Unidad por un lado, COINTELPRO como respuesta

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Con una visión revolucionaria que buscaba la unión total de negros, blancos, latinos y orientales desde la conciencia de clase y/o la comunión de ideas anticapitalistas y antiimperialistas, luego de la toma del Capitolio en California, la que permitió exponer, justamente, esta visión, se desató una ola de autoconvocatoria a nivel nacional para sumarse al partido Pantera Negra. Todos querían ser parte y esto se correspondía perfecto con su idea de unidad.

A pesar de no estar preparados para ese estallido, aceptaron a todos con mínimas condiciones: cumplir con las tareas destinadas dentro de la estructura y el trabajo territorial, con la formación política y el entrenamiento de armas. Ese nivel de aceptación, a la larga, se convertiría en una trampa, porque le permitiría al FBI operar fácilmente desde adentro, a quienes les preocupaba enfáticamente las alianzas con las organizaciones estudiantiles, porque esto implicaba la unión de las juventudes blancas y racializadas, con el detalle para nada menor de tener a los afroamericanos como referencia principal y líderes de sus militancias.

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Foto: Stephen Shames

Una anécdota que pinta de cuerpo entero este espíritu la cuenta el japonés Mike Tagawa. Iba en el auto manejando con su novia por Seattle cuando se cruzaron con unos cincuenta “hermanos negros y hermanas negras” que iban marchando, “todos vestidos de negro, con camisas azul claro, boinas”. Mike conocía a uno de los referentes locales, Bobby White, con quien cruzó algunas palabras y lo invitó a sumarse. Tagawa cuenta que hasta ese momento no había entendido el panorama de violencia que se vivía, un poco porque en Seattle “estaban todas las razas, las que te imagines, y todos convivíamos bien”, y otro tanto por su propia tradición familiar y porque venía siguiendo de cerca a Martin Luther King. Pero mientras que White le hablaba, él empezó a sentir lo ridículo que era esperar que acabe la brutalidad policial sin enfrentarla, o sea, permitir la violencia sobre uno ejercida por otros en nombre de la paz. Así que cuando le sugirió que lo pensara bien ya no se negó, tan sólo suspiró con resignación “pero yo no soy negro”, a lo que el referente pantera le dijo “pero tampoco sos supremacista”. En ese mismo momento Tagawa selló su ingreso, y “lo volvería a hacer una y cada vez, lo supe siempre pero antes no había podido verlo con tanta claridad: la violencia está acá siempre con nosotros, lo que pasa que la caracterizan y te la enseñan de tal manera que puedas reconocerla en ciertas circunstancias y con determinada interpretación. Pero existe todo el tiempo y sucede todo el tiempo frente a nosotros, y como tal habilita una reacción. Eso es nuestra defensa, una reacción, y la defensa de cualquier oprimido, por más que otros la vean como violencia, es una parte fundamental de un equilibrio social. Es el Yin Yang”, reflexiona.

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Mike Tagawa fotografiado para el libro The Black Panthers: Portraits from an Unfinished Revolution, de Bryan Shih (2016)

Elbert Howard, alias Big Man, pantera de la primera hora, cree que uno de los fuertes del partido fue haberse dado cuenta que ninguna ambición revolucionaria podía tapar lo urgente, que no había un orgullo posible por lo que estaban haciendo si, mientras lo hacían, los niños del barrio se doblaban del hambre. Pensar, organizar, implementar e ir multiplicando los Programas de Supervivencia era también un gesto de lo que el Estado debería hacer y no hacía, y ese gesto se mostró como un reconocimiento de la capacidad colectiva, “involucramos a la comunidad y demostramos cómo era posible darnos soluciones mientras que el gobierno definía que no éramos dignos de recibir su ayuda. Por lo que estos programas se trataban de ayudarnos a nosotros mismos, de organizar nuestras herramientas”.

Fue exactamente en el momento de mayor repercusión, asistencia, colaboraciones, solidaridad, fue justo en el momento que comenzaban a levantar una clínica modelo en Harlem, una guardería en Oakland, y diferentes proyectos de este tipo sintonizados a las necesidades comunitarias a lo largo de los capítulos en los que ya tenían bases consolidadas, gracias al trabajo en conjunto con latinos, orientales y blancos, religiosos y clase trabajadora, que el FBI -con John Edgar Hoover a la cabeza- lanzaba su avanzada y desplegaba todo el poderío del COINTELPRO (1956/1971).

“El propósito de este nuevo esfuerzo de contrainteligencia es exponer, alterar, informar mal, desacreditar o neutralizar de otras formas las actividades de los nacionalistas negros”, advierte el documento. La clave en la que se sostuvo el accionar por encima de todos los márgenes posibles de la legalidad y por fuera de todos los extremos más allá de los derechos humanos se encuentra en la línea “neutralizar de otras formas”; ese neutralizar significaba, ni más ni menos, que valía todo, incluso ir más allá del todo imaginable. Bajo un absoluto nivel de confidencialidad, cada semana las oficinas del FBI recibían cartas enviadas por Hoover exigiéndole resultados y nuevas ideas para lograr el objetivo.

Si bien el punto de perseguir y destruir al partido en sí mismo quedaba claro en ese contexto, hay una capa más allá de los Black Panther, porque el COINTELPRO no nació con ellos, aunque sí desapareció una vez que cumplió su objetivo final de desarticularlos. En el memo en el que se plantean las metas de las operaciones de contrainteligencia se subraya enfáticamente lo sustancial del programa: “evitar que aparezca el Mesías negro”, “evitar la unión y el encantamiento de la juventud”, “evitar la militancia negra para que no ganen respetabilidad”.

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Las organizaciones universitarias en el marco del movimiento Free Huey

Persecución personalizada y callejera, guardias e ingresos sorpresivos en sus domicilios, intervención en los teléfonos, correspondencia falsificada para generar malentendidos, allanamientos ilegales y construcción de “enfrentamientos”, hostigamiento y acoso que alcanzaba a todo el grupo familiar empezaron a ser moneda corriente. Llegado el momento los oficiales negociaban “tenemos estas pruebas en su contra, o acepta que en breve será ejecutado o puede salvarse convirtiéndose en un informante”. Las pruebas eran ficciones, recortes de realidad ensamblados para confundir y perturbar. Frente a las negativas de cada uno de los integrantes, no sólo que el partido empezó a perder filas territoriales por ensancharse la lista de los encarcelados, sino que el FBI no se resignó, claro, y recurrió a otros presos (ajenos a la causa) para negociar su liberación a cambio de que se infiltrasen y cumplieran misiones específicas. Habría que dedicar unas cuentas páginas aparte para ver lo que ocurría con los juicios, las causas inventadas que se sucedían y sostenían a fuerza de irregularidades y definiciones puestas a dedo según lo que el momento requería. En palabras de Huey Newton, “durante los primeros 5 años del Partido, el tiempo no se medía en día ni en meses ni en horas, parecía medirse en los movimientos de compañeros y hermanos que entraban y salían de la cárcel, por las fechas de las audiencias, por las liberaciones y los juicios. Nuestras vidas fueron reguladas no por el ritmo ordinario de los eventos diarios, sino por el mecanismo forzado de los procesos judiciales a los que se nos exponía”.

De las 290 acciones que surgieron desde el COINTELPRO, 249 fueron destinadas al partido Pantera Negra. Todavía quedan más de 20 integrantes detenidos bajo condiciones no muy diferentes a la de los años 70, negándoles garantías, derechos y posibilidades de revisión de sus procesos judiciales, aun a pesar de estar algunos con grandes problemas de salud, haber llevado una conducta intachable y permanecer todas estas décadas en aislamiento.