IGOR, creador y figura

“Esto es IGOR. (…) No entrés esperando un álbum de rap. No entrés esperando un típico álbum”. La recomendación, entre otras tantas, es dada por el propio padre y productor de la criatura, Tyler, The Creator, en el manifiesto que incluye el arte del disco fundado en un rosa furioso, tan furioso como existencial.

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El artista californiano mostró desde el principio que poco le interesaban los caminos convencionales. Multifacético y con amplias inquietudes creativas, en IGOR confluyen todas sus voces y miradas, así como también todas las anatomías del sonido. El resultado es una obra que será abrazada por sus seguidores habituales, pero que también se siente muy bien, demasiado bien, para los que hasta acá, tal vez por mera perspectiva generacional, lo miramos de reojo, a veces con más distancia y otras con más cercanía. IGOR es la expresión de un momento que identificamos siempre después: cuando la madurez alcanzada y el sonido de los números borra toda diferencia de edad. Ya uno no es niño, adolescente, ya uno “no está” grande, ya somos directamente adultos y algo retumba en cómo decimos lo que vivimos.

Si Tyler nos tiene acostumbrados al escape del formato típico de las canciones y de la métrica habitual del hip hop, en ese sentido, IGOR no es una sorpresa. La fuerza, en este caso, es el ensamble logrado. A lo largo de las 12 canciones, y pasando por cada una de ellas, vamos a escuchar un desfile de géneros y estilos componiendo un atrevido collage musical, no es tan sencillamente un catalogo de beats, hay algo más ahí tejiéndose y generando atmósferas. Porque es desde esos climas que florecerán estribillos pegadizos y pasajes encantadores, suaves, magias minúsculas, lo que nos obliga a una escucha más con la piel que con la mente. Lejos de ser un trabajo musical, en su sentido sonoro, la producción compone la manifestación anímica.

Quizás por eso mismo, y más allá de lo tonto que suena el artista cuando quiere explicar o guiarnos sobre su obra, Tyler también sugiere en su manifiesto que el disco debería escucharse de forma íntima y seguida. Y su sugerencia es un acierto. La intimidad permite conectar con cada detalle de esa excelente producción, obsesivamente expresiva, y hacerlo de forma continua es una invitación a que esa conexión, además, sea viva, personal, profunda. Entre las miles de capas que tiene cada pieza, el anfitrión se esfuerza en acercarnos los silencios que nos debemos y hacerlos más dulces.

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IGOR experimenta las tormentas del amor no correspondido, del desamor tomando vuelo de locura y desprecio; sí, es habitual en él hablarnos de amor, pero esta vez lo hace con menos sátira y mucha más crudeza. El corazón roto de Tyler cae en plena madurez. Sin dejar de ser gestual y dramáticamente pop, ya es un hombre que sabe que las palabras, tanto en su presencia o en su ausencia, siempre dicen, y las mismas palabras que ayer acariciaban son las que luego pueden ser fatales. Desde esa convivencia de formas, que no banalizan el fondo, se aventura a las maniobras del dolor y de sus pensamientos. Tratándose de quien se trata, ya sabemos, también, que la ambigüedad tendrá su protagonismo y el desenlace no será una confesión, aun en sus pasajes más literales, sino más bien su propia redención en un viaje que dentro del hip hop cada vez hace menos ruido. El rompecabezas lírico se completa con su marca: las quejas al sistema siempre van guardadas ahí bajo la manga para escupirlas en el momento justo, porque no hay manera de evitar que las vinculaciones emocionales no se vean afectadas por el mundo en el que vivimos.

Pharrell, Solange, Kanye West, Santigold, Lil Uzi Vert y Playboi Carti son solo algunos de los que sumaron a la fiesta revalorizando aún más una obra que tiene todo para ser memorable. La sorpresa emotiva, con sabor a justicia poética teniendo en cuenta el espíritu del álbum, es ese sobrevuelo al legado de Al Green en Are We Still Friends?, la que marca el final del recorrido. Para ese momento ya habremos disfrutado por demás de los recurrentes aportes vocales de Jerrod Carmichael. Un disco que en todos estos detalles direccionados hacia el propósito anímico lleva a la producción al nivel de acupuntura.

Tan moderno como espiritual, tan fresco como introspectivo, lo suficientemente sensible como para contrariar los tiempos del tabú sentimental y con afán renacentista como para dar la nota en los tiempos del tabú procesal, IGOR presenta a sí mismo un problema. No sin solución, la brillantez poética y lúdica de Tyler sabrá llegar a buen puerto. Es un problema que incluso suena poderoso y expectante, porque aunque lo conocemos mucho y desde hace tantos años, apenas vamos conociendo a este joven devenido en adulto con ganas de hablar menos y decir más. Lo cierto es que IGOR es un disco tan perfecto que es ahí que termina teniendo su potencial error: hoy es mejor que su creador, que tendrá que sostenerlo.