En el nombre de Malcolm X

Cuando Malcolm Little nació, un 19 de mayo de 1925, su familia vivía en Omaha, Nebraska, sobre el río Misuri. Su madre, Louise Norton Little, era ama de casa y se ocupaba de sus 8 hijos, y su padre, Earl Little, era un ministro bautista partidario del nacionalismo negro que comandaba Marcus Garvey.

Antes de que Malcolm cumpliera 4 años ya se habían tenido que mudar dos veces de ciudad escapando del grupo supremacista Black Legion, quienes amenazaban constantemente a la familia por el activismo del ministro. Estos movimientos eran de los más habituales en aquellos años, tiempos en donde los afrodescendientes comenzaron a “desparramarse” por todo el país, no en busca de oportunidades económicas, como suele decirse, sino que escapaban del terrorismo racial, y, aún sabiendo que en el propio traslado y en el nuevo destino tampoco estarían a salvo, no hacerlo era entregarse a la tragedia.

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La historia no fue diferente para los Little. En 1929, viviendo en Lansing, Michigan, su casa apareció incendiada. Y dos años después, el cuerpo de Earl fue encontrado en las vías. El dolor fue tal que Louise comenzó a sufrir crisis emocionales, por lo que la internaron en un psiquiátrico, y los 8 hermanos fueron separados y enviados a diferentes orfanatos donde crecieron.

La adolescencia de Malcolm tampoco pudo escapar del destino inevitable de la calle, donde forjó su carácter de supervivencia y, sin saberlo aún, las bases de una fuerza popular que sabría abrazarlo y acompañarlo para cuando decidiera encarnar un nuevo giro en la historia de Estados Unidos gracias a la pulsión de sus ideas, las mismas que provocaron uno de los legados políticos, sociales y culturales más importantes del siglo XX, esencial y principalmente, en su comunidad, pero, en realidad, para el que quiera oírlo y ver lo indispensable más allá de las razas y géneros.

En 1946 fue arrestado en Boston, y recibió una condena de 10 años por robo, aunque saldría poco más de 3 años antes bajo libertad condicional. El tiempo tras las rejas fue clave. Mientras intentaba hacer valer cada minuto tratando de formarse, su hermano Reginald comenzó a acercarle material de la religión musulmana y de los textos que escribía Elijah Muhammad, líder de la NOI (Nation of Islam). Las lecturas sobre las propuestas separatistas y sobre cómo, de manera sistemática, la América blanca evitaba la organización de los afrodescendientes le dieron un nuevo sentido a sus visiones, pero, sobre todo, a su pasado, por lo que no dudó en sumarse.

La nueva etapa de su vida se coronaría cambiándose el apellido. El Little, un apellido de esclavo elegido por los amos de sus ancestros, quedaría atrás. La X identificaba el desconocimiento de su verdadero apellido de raíz.

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“No se olviden que los criminales son los que privan al resto de sus derechos, no los que salen a reclamar lo que les pertenece. (…) Será la bala o será el voto. Será libertad o será la muerte”

Con inteligencia filosa y lucidez abismal, con un carisma único, una capacidad de oratoria y claridad conceptual pocas veces vista, apasionado y con la fortaleza del que lleva encima muchas vidas de supervivencia, muchos comenzar y dar de nuevo, pero sin borrar lo anterior, Malcolm X se convirtió oficialmente en Ministro y portavoz de la NOI. El tono irreverente, la voz firme y los pensamientos engrosados por el no pacifismo desentonaban ampliamente con los discursos de los movimientos por los derechos civiles, por lo que su figura se convirtió en un centro magnético de atención para todos. Un “todos” que incluía a personas racializadas, medios, gobierno, pero, también, a los propios hermanos de la NOI, quienes comenzaban a sentirse desplazados por su presencia inevitablemente trascendental.

En el medio de esos primeros desencuentros internos, Malcolm descubre que Elijah Muhammad no era el profeta viviente que él creía. Relacionado con varias mujeres a la vez, teniendo varios hijos extramatrimoniales, fue una gran desilusión (“no voy a descansar hasta que no pueda remediar el daño que le hice a mi comunidad invitándolos a seguir a este hombre”). Cuando él decidió unirse a la NOI había cambiado totalmente su filosofía de vida respetando los estándares impuestos, y lo mismo exigía a los nuevos convocados. Luego de negarse al pedido del líder de hacer silencio al respecto, y de haber sido castigado con 90 días de suspensión por haber dicho, palabras más, palabras menos, que el asesinato de Kennedy era un boomerang, Malcolm decide dejar la organización y fundar la MMI (Musli Mosque, Inc / Asociación de la Mezquita Musulmana).

Durante su paso por la NOI la expansión islámica fue contundente. Abrió mezquitas en Detroit, Michigan y en Nueva York se apropió de Harlem, corazón y pulmón absoluto de su obra. Los números de adhesiones hablan por sí mismos, mientras que cuando él se sumó en 1952 había cerca de 500 integrantes, para 1963, año que se separó, superaba los 30 mil.

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“No habrá tal cosa como una verdadera solidaridad obrera mientras no haya solidaridad racial”

El FBI, sin embargo, no tomó ese crecimiento como un boom religioso y entendió perfectamente que el valor real, el fondo de esa avanzada, tenía un solo responsable y era el espíritu revolucionario de Malcolm X. En cuanto lo advirtieron, hicieron su gracia: vigilancia plena de sus movimientos a través de cámaras y escuchas puestas en sus espacios, persecución e infiltrados, entre ellos, uno de los guardaespaldas, y otras acciones de monitoreo e intervencionistas para generar mayores malestares entre él y sus pares.

Para más, en 1964, con la MMI ya funcionando a pleno, organizó un viaje a La Meca y África, encontrándose con un nuevo quiebre frente a las enseñanzas impuestas por Ellijah Muhammad. “Estuve conviviendo con hombres blancos, hombres de cabellos rubios y ojos bien azules, lo vi, estuve con ellos y los puedo llamar mis hermanos”, dijo en su primer discurso de vuelta a Estados Unidos, en el que pidió perdón por no haber comprendido hasta ese momento que, en realidad, los enemigos no eran todos los blancos, eran los capitalistas e imperialistas, por lo que sus palabras y convocatorias se abrían a todas las razas, géneros y religiones.

El Malcolm post viaje se consolidaba en cada una de sus palabras y acciones como el hombre faro hacia ese mundo de nuevas libertades y justicias sociales que la época comenzaba a reclamar y, gracias a él, cada vez con menos timidez.

Este deseo de unidad frente al enemigo ya totalmente identificado, personificado y declarado marcó que su tiempo estaba contado. Y el FBI encontró en el enfrentamiento de Malcolm con la NOI los canales para acelerar ese final, poniendo a trabajar a todos sus infiltrados de forma tal que sean los propios ex compañeros de organización quienes salgan a hacer el trabajo sucio. Por esos días se decía que el giro discursivo que había dado, contradiciendo las ideas de Elijah Muhammad, quien veían a todos los blancos como enemigos, estaban advirtiendo un plan secreto para atentar fatalmente contra la NOI, incluso, se lo llegó a acusar de tener bombas en su auto con el que se paseaba por la puerta de la organización. Así se creo un escenario amenazante que dispuso a los hombres islámicos a estar en posición de defensa. Una sensación de defensa ficticia que no tardaría en volverse ataques reales.

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“Si no tenés cuidado, los periódicos te harán odiar a las personas que están siendo oprimidas y te llevarán a amar a los que oprimen. Lo más peligroso es que no te darás cuenta quién sos vos, y, probablemente, sientas que no sos ni una ni otra, convirtiéndote en un mero espectador con opiniones profundamente erradas”.

Por lo que los últimos meses de la vida de Malcolm X sucedieron entre intentos fallidos de ser asesinado, incluyendo un incendio de su casa en East Elmhurst, con su esposa (embarazada de gemelas) y sus cuatro hijas adentro, quienes lograron escapar. Esto ocurrió el 14 de febrero de 1965. Una semana después, el 21, dando un discurso en el Audubon Ballroom de Manhattan, tres hombres de la NOI se lanzaron sobre él y le dispararon 15 veces a corta distancia.

Tenía 39 años.

El final trágico, injusto, doloroso sin vuelta atrás para toda la comunidad afrodescendiente, así como para todo el arco político deseante de cambiar aquella realidad segregada y opresiva, no pudo romper con la tradición de toda lucha certera, genuina y de liberación. Mataron a Malcolm X, pero ya lo habían escuchado miles, ya había tocado e iluminado a las nuevas juventudes que con el llanto de la despedida decidieron que no había más tiempo para pedir “por favor”. Con los impulsos despiertos y la memoria viva del hombre que ya no estaba, de ese adiós nacía la era del Black Power y los partidos revolucionarios salían a la calle.

La historia, entonces, como siempre, continuaba. Y continuará.