Una voz invencible para una vida subordinada

La historia de Whitney Elizabeth Houston podría contarse en cifras. Podría decirse que su homónimo álbum debut vendió 12 millones de copias en Estados Unidos; que el primer sencillo en él, How will I know, trepó al primer puesto de los rankings no solo en su país sino también en Canadá, Noruega, el Reino Unido, Suecia e Irlanda. Y eso fue apenas el comienzo. Al finalizar los ochentas, Whitney había roto el récord de mayor cantidad de número unos consecutivos en Billboard Hot 100 superando, de un plumazo, a Los Beatles, los Bee Gees y a Elvis. En 1991, 80 millones de personas la vieron por TV entonar el himno nacional en el Super Bowl en un país de patriotismo recargado gracias a la Guerra del Golfo. En 1992, protagonizó su primera película junto a Kevin Costner. La banda de sonido de The bodyguard vendió 45 millones de copias en todo el mundo, consagrándose como el soundtrack más vendido de la historia. El 1999, firmó con la discográfica Arista un contrato histórico para una artista mujer y afroamericana por la suma de 100 millones de dólares. Hacia el ocaso de su carrera había recibido más de 400 premios nacionales e internacionales y vendido más de 200 millones de discos alrededor del mundo. La historia arrasadora de Whitney Elizabeth Houston no es posible sin los relatos de la productividad y el consumo de una industria del entretenimiento que la hizo suya mientras pudo.

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Super Bowl 1991. Foto Michael Zagaris

Hija de la cantante y back up singer Cissy Houston y el funcionario público municipal John Houston, Whitney nació en agosto del 63 en Newark y se crió ahí mismo, en el gueto de Nueva Jersey. Custodiada por sus dos hermanos varones, Gary Garland y Michael, creció en un barrio de casas bajas en los márgenes de la gran manzana, en los suburbios de uno de los puntos más blancos de Estados Unidos. La familia la apodó “Nippy” desde pequeña y los suyos la describieron como tímida pero dura, callada pero fuerte, bella y envidiada por las otras niñas del barrio.

En aquellos tiempos le hacían bullying porque salía a jugar bien vestida y porque su piel era demasiado clara para ser negra, asunto que volvería a pisarle los talones con un peso exponencial muchos años después. En 1989 el público de los Soul Train Awards abucheó su imagen cuando apareció en las pantallas por esa misma razón, y ahora, además, por lo musical: demasiado pop para el góspel o el soul, demasiado exitosa para ser marginal, demasiado gustada por los blancos para considerarse miembro de la resistencia afroamericana. Parte de la comunidad, incómoda con su fama, organizó un boicot en el que la llamaban “Whitey” quizás sin saber que el paulatino lavado de color de la cantante era responsabilidad de la disquera. “Cualquier material que grabara y sonara demasiado ‘negro’, demasiado ‘r&B’, demasiado ‘soul’ era rebotado por los ejecutivos de Arista”, contó uno de sus músicos.

Bajo la mirada feroz de su familia, el control profesional de los productores y, luego, los juicios de valor del público, Whitney había entrado en la máquina del entretenimiento para perder toda libertad y convertirse en la intérprete perfecta de los deseos ajenos, sobreadaptada a ese equilibrio peligroso entre la conciencia racializada y las exigencias blancas. En sus palabras, “hay muchas cosas del negocio que no son divertidas y a las cuales estoy subordinada”.

Randee St. Nicholas
Foto Randee St. Nicholas

Una carrera demasiado parecida a la persecución

La industria del entretenimiento es usina de sentido. Y construye su relato porque, en el fondo y no tan en el fondo, es una de las máquinas más poderosas de gestión política. Como Madonna acompañó a las mujeres en su liberación sexual, como hoy en Beyoncé se condensa la narrativa feminista americana, en las décadas del 80 y 90 fue en la figura ya mítica de Whitney Houston donde se centraron los valores de la familia y las buenas costumbres, de los sueños cumplidos y la superación, tanto personal como del mandato social. Y aunque sintiera escalofríos cada vez que le decían que era un role model para las niñas y jóvenes, sin dudas lo fue.

Se le adjudicaba haber tenido una “infancia idílica”, un entorno creyente, unido en lo afectivo y en lucha eterna por acceder a la american way of life. Whitney fue obediente y disciplinada al recibir el entrenamiento vocal de Cissy durante toda su infancia y juventud. Aprendió a leer música, vocalizar, sacar aire de los rincones más inhóspitos de su metro sesenta y ocho y estirar los límites de la voz. Lo hacía en el sótano de su casa, a veces sola, a veces con sus hermanos, pero siempre bajo el ojo leonino de su madre, quien aseguraba que Nippy había nacido “tocada por Dios” y que lograba poner lágrimas en los ojos de todos porque había aprendido lo que nadie, “a cantar desde el pecho, el corazón y la cabeza”.  Aunque el siempre presente góspel y la tradición familiar habían puesto la vara muy alta, en los años siguientes iba a ser Whitney la que se reiría de eso, con su sonrisa perfecta y los ojos achinados, desde mucho más arriba. Tenía un talento natural, carácter de suburbios y había logrado lo que su mamá siempre había querido pero nunca alcanzado. Claro que todo aquello no podía ser gratuito.

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Whitney cuando aun era Nippy

En su adolescencia temprana, Whitney comenzó a hacerle coros a su madre, ya posicionada como artista solista, en algunas presentaciones en Nueva York. Cissy probaba así, no solamente la voz, sino las capacidades escénicas de su hija quien, noche a noche, superaba con creces las expectativas de su creadora. Hasta que una fecha Whitney la reemplazó y las disqueras, siempre pululantes, enloquecieron. Clive Davis, productor musical ―también gestor de las explosiones en las carreras de Janis Joplin, Lou Reed, Simon & Garfunkel, Alicia Keys, entre otros―, la hizo firmar su primer contrato a los 19 años. Y cuando el presidente de Arista Records la llevó a la TV por primera vez, Whitney cantó en vivo How will I know en The Merv Griffin Show y ya no hubo vuelta atrás.

No fueron necesarios intentos fallidos para que la carrera de esta Black Princess se consagrara. Poco tiempo después de su debut, ya generaba volúmenes de dinero sin precedentes y había puesto a toda su familia a trabajar con y para ella. Los Houston se transformaron de una pequeña familia de Nueva Jersey a una corporación familiar multimillonaria: padre, hermanos, cuñadas, tíos, primos y amigos eran parte del monstruo. Whitney prefirió a sus grandes afectos por sobre los profesionales de la industria. Prefirió trabajar acompañada por la gente en la que más confiaba y la que, presumía, iba a contenerla si acaso lo necesitara. Pero donde hay dinero, los family business rara vez terminan bien. Tristemente, la historia demostraría lo contrario con robos, fraudes y estafas.

Dos amores, muchos dolores

Nippy conoció a Robyn Crawford cuando tenía 16 años y todavía eran alumnas, de diferentes años, del colegio de monjas al que asistían. La química entre ellas fue instantánea y lo suficientemente potente como para soportar veinte años de vértigos, alegrías y amarguras. Robyn se pegó a Whitney desde los comienzos de su carrera, cuando todavía trabajaba de modelo y había salido en la tapa de una revista adolescente. Compartieron departamento cuando la cantante se fue de su casa familiar a los 18 años.

La presencia constante de Robyn en su vida,  fotos y durante las giras habían alertado a la prensa amarillista. “Is Whitney gay?”, “Lesbian romance!”, titulaban las revistas de gran tirada con rumores en crecida sobre la vida sexoafectiva de Houston. Rumores que ella misma se sentía obligada a desmentir en cada oportunidad. dejando en claro que Robyn era una gran amiga, su red de contención, su asistente personal, su alma gemela. Una vez más, presionada por la disquera y su familia cristiana, Whitney no estaba autorizada a blanquear la verdadera relación que mantenía con Robyn. Hablar de lesbianismo, hablar de bisexualidad o, más aún, hablar de lesbianismo y bisexualidad entre mujeres de color era considerado el peor tipo de publicidad posible y la solidez del vínculo con Crawford representaba una amenaza para la familia Houston. Todos la odiaban y la querían fuera de la vida y el negocio de Whitney, a tal punto que John, el patriarca, supo pagar una suma ridícula de dinero para que la lastimaran.

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La cantante junto a Robyn Crawford

El show debía continuar incluso fuera del escenario. Con el vendaval de rumores, la vida amorosa de la cantante necesitaba compensarse con figuras masculinas que reforzaran una heterosexualidad obediente y vendedora. Salió con el actor Eddie Murphy, con el quarterback Randall Cunningham y con el gastronómico Brad Johnson. Decían que Robert De Niro la llenaba de regalos y quería conquistarla.

No fue sino hasta la entrega de premios en la que recibió el abucheo que marcó su vida, que Whitney conoció a Bobby Brown, el bad boy del momento. Seis años más joven que ella, del rapero la sedujo su desparpajo y esa actitud rebelde que tanto contraste hacían con su historia de princesa. Comenzaron una amistad cercana que se transformó en amorío poco tiempo después. Los tabloides, los medios, los paparazzis y el público ahora sí estaban satisfechos con uno de los romances más icónicos de la historia del entretenimiento. En 1992, mismo año del estreno de The Bodyguard ―película que marcó un antes y un después en Hollywood por retratar un romance entre un hombre blanco y una mujer negra―, la pareja se casó y en marzo de 1993 nació Bobbi Kristina, única hija del matrimonio. Robyn fue algo más que estoica y nunca se fue del lado de Whitney. Fue incluso primera dama de honor en la boda mediática.

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El rapero y la cantante durante su boda

Whitney había alcanzado todo lo que quería. Tenía éxito, dinero y una familia a la que amaba. Estaba convencida de que la llegada de Bobby a su vida había sido un designio de Dios y que ambos “estaban listos para las mismas cosas”. Pero la fama y el talento de Brown eran módicos en comparación a los de ella, asunto que terminó con el cuento de hadas y comenzó a traer conflictos. No fueron solamente las juergas de la pareja las únicas noticias que se hicieron costumbre; el comportamiento errático y conflictivo de él, los celos y la envidia que sentía por su mujer, llevaban al matrimonio a las primeras planas, las noticias y los programas centrales de chimentos. Episodios de violencia tanto privados como públicos, arrestos, juicios, quilombos e infidelidades estaban a la orden del día..

La convivencia de Robyn y Bobby en el mismo mapa afectivo generaba mucho más que tensiones. No faltaron oportunidades de violencia en las que Whitney debía interceder para calmar las aguas, situación que Brown aprovechaba para complotar con su familia política e intentar deshacerse de la que él consideraba la tercera en discordia. Robyn fue la compañera de Whitney en los primeros años de ascenso hasta el pico de fama en 1999, momento en el que las cosas a su lado pasaron de ser difíciles a imposibles. Algunos dicen que se fue porque le pagaron millones de dólares por su silencio. Otros, porque ya no toleraba ser testigo del espiral autodestructivo de la mujer que amaba, de la relación codependiente y de hostigamientos que tenía con Brown. No fue hasta el año 2007, después de idas y vueltas, que Whitney y Bobby firmaron su divorcio.

Consumir hasta consumirse

Los hermanos Houston estaban familiarizados con las drogas desde pequeños porque, como se los ha oído declarar, “eran los ochentas y no estaba mal drogarse”. Whitney ya conocía la marihuana, la cocaína y el crack cuando conoció a su marido pero fue él quien le abrió la puerta al universo de la bebida. Y fue la industria la que siempre pedía de su Princesa Negra, de su cuerpo y de su voz, un poco más. Para este momento ella ya se había dejado convertir en una máquina de hacer de dinero y, ni siquiera siendo multimillonaria, merecía parar. Lejos había quedado la pureza del canto, tapada por los ruidos hambrientos y sin glamour de los contratos: si Whitney necesitaba ayuda extra para hacer su trabajo, su entorno cercano se lo proveía y no importaba si el costo lo pagaba su cuerpo, su instrumento, su voz. Porque, repito, esta es también una historia de productividad y de consumo, una tragedia por sobreadaptación.

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Whitney y Cissy. Foto Jack Vartoogian

Las drogas, esa experiencia perfecta inscripta siempre entre el gusto y la necesidad, fueron llevando a Whitney a espacios muy oscuros. Mantener su bisexualidad oculta, la partida de su amor Robyn Crawford de su vida y la pelea con su padre ―que, luego de haber sido descubierto robando dinero a su hija, la demandó por 100 millones de dólares― fueron situaciones clave en el historial de consumo de sustancias de la cantante. Sufrió varias sobredosis, entró y salió de rehabilitación varias veces, sin poder mantenerse alejada de “la bestia” por demasiado tiempo. Salía en las tapas de las revistas bajo títulos como “Drug disaster” y la satirizaban en los programas de comedia: el público consumía su decadencia al ritmo que las drogas y el abandono la consumían a ella. Las personas de su entorno que sí se preocupaban por Whitney y no hacían caso omiso a su franco deterioro eran despedidos por los Houston. Tal fue el caso de su guardaespaldas David Roberts, desvinculado de sus tareas en 1995 tras haber presentado un reporte.

El documental sobre la vida de Whitney Houston dirigido por Kevin MacDonald comienza con la voz de su protagonista contando un sueño recurrente: “Alguien me persigue, siempre estoy escapando de un gigante”. Su madre, Cissy, le diría que quienes la persiguen eran sus demonios. Whitney, interpelada en TV abierta acerca de su extrema delgadez y el consumo de drogas por Diane Sawyer, se haría dueña su destino: “Mi demonio soy yo”.

El 11 de febrero de 2012, su asistente personal Mary Jones la encontró muerta a los 48 años en la bañera de la habitación 434 del Beverly Hilton. En su funeral, su gran amigo Kevin Costner advirtió: “Cuando se haga la lista de las mejores cantantes del siglo XX, no tendrá mucho sentido para mí si Whitney no está en ella”.