Kamoinge

Comenzaba la década del 60, los movimientos de derechos civiles se consolidaban y con ellos una nueva agenda, la escena del jazz con un protagonismo aún sin techo también exigía atención y la palpitante conciencia afroamericana -a punto de dar el gran salto- cargaba las conversaciones de preguntas, deseos, talentos y experiencias que iban más rápido que la ley, las oportunidades y la sociedad en general.

Si a la fotografía le costó encontrar su lugar en el mundo del arte, si su irrupción provocó más de una “guerra” entre ilustradores, editores y fotógrafos, porque los primeros acusaban que “esta moda” les quitaba el trabajo, entre otros tantos cruces que no nos importan al menos ahora y en este espacio, no es complicado imaginar las adversidades que en plena época de segregación pasaron los artistas afroamericanos y latinos que encontraron en la cámara un arma de expresión y registro. Lo insólito, dentro de las posibilidades que el escenario segregado permite imaginarnos como tal, es que esa adversidad se extendería aún cuando eran ellos los que estaban en el centro de la escena, tanto en la lucha como en la música.

A principios de los años 60 varios fotógrafos decidieron salir a trabajar juntos reconociendo este panorama y tratando de hacer alguna fuerza mayor,  pero fue realmente en 1963 cuando se dio el cambio, cuando esos grupos se sentaron y decidieron crear un colectivo que vaya un poco más allá del mero hecho de sacar fotos. Por un lado estaba el Grupo 35, compuesto por los fotógrafos James Ray Francis, Louis Draper, Herman Howard, Earl James y Calvin Mercer, y por el otro estaban Herb Randall, Albert Fennar, Shawn Walker y James Mannas. “Las revistas no apoyaban nuestro trabajo, así que queríamos animarnos unos a otros a seguir haciéndolo, porque creíamos en lo que hacíamos, teníamos una idea cultural sobre nuestro trabajo, tan básica como ser nosotros los que reflejemos la vida negra y no únicamente los blancos, que en el mejor de los casos no terminaban de comprendernos y en la mayoría nos bestializaban o caricaturizaban por decisión editorial. Así que pensamos que esta unión sería una forma de mantenernos pensando, de no quedarnos bajo ese golpe y de mantenernos entusiasmados por cuidarnos entre nosotros y a la imagen que se daba de los nuestros”, explicó Draper entrevistado por la investigadora Erina Duganne hace unos años.

Tenían tan claro el panorama y las sensaciones compartidas eran tan de raíz que de aquella primera reunión saldrían hermanados y con un nombre que no dejaba dudas: Kamoinge, que proviene del idioma Gikuyu de Kenia y significa “un grupo de personas que actúan juntas”.

La primera definición del colectivo fue armar un portfolio, “de esta forma nadie podría decir que no lo intentábamos, y, sobre todo, como no sabíamos bien qué podía pasar, era una forma de confirmar nuestra existencia, de dejar ahí esas fotos que mostraban otros perfiles no explorados de nuestra gente”. Perfiles que buscaban dar testimonio de la vida negra cotidiana a partir de ese palpito de hábitos y costumbres que componen la cultura popular y marcan la esencia de lo familiar, por eso la vida negra se traza por el sentido del encuentro entre hermanos y hermanas, como un refugio inescapable pero también como un tesoro fértil de transformación; y por eso también las fotos que el colectivo lograba de la escena de jazz son notablemente superior al resto, es que nadie como ellos para lograr en cada disparo tomar ese trasfondo emocional y social que envolvía a aquellos músicos y que, en definitiva, parió aquellos sonidos.

Durante los primeros dos años fue todo cuesta arriba y se iban reuniendo en las casas de los integrantes de manera rotativa, hasta que finalmente en 1965 hicieron la apuesta de alquilar un estudio en el corazón de Harlem, lo que dio nacimiento a la Galería Kamoinge. Para ese momento se había sumado, entre otros históricos, Roy DeCarava, quien fue elegido por votación para ocupar el cargo de Director del grupo, “fue un mentor, fue un guía y una inspiración constante para nosotros. Nos ayudó a expresar nuestras opiniones como fotógrafos, nos ayudó a reconocernos como agentes de cambio y nos permitió presentar una visión diferente, una fotografía de nuestra comunidad para nuestra comunidad, algo que para ese momento parecía imposible”, recuerda Shawn Walker, quien redondea que “fue un tiempo muy rico y de ver en nuestro trabajo concreto como nuestras ideas, pensamientos y sentimientos tenían sentido, eran posibles y eran reales”.

A fuerza de talleres, charlas, asesoramiento y exposiciones colectivas se fueron consolidando y los objetivos fueron mutando con los ritmos sociales, culturales y políticos. Esos mismos cambios exigían lucidez en sus lecturas y búsquedas creativas. Lejos de achicarse, los Kamoinge encontraron en esa exclusión a la corriente principal la posibilidad de narrar con lealtad lo que estaba ocurriendo o lo que hasta ese momento no se había narrado nunca, y para más, lo hicieron con estilos y sentidos estéticos que marcaron un precedente para todos. De hecho, la organización y la identidad fotográfica que lograron fueron acciones que revolucionaron e inspiraron también a varias generaciones de fotógrafos blancos.

La Galería abierta no duró muchos años, en parte por las denuncias que recibían de algunos vecinos por las obras expuestas, pero también porque la realidad social comenzó a agitarse y eso provocó nuevos requerimientos para la agrupación.

A más de 55 años la mayoría goza de haber realizado un recorrido por demás reconocido, tanto grupal como individual, siguen disfrutando de las reuniones temporales y de la continuidad que llegó con nuevas generaciones, extrañan a los que ya no están y articulan homenajes, siguen editando libros, ahora bajo la cura de los más jóvenes, y se asombran por el amor que reciben a pesar del tiempo que pasó, “solamente estábamos desarrollando una nueva conciencia negra, era lo que todos -conscientes o no- en ese momento estábamos haciendo, y nosotros deseábamos reflejar a nuestra gente de una forma fiel, con su dignidad y amorosidad. Simplemente estábamos haciendo lo que había que hacer, la urgencia del momento no nos daba tiempo para pensar en hacer historia, más bien pensábamos en dar testimonio día por día, porque la salvación es día por día”.