La revolución ilustrada por Emory Douglas

Emory Douglas (1943) nació en Míchigan, pero creció en el Área de la Bahía. Desde muy chico tuvo en claro dos cosas: el riesgo mortal de ser negro en USA, y que su pasión por el dibujo la usaría como una herramienta plena de comunicación.

Con una concepción 100% de artista popular, jamás le interesó hablarle a otros que no sean sus hermanos y hermanas negras; lo heroico es que, hasta ese momento, nadie les había hablado así, nadie había mirado a los guetos, donde rápidamente sus ilustraciones comenzaron a empapelarlo todo.

A modo nota mental, cuando vimos a Kerry James Marshall, dijimos que una de sus grandes inspiraciones había sido, justamente, Emory, quien terminó con la falta de referencialidad, con el desarraigo de identidad y la carencia de soportes culturales que padecía la comunidad negra. Su visión fue definitiva para lo que sucedió con el arte a partir de él, y esto alcanza a todo un arco de artistas que es imposible de poner bajo un mismo concepto, pero sin dudas vemos sus influencias en los inmediatos y obvios, así como también en nombres como Basquiat o Banksy, sobre todo el de los primeros años.

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Hablando con los medios cuando el partido Pantera Negra ingresó al Capitolio
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Siendo detenido en esa misma jornada

Cuando en los años 60 se militarizaron los guetos Douglas apenas pasaba los 20 años, pero ya era parte del movimiento BAM (Black Arts Movement), comandado por Amiri Baraka y organizado bajo los versos calientes de los poemas que levantaban la voz, como el de James Baldwin que desafiaba que había una sola forma de hacer arte, y que era “perturbar la paz”.

El proceso de despertar de conciencia se aceleró notoriamente con el asesinato de Malcolm X, el principal agitador de las nuevas formas, exactamente opuestas a las que planteaba Martin Luther King. Malcolm veía imposible transitar la redención y la transversalidad, “no estoy a favor de la violencia, estoy a favor de la justicia social, y esto es a como dé lugar”, decía. En ese contexto, Douglas se acercó a una charla que Betty Shabazz daba en la Bahía, en pleno procesamiento del duelo por su marido recién asesinado, y se encontró con que Huey Newton y Bobby Seale venían planeando organizar a sus vecinos con las instrucciones de autodefensa que Malcolm promovía. Pocos meses después nacía el partido Pantera Negra.

El artista fue de los miembros originales, estuvo desde el minuto 0 hasta el final, arañando el comienzo de la década del 80. Durante ese tiempo fue el Ministro de Cultura del partido y el director del periódico, que en sus mejores tiempos llegó a tener una distribución mayor a 550 mil ejemplares mensuales. Además, fue el artífice de The Lumpen, la banda de funk que buscaba expandir el mensaje revolucionario por otros medios, intentando no perder el valioso sentido de la organización y la fraternidad en tiempos en donde los asesinatos en manos de la policía y/o el FBI, los exilios, juicios armados y encarcelamientos no cesaban.

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Deteniéndonos en su arte, y dando por hecho la lectura de lo de Marshall que enlazo unos párrafos más arriba para complementar estas ideas, vale decir que, más allá de la belleza y contundencia de cada una de sus obras, en las que experimenta diversas técnicas dando pistas de su formación en el Bellas Artes, su gran estrella es la capacidad de comunicar, de difundir un mensaje de autodeterminación de forma clara, ferozmente contraria a la habitual: sus negros y negras son figuras llenas de dignidad y con hambre de justicia, intentando salvarse o reponerse de la violencia institucional sistemática, así como también de la represión estatal. No están quietos, no están anestesiados, tienen furia y dolor, pueden llorar y pueden transformar ese llanto en una gran fuerza popular. Son personas comunes, hay lugar y espacio para cada uno, y cada uno es fundamental, porque cada uno es “la comunidad”. No se automatizan en la lucha, se miran entre sí, pero también miran hacia afuera y hacia el fondo, buscan en sus raíces y en las de la historia, donde se encuentran que la lucha es siempre la misma y los hermanados también somos siempre los mismos frente al enemigo habitual.

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Douglas logró que su arte representara la política y lo político, por eso es una visibilización que conmovió y que generó una representación que se vio notable y masivamente en las calles, que no se quedó en lo poético y evitó con sabiduría la romantización.

En definitiva, Emory Douglas construyó la mitología visual de la era del Black Power, la humanización de la comunidad deshumanizada y la anatomía social atravesada por la focalización de un objetivo que -antes de tener que ver con un deseo de libertad- necesita la conquista de derechos que le permiten a uno comenzar a desear por fuera de la emergencia.

Su legado -que durante varias décadas fue silenciado, quemado, olvidado, censurado- es de las principales herramientas de estudio y de reconstrucción de aquellos años, porque si algo entendieron los Pantera fue, tal como recitaba Gil Scott Heron abriendo paso junto a The Last Poets y otras agrupaciones similares, que “la revolución no será televisada”, entonces tenía que ser sí o sí graficada, porque la historia deben contarla los protagonistas, si no, como advertía Malcolm, la cuentan los que van a hacerle creer a las mayorías sociales que los vulnerados son los enemigos y que los que están salvando al mundo son los burgueses con sus progresismos blancos. 

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