entre los integrantes de NWA parecía irremediable, y lo fue por el siguiente par de años. Cuando el reencuentro se pudo dar, quizás demasiado tarde en lo musical pero justo a tiempo en lo personal, llegó la noticia de que Eazy E tenía SIDA. En esos mismos años, la formación de los Guns con la que los chicos de Compton se habían hermanado entró en un ida y vuelta de salidas, reemplazos y escándalos. El punto final se dio con el portazo de Slash condenando prácticamente al olvido a la banda liderada por Axl, un Axl -a esta altura- por demás descontrolado. Era 1996, ya hacía un año que Eazy había fallecido.