Despertar digital

A partir de la década del 60 el reggae dio origen a subgéneros tan o más progresistas y populares. Esos subgéneros tomarían protagonismo llegando a la década del 80 y consolidarían un proceso que comenzó con la elevación del dub, alcanzó su punto caliente con el dancehall y una nueva expansión con el raggamuffin.

Mientras que en Estados Unidos las nuevas generaciones hacían lo suyo con el hip hop y en Europa la música electrónica buscaba su destino, los sonidos jamaiquinos cambiarían para siempre -y con ellos las vinculaciones sociales- a partir de la llegada de la nueva tecnología a la isla. Esto se dio de la mano del músico Wayne Smith y del productor King Jammy cuando lanzaron Under Mi Sleng Teng (1985), tema con el que quedarían atrás las raíces instrumentales, se instalarían los samples y el sonido del teclado Casio musicalizaría hasta al viento.

Si el reggae instrumental encuentra en Bob Marley y su visión universalista un faro de humanidad y de fe, el dancehall se ocupó de invocar una introspección social y generacional, le dio voz a una juventud con ganas de contar lo que veía y vivía, por lo que la nueva narrativa plantó sus pies en la tierra y en el presente material para manifestar su espíritu localista, atravesado por la idea del encuentro y la celebración, equilibrando conciencia-experimentalismo-hedonismo.

La fotógrafa canadiense Beth Lesser escuchó por primera vez reggae a fines de la década del 70 en Toronto y llegó a Jamaica justo para presenciar esta transición de la escena. Rápidamente se enamoró e instaló en la isla, pero también viajaría constantemente por trabajo a Nueva York, donde se cruzaría todo el tiempo con una escena de hip hop que emergía y hacía hervir a la ciudad. “La importancia de los años 80 no se puede ignorar porque fueron los años en los que el reggae y el hip hop comenzaron a despegarse de las esquinas para salir a otros mundos, y no lo hicieron distanciados entre sí como siempre se cree, porque también hubo un intercambio cultural muy rico. El reggae comenzó a ser aceptado por los afroamericanos urbanos y los jamaiquinos se sintieron inspirados por el hip hop. Luego sucedió en la isla el boom digital y la conversación se pudo dar de otra manera, menos aislada y más integral”, rememora la artista. Para los 90, las alianzas musicales se volvieron habituales y entraron a ocupar un lugar destacado en ambas escenas.

Extendiendo lo que cuenta Lesser, y entendiendo la realidad social en los márgenes donde el acercamiento sonoro y comunitario estaba ocurriendo, en territorio norteamericano fueron los latinos el enlace fundamental, claves en el crecimiento del hip hop, protagonistas tanto de enfrentamientos como en las búsquedas de convivencia entre pandillas, en sus constituciones y disoluciones. Todos esos orígenes intrincados entre unos y otros que ocurría en USA, con mayoría de internas sujetas al gueto y a la venta de drogas, se aligeraba bastante en la isla a través del flamante descubrimiento de la tecnología, aunque la supervivencia también era compleja por esos lares debido a los escenarios políticos que componían un tenso clima de época en un panorama continental posrevolucionario, arrasado por las desigualdades y las ausencias que la lucha había dejado.

Es exactamente en ese escenario donde concentra su ensayo fotográfico la canadiense, lo llamativo es que lo hace desde la poco explorada cotidiana jamaiquina y lo hace con un enfático entusiasmo de estar siendo muy consciente del momento en la historia que está registrando, “cada uno de ellos hizo fácil mi trabajo, se respiraba lo nuevo y sabían que estaban haciendo algo importante, reparador, el hip hop representaba una oportunidad, había abierto una puerta, y ellos también querían hacer algo así, ser vistos con algo que hable de ellos. Sus ganas de mostrarse fueron generosas con mi arte”.

Beth Lesser logra transmitir la energía creativa y de transformación que se vivía en Kingston con frescura y expansión emocional, porque lo hace como testigo privilegiada pero también comprometida, de ahí que su testimonio de capturas no sea para nada neutral ni ingenuo. “Los guetos en todas partes son despreciados y criminalizados, pero también se los comercializa, se los usa, por eso cuando logran por sus propios medios alzar la voz construyen algo imponente”, reflexiona la fotógrafa que eternizó con su lente la concepción de un nuevo sonido en una región que pocas veces fue así de documentada, en el momento exacto y desde la fraternidad con esos hermanos y hermanas, con esa nueva generación que desde el centro de América también estaba dispuesta a entregarse a su propio tiempo de florecimiento cultural. Tal como lo hizo.

Todas las fotografías están incluidas en el libro Dancehall: The Rise Of Jamaican Dancehall Culture (Soul Jazz Records, 2008)