Un buen día para morir

Un buen día para morir, de Alice Walker

La permanente roca interna.

Llega un momento en la vida
en que uno percibe que está bien morir
justo ahora, como en este instante.
No es una idea suicida
sino que viene de un sentido
de completitud.

Puede sobrevenirnos
muchas veces
este sentimiento de estar listos,
si dejamos que olas de asombro nos agarren
allí donde vivimos hondo y donde permanecemos por completo
para acogerlas.

Estaba echada en la bañera caliente
esta mañana
cuidando de mi ciática
mientras meditaba en ello.

No era el dolor,
era el cielo.

Donde vivo y sueño
en las durmientes colinas
de Carolina del Norte
hay algo
una gran niebla brillante en las mañanas
que se agolpa en miles de formas
antes de rodar y encresparse sin prisa
sobre las copas de las secoyas
hacia el no muy distante
no muy perceptible mar
de la costa.

Es el “Dragón”
de nuestra vecindario
y esta mañana
estaba espectacular.

Goteando agua
agarré mi toalla
y mi cámara,
no podía dejar
de hacerle fotos
o de exclamar alto
mi asombro.

Una hora después aun está allí,
desplegando su cola luminosa,
serpenteando,
esparciendo sus escamas de
brumosa alma
a lo largo de un bajo y húmedo
cielo azul turquí y plomizo.

Y me quedo sin aliento
en la dicha de ser
una terrícola cósmica.
Mi destino de ser
Todo
y de ser Siempre.
Como agua y niebla:
sin límites por siempre
y por siempre
nunca libre.