Soy un negocio

La semana arrancó con la noticia que contiene un carácter único: es tan obvia como disruptiva, y, aunque no asombre, a su vez, tiene en sí un impacto cultural histórico. Jay Z es el primer rapero multimillonario, aunque hace varios años que Jay Z ya no es un rapero, o no tan solo un rapero, sino, más bien, un empresario. O, mejor dicho, una empresa. Y esto no es desmerecer su obra, él mismo se ha definido así (“no soy un hombre de negocios, soy un negocio”), pero, para más, la propia presentación de Forbes se refiere a que la conquista es bastante inusual si la mirásemos solamente desde lo artístico, porque no sólo es el primer rapero, también “es uno de los pocos artistas en transformarse en multimillonario”.

Su fortuna pasó la barrera de los mil millones de dólares a fuerza de diferentes inversiones y acciones que afectan a diferentes mercados: desde bienes raíces hasta arte, pasando por bebidas alcohólicas y compañías de servicios.

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Tenía 9 años cuando, en una esquina neoyorkina, vio por primera vez a alguien rapear. Durante 30 minutos su atención se vio totalmente magnetizada por ese chico que rimaba y seguía el ritmo “como en un trance religioso, espiritual”. Esa noche, el pequeño Shawn Carter llegó a su casa, en el complejo de viviendas Marcy en Brooklyn, y comenzó a estudiar el diccionario. A partir de ahí, el cuaderno y la birome lo acompañarían donde fuera. “En todos los lugares a los que iba escribía. Si cruzando la calle se me venía una rima a la cabeza, no importaba, ahí mismo abría el cuaderno y escribía, si sucedía antes de cruzar tampoco me importaba perder el turno. Escribir mis rimas para no perderlas era lo más importante”, cuenta en Decoded (Spiegel & Grau, 2010), su libro definitivo, al menos hasta el momento, indispensable en cuanto a su obra y su carrera, pero, sobre todo, para conocer el entramado, la agudeza y la sensibilidad de sus visiones y carácter.

También en esas páginas describe como llegando a la adolescencia -a los días de supervivencia en la calle, a los tiempos en los cuales la venta del crack era su principal negocio y el punto de encuentro con otros- el ritmo de su escritura comenzó a verse afectado por su propio ritmo de vida. No podía detenerse a escribir en cualquier lado o “a cada rato, con cada rima que se caía”. Y es ahí donde empezó a ejercitar su mente, a explorar el poder del conocimiento y de la memoria, a entender que en esa capacidad estaría, como plasmaría más tarde en una de sus letras, la llave que encajó en la cerradura y le abrió la puerta al hip hop.

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Decoded se parece a un libro que publica un músico en los últimos años de su carrera, incluso por el protagonismo que se le da a las fotografías que complementan lo narrado. Y algo de eso hay, porque Jay Z lo edita matemáticamente cuando su futuro ya estaba claramente destinado a los negocios. Es, entonces, un libro que reorganiza su lugar en la música: el rap en la infancia apareció como una bendición, en la adolescencia como una llave, en la juventud como el medio para reconfirmar su “ser negocio”, y ya, en la adultez, vuelve a ese lugar de placer, de hobby, de encuentro con amigos y colegas, de exploración. Ya no hay necesidad de rapear, hay, en todo caso, una historia que debe continuar escribiéndose con voz propia y una búsqueda de posicionamientos políticos y culturales que se sostienen, también, gracias a su ubicación económica y de poder, por eso su activismo marca agenda.

El Jay Z escritor es mucho más generoso e interesante que el Jay Z rapero, y, al menos para nuestro lugar, que el “Jay Z negocio”. Si bien en sus discos la dramatización de su vida es un elemento habitual, en sus libros prefiere un tono más confesional y la humanización de sus días, de sus pensamientos frente a cada escenario; en ese aspecto Decoded es su publicación más pretenciosa, porque, sin romantizar la pobreza ni culpabilizarse, más bien, exonerado y testimonial, abre su infancia y adolescencia para abrazar al realismo lejos de lo heroico.

Así, este libro se vuelve bastante áspero, crudo y apabullante en su costado autobiográfico, poético e inspirador cuando funciona como un manual de estudio de su obra, y escenográfico en cuanto y en tanto lo vincular entre el hip hop y la calle, la calle y las drogas, la calle-las drogas-el hip hop y los deportes que parecen destinados a las comunidades negras, priorizando al boxeo, elección para nada inocente ni ingenua. Lejos de su arrogancia característica, mitad lúdica y mitad supervivencia, estas páginas cargadas de información y con largos historiales de anécdotas imperdibles, que van desde anónimos callejeros hasta Biggie o Lauryn Hill, muestran la complejidad de Jay Z como la de todos los que sobrevivieron a la calle, con ausencia de políticas y oportunidades que se vuelven una presencia primitiva y brutal puertas adentro, en la violencia doméstica y cotidiana, empezando, sin más, frente al abandono de sus padres.

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Foto Timothy White / 1988

“Éramos huérfanos, por lo que encontramos a nuestros padres en las calles y en nuestra propia historia, y, en cierto modo, eso fue un regalo”, concluye sobre el final de las páginas que cumplen, una por una, con lo que el título promete, y coronan esa promesa en estas líneas que terminan de contar mucho más allá de cómo es que Shawn Carter llegó a ser Jay Z, el primer rapero multimillonario, “teníamos que escoger y elegir a los ancestros que inspirarían el mundo que íbamos a crear para nosotros mismos. Esa elección formó parte del espíritu de ese tiempo y lugar, y fue la base fundacional de la cultura que creamos. El rap tomó los remanentes de una sociedad moribunda y provocó un cambio con eso. Nuestros padres se habían ido, generalmente porque habían sido rechazados por el sistema, pero nos dejaron sus discos, y todo lo que tuvimos que hacer fue tomar esos viejos vinilos para construir nuestro mundo nuevo”.

El resto es historia conocida, una historia que, lógica y vitalmente, mantiene el orden a fuerza de las alteraciones y no resignándose a las herencias familiares, pero potencialmente a las sociales y políticas, que la mayoría de las veces son ruinas discursivas que se usan, como también dice el protagonista de esta nota, “para no dejarnos tomar el control de la parte que a cada uno nos toca hacer, y en esa parte también toca ensuciarnos, equivocarnos y salvarnos”.