El bluesman del diablo

Por Barb Pistoia y Tomás Rua
Ilustración de portada David Lloyd Glover

Un 8 de mayo de 1911, en la maldita Mississippi, nacía el bluesman más influyente y misterioso de todos los tiempos, incluso en el sentido más espiritual y agudo que esta idea implica. Ya lo diría Martin Scorsese, uno de sus principales devotos, “Robert Johnson sólo existió en sus discos, fue pura leyenda”.

No hace demasiado tiempo que se sabe su fecha de nacimiento. En 1967 apareció finalmente su certificado de defunción, y a partir de ahí, la historia del hombre que enloquece e inspira a todo aquel que lo escucha, creador de las bases del rock & roll y padre creativo de tipos como Eric Clapton, Keith Richards, Brian Jones, Bob Dylan, entre otros tantos, se pudo construir un poco, pero tampoco demasiado.

Nacido en el corazón de una familia de esclavos, su vida se armó y se desarmó varias veces a lo largo de su infancia por las propias circunstancias sociales de la época. Como si fuera algo inescapable de esos tiempos, las tragedias solían perseguir a esos hombres y mujeres a través de toda su vida, y con él esta verdad alcanzaría otro estado.

Los maltratos de su padrastro aumentaban a medida que su pasión por la música crecía. Desde muy niño comenzó tocando la armónica y experimentó con el arpa. Para el pequeño Johnson trabajar en las plantaciones de algodón no era una opción, el drama era que no había otra opción para la comunidad negra.

Aun así, los sonidos blueseros dominaban a cada lado del río y cada vez era más habitual que los hombres se juntasen a tocarlo. Esto fue cobrando una forma de ritual por sí solo, porque debían mantenerse alejados de la iglesia, la que veía con malos ojos esa música que, además de lamentos, estaba llena de maldiciones. Es que las letras de aquel blues salían directamente del cuerpo recibiendo el latigazo, daban el testimonio puro sin redención posible, con las heridas abiertas y el anhelo vivo, tanto de la venganza como de la liberación, por eso en las mejores voces del blues encontramos un ideario de nocturnidad, aullidos y manadas, la voracidad de la liberación pero también de su inmensidad.

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Cuando podía escapar, Robert se metía en esas reuniones a pesar de que su talento para la guitarra era nulo. Sus dedos eran demasiado largos, sonaba torpe y desafinado. Pero su deseo estaba ahí, con aquel instrumento que se le hacía imposible. Y ahí, entre esas cuerdas, lo esperaba un destino lejos de la esclavitud heredada.

Como los esclavos no tenían plata para pagarle a los músicos, la única forma de sobrevivir para ellos era alejándose de los campos y llegando a las calles de los pueblos. Ser músico callejero en esos umbrales era la antesala para pasar a tocar en los bares, donde se hacía realmente la diferencia económica. Pero para llegar a ese ingreso, no había matices, se tenía que tocar extraordinariamente bien. Algo que él no lograba y que estaba aún lejos de conseguirlo.

Para más, en 1928, mientras la idea de que el blues era música diabólica y maldita ya estaba totalmente instalada, Johnson se enamoró de una adolescente de 15 años, Virginia, perteneciente a una familia religiosa. Después de varios años de lidiar con la música y evitar el destino familiar, por amor, él le prometió que colgaría la guitarra, abandonaría el intento soñado y se entregaría al trabajo en el campo. Esta promesa garantizaba recibir la bendición para que el matrimonio sea un hecho. Y así fue.

Durante aproximadamente un año la vida familiar siguió su curso, hasta que Virginia, embarazada de 8 meses, partió hacia la casa de sus abuelos para dar a luz. Esa separación forzada y ocasional significó para él un tiempo que hasta ese momento no había vuelto a tener: agarrar la guitarra, salir a tocar. Sin dudarlo, planeó todo como para estar de vuelta cuando su amada y el bebé volvieran a casa. Lo que nunca imaginó es que ambos morirían en el parto.

Los rumores de su regreso a la guitarra y al blues no tardaron en correr, rumores empapados de las ideas religiosas y que lo acomodaron como el gran culpable de la situación. Su volver a la guitarra había hecho que el diablo se acercara a su familia y la muerte fuera inevitable. Totalmente desbastado y bajo el señalamiento de todos, eligió irse, volver a la vida nómada, buscar de pueblo en pueblo lugares para poder tocar. Pero como seguía siendo un aprendiz, estos acercamientos nunca resultaban exitosos.

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Ilustración Mark Hammermeister

No fueron pocas las veces que era expulsado de los lugares y que se veía envuelto en riñas de todo tipo. Hasta que finalmente, después de una de estas secuencias poco felices, Johnson desapareció del mapa, literal, por más de un año. Nadie supo nada de él.

Nunca se supo nada de él sobre todo ese año. Hasta que a finales de 1931 volvió a aparecer y ya nada era ni sería igual.

Su regreso se consumó en una de las garitas blueseras. Llegó y pidió una nueva oportunidad. Su guitarra tenía 6 cuerdas, una rareza, algo inédito, de una excentricidad absoluta para aquel tiempo y espacio. Pero esta observación dejó rápidamente de llamar la atención cuando empezó a tocar. Muchos ya lo habían escuchado, así que no podían creer lo que estaba sucediendo. Y otros, encendidos por cómo sonaba, no podían creerlo tampoco pero desde otro lugar: nunca nadie había tocado una guitarra así. Gracias a su velocidad y técnica, su sonido parecía una orquesta y las letras que cantaba eran de una profundidad insondable, entre lo testimonial, poético y simbólico.

En ese acto, en ese mismo momento que Johnson desconcertaba y encantaba a todos, rompía la idea del blues rural y lo llevaba a otro lado. Fue él quien transformó el realismo lírico del blues en un mapa cultural y de identidad negra mucho más allá de los campos, contrastó todas las tristezas de aquellos hombres y mujeres humanizándolos desde un lugar que las iglesias bautistas o cristianas no lo hacían, y además sentó las bases del blues moderno, así como también los tonos y los temas del rock y la psicodelia. La historia de la música sería definitivamente otra sin él.

¿Cómo pudo alguien alcanzar ese nivel musical, nunca visto hasta ese momento, de un año a otro?

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Cuenta la leyenda que Johnson se dirigió hacia una encrucijada, levantó su guitarra y se la entregó al diablo para que la afinara. El diablo no sólo la afino, sino que le pidió su alma a cambio de convertirlo en el mejor guitarrista del mundo. Y el músico no dudó.

Antes de ser leyenda, esto fue un rumor. Y ese rumor no tardó en expandirse, cada vez de manera más consolidada, sosteniéndose en varias cuestiones, incluso más allá de lo que hacía con su instrumento, su voz y su poesía. Todo dato que aparecía sobre él era usado como un nuevo argumento. Por ejemplo, que le gustaba ensayar en los cementerios. O la crudeza de una realidad trágica: ningún otro negro hubiera podido sobrevivir a la libertad con la que él transitaba por Mississippi y alrededores en plena Era Jim Crown, o sea, tenía una protección superior.

Entre las historias a su alrededor y su arte, su nombre crecía a pasos agigantados y todos querían verlo tocar. Por lo general llenaba los bares y era urgente agregar presentaciones o que entre bares se pelearan por tenerlo.

Se volvería a enamorar y volvería a repetirse la historia de no ser bien recibido por la familia de su novia, siempre bajo la idea de “la música maldita”, pero ahora también era el músico que le había vendido el alma al Diablo. La historia se repite de tal forma que cuando nació su hijo todo volvió a ser tragedia, le prohibieron verlo para evitar que el niño se pierda en “ese infierno”. Él insistiría sin suerte, se mantendría siempre cerca, siguiendo la actualidad familiar e intentando hacerle llegar dinero.

Escribió “la tristeza es un hombre caminando”, una de sus canciones más reconocidas, y eso era él. Los testimonios coinciden en que lo único que tenía era su guitarra, que vivía para el blues y el whisky, y que la vida en los bares y los intentos rotos de formar una familia lo llevaron por agitadas relaciones sentimentales.

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Por Robert Crumb

Para mediados de 1938 venía siguiendo a una mujer que estaba casada. Una noche de agosto, luego de un entredicho con el marido de ella, se dirigió a la barra y pidió un whisky. Se lo dieron abierto. Los que estaban con él le dijeron que no lo tomara, y alguien, de hecho, se lo sacó de las manos, lo que provocó una pelea. Johnson volvió a agarrar la botella y se fue a beber su whisky. No pasó mucho tiempo para que doblado de dolor sobre el escenario, y con todo el público pidiendo que no deje de tocar, se confirmara que había sido envenenado. Tras varios días de agonía y de mucho dolor, falleció a los 27 años. Y así también se daba inicio a otro mito.

Robert Johnson dejó solamente 29 canciones grabadas. No hay videos, nada más se encontraron 2 fotos de él y la humilde casa donde nació, en el medio de la nada, totalmente precaria y modesta, se mantiene intacta, a diferencia de otras de la zona, resistiendo al paso del tiempo y sin ningún tipo de protección o cuidado privado.

Toda esta ruta de vida y posibilidades está perfectamente narrada en el breve documental La encrucijada del diablo, disponible en Netflix, que, si bien no aporta nada nuevo sobre la vida y obra de Johnson, es un registro justo y necesario para comprender lo enorme e indispensable que resulta su figura en la historia de la música y, aunque más no sea ligeramente, el dramatismo social bajo la doctrina Jim Crown. Con una duración menor a los 50 minutos, navega sobre el misterio con fluidez y altura, haciendo hincapié en las religiones africanas, en este caso el vudú. Y si bien sobre el final se diluye un poco, logra una reivindicación emotiva, no sólo manteniendo a la leyenda viva, sino que también reconociéndolo como el bluesman inigualable que fue, y claro, tal como sugería el pacto, el mejor de todos los tiempos.