La tercera posición

Ni Costa Este ni Costa Oeste. En todo caso, un poco de la estética lírica del este y otro poco de la temática y del sonido oeste para apuntar, desde Atlanta, hacia una nueva dirección.

Antwan Patton, alias Big Boi, y Andre Benjamin, aka Andre 3000, formaron Outkast en 1992. Dos años después, de la mano de la prestigiosa Organized Noize Productions y LaFace Records, lanzaron Player’s Ball, su primer sencillo que -en menos de dos meses- alcanzaría un disco de oro, apurándolos, así, a publicar el disco debut.

Southernplayalisticadillacmuzik salió a la luz el 26 de abril de 1994, y fue una bocanada de aire fresco, sorpresivo y magnético, convirtiéndose rápidamente en un culto sureño con peso propio y más allá de cualquiera de las plazas.

147e5098e96af0503b7515285d9f9a34.1000x1000x1

La historia formal de la fantástica dupla arranca con una intro llamada Peaches. Desde ahí, la sensual y risueña voz de Dee Dee Hibbler, esposa, además, de Ray Murray, fundador de ONP, nos pide permiso para llevarnos hacia “el punto exacto”.

Myintrotoletyouknow arranca inmediatamente seguido a la intro, con Big Boi rimando a pura velocidad, audacia y ritmo. Ese primer contacto con el rapero es explosivo, en su voz y en lo que confiesa: el futuro lo imagina recordándonos que ellos son los esclavos de antes, y ahora son buitres. Este es el primer contrataque triunfal del dúo, que es, ni más ni menos, que dejar en claro que en el sur, a pesar de lo que dicen los otros, también son rápidos y tenaces. El siguiente golpe lo dará Andre 3000 para no dar margen a la duda: están representando a la región austral, más precisamente a Atlanta, y el orgullo por la ciudad será defendido a todo o nada. Estos 2 minutos y 40 segundos nos dan la base fundacional que mantendrán por el resto del álbum, pero también a lo largo de los años: potencia verbal, condición política e identidad cultural.

En el tercer tema, Ain’t No Thang, la dupla empieza a dar muestras de su eterno coqueteo con el estilo gangsta, siempre sin llegar a un punto crudo del mismo y manteniendo una distancia que no le aporte mayor fuerza a una plaza que no sea la propia. Lo cierto es que a la larga termina ocurriendo lo inevitable, no por eso menos encantador y efectivo: Outkast lleva puesto el traje del g-funk, y le queda divino.

El tema de la plaza propia está tan presente a lo largo del disco que, de hecho, le sigue Welcome to Atlanta, un puente en el que una voz habla de la ciudad, pero, básicamente, nos están haciendo oficial que hay un nuevo horizonte desde esa marca geográfica. Y con un ordenamiento perfecto de canciones, llega el track que le da el nombre al álbum, Southernplayalisticguardando -en sí mismo- el anhelo de la representación, en el que nos hablan de la música sureña y de cómo en “los cielos azules de Atlanta el sol está brillando, qué brillo más resplandeciente!”. Y no es para menos, ¡acaban de asomar ellos! 

Kenneth Capello.jpg
Foto: Kenneth Capello

“Escucho voces en mi cabeza y me siguen llamando”, dice el estribillo pegadizo de Call of da Wild. Acá, Big Boi, Andre 3000, T-Mo y Khujo hablan desde el gueto, la convivencia plena con la falta de oportunidades y cómo así se va hacia la única salida posible, el salvajismo callejero. Una vez más, temática y sonido del oeste, pero que se revisten y gozan de buena salud con el acentuado flow del sur.

Player’s Ball es definitivamente el hit que toda primavera necesita, basta apenas escucharlo para entender que el éxito era inevitable. Los coros sensuales y las rimas frescas, algunas dosis de humor, un sentido pleno de comunidad, golpes y fantasmas que sobrevuelan la esperanza, una esperanza que se celebra, aunque, o justamente porque, “en los guetos no hay chimenea”. El tema original iba a ser parte de un compilado de canciones navideñas, pero finalmente quedó para después, para el momento justo en el que la estación y el año nuevo florecen al unísono en el hemisferio norte. Southernplayalisticadillacmuzik cierra con una reversión de la grabación original.

Pero como todavía falta un poco para ese final, lo que sigue es una burbuja compuesta por 3 temas que se intercalan con 3 puentes (Club Donkey Ass, Flim Flam y True Dat). La producción y la estética de cada uno de los interludios del álbum, más allá de no ser una novedad en el mundo del hip hop, son exquisitas y poco vistas hasta este momento. Cada una de estas piezas tiene alta personalidad y composición de escena, hasta teatral, y colaboran fluidamente con el desarrollo del disco.

En cuanto a los 3 temas, este microclima arranca con Claimin’ True, una colección de elementos westeros, entre rimas y bases, que se toman una tregua con el coqueteo y se meten de lleno al gangsterismo. Parece salido del Strictly 4 My N.I.G.G.A.Z. (1993), de Tupac; y no es extraño: Shakur en Atlanta juega de local, y, para más, se expresaron amor y admiración mutua en varias ocasiones, llegando, incluso, a planificar una colaboración que quedó trunca inevitablemente. Lo que sigue es Funky Ride, y lo que suena y dice hace honor a su nombre y a lo que invita: es jadeante, anhelante y sudorosa, es carne, tan carne que parece sacada de las costillas norteñas de Prince. Hablamos del oeste, hablamos del sonido que baja del norte y nos faltaría el este, que llega a esta burbuja de la mano de Git Up, Git Out. Los chicos son del sur, lo representan y alardean, pero, a la hora del clímax, la raíz es la misma a lo largo y ancho del país, abrazando, así, a la comunidad. Un paréntesis vital y válido que no ignora la marca de la década, sobre todo en su primera mitad: ola de censuras y estigmatización mediática a los nuevos sonidos negros a merced de construir una criminalidad que favorezca a la brutalidad policial. En fin, USA siendo USA.

Ashley Mar.
Foto: Ashley Mar

El disco empieza a terminar con la dulce y atractiva Crumblin Erb, un track que se atreve a filosofar sobre el tiempo, la locura del mundo y las drogas, pero desde un lugar ligero. Y la trilogía final apela justamente a aligerar las letras, mientras que refuerza la experimentación de las bases con un flow que se acentúa cada vez más, como si fuera en camino a un final implosivo.

Ahí, entonces, en esa antesala al boom final, llega el tema de culto que todo gran disco tiene. Ese que todos reclaman para corte, pero si hubiera sido el corte, obviamente, no sería de culto. Estamos hablando de Hootie Hoo, la más afrobeat de todas.

En el momento exacto que empieza a sonar D.E.E.P., el último tema sin contar la reversión de Player’s Ball, estamos, sin saberlo, ya escuchando el próximo disco, que llegaría dos años después, ATLiens.

Y esto es mucho más que un comentario final sobre el disco que aporta una buena porción de alma y espíritu para fundamentar porqué los 90 fueron, son y serán siempre La Época Dorada del hip hop; esto es el ADN musical de Big Boi y Andre 3000, lo que nos permite, 25 años después, más que conmemorar o celebrar su debut, seguir explorándolo, descubriéndole claves y disfrutándolo desde un realismo no muy diferente, pero con una frescura y fertilidad creativa que todavía lo ubica por delante del tiempo.