Alma de una Nación: el arte en la era del Black Power

Partiendo de la pregunta cómo deben los artistas afroamericanos responder a los movimientos de derechos civiles nace Spiral, un colectivo de artistas de Nueva York que se formó en 1963 justo a tiempo para llegar a la Marcha por el Empleo y la Libertad en Washington. El grupo estaba integrado por 15 nombres que supieron tener protagonismo como artistas y activistas, entre ellos Romare Bearden, Norman Lewis, Reginald Gammon y Emma Amos, la más chica y la única mujer.

Spiral como agrupación no se mantuvo por muchos años, y en concreto solamente realizó una exposición en 1965, First Group Showing: Works in Black & White, en West Village, pero su función e importancia fue y es indiscutible. Su razón de ser pasaba por el encuentro, por pensar lo que estaba sucediendo y por el intento de trasladar ese clima hacia el escenario de las artes visuales y plásticas en su más amplio sentido, siendo, además, uno de los escenarios que mejor reflejaba la condición de segunda de la comunidad negra. No hace falta exaltar la visibilización que implica y la voz propia que el arte tiene en las sociedades y sus alcances culturales, así como también emotivos e intelectuales; pero sí podemos recordar que recién para fines de la década del 60 los afroamericanos encontraron su primera referencia visual, la que los representaba, y también conmovía y enorgullecía, con las ilustraciones de Emory Douglas en el diario Black Panther.

Soul of a Nation: Art in the Age of Black Power retoma esa pregunta original que motivó a Spiral y amplifica la convocatoria reuniendo los trabajos realizados entre 1963 y 1983 de más de 60 artistas. En definitiva, configura un muestrario de aquellas conversaciones que se daban en todos los niveles y lugares, en cada una de las agrupaciones, entre el desconcierto por las formas inminentes a tomar pero con la certeza absoluta del fondo a resolver. Porque de eso también se tratan los procesos históricos y, sobre todo, siendo la primera generación que no cedería en sus inquietudes ni deseos de libertad, atreviéndose a interpelar las propias búsquedas y ambiciones artísticas en sintonía con un activismo que se presentaba, entonces, como lo inevitable y urgente.

La idea de esta mega exposición colectiva, nacida en el 2017, se concreta y crece en Londres, con el Tate Modern oficiando de primer anfitrión. En los últimos dos años viajó para Estados Unidos, inaugurándose primero en Arkansas, luego en Nueva York y cerrando en Los Ángeles.

Fotografías, pinturas, esculturas, ilustraciones, incluso performances y vestuarios típicos de aquellos momentos, forman parte de este reclutamiento sin precedente en el direccionamiento dado y en la magnitud: son más de 150 piezas que narran la historia desde una perspectiva no tan explorada. Lo cual no sólo mantiene fuerte lo hecho, también lo mantiene actual.

Por la cantidad de obras, corrientes y nombres, la curaduría buscó resaltar las narrativas de cada una de ellas pensando en los grupos regionales y estilos estéticos, como el ya mencionado Spiral, y los colectivos Chicago AfriCOBRA, L.A. Assemblage y East Coast Abstraction, entre otros.

Entre las performances y reivindicaciones más festejadas están las de COCEF (Coalición Cultural de Emergencia Negra), una organización que empezó a tomar forma en enero de 1969, y cumplió un rol casi sindical, por decirlo de alguna manera, que planteaba definiciones radicales con la intención de aumentar la representación de los artistas afroamericanos en las exposiciones y de promover la contratación de la gente negra en puestos de liderazgo y curatoriales en los museos.

Apenas una semana después de su formación, sin que nadie supiera bien de qué se trataba, la COCEF protestó frente al Museo Metropolitano de Arte donde se exhibía Harlem en mi mente. Desde ese primer paso dejaron en claro que serían un fiel reflejo de la fuerza popular de la época y que se manejarían con irreverencia en un ámbito elitista por donde se lo mire. En esa oportunidad, la protesta callejera buscó resaltar el valor negro real del barrio sin intermediarios blancos ni romantización progresista: terminó llamando más la atención lo que pasaba afuera que adentro del museo.

Así lo harían una y otra vez, siendo una de las protestas más recordadas la que dieron frente al Museo Whitney durante la presentación de Artistas negros contemporáneos en América. El punto era que esta muestra había surgido a raíz de los reclamos de la COCEF, logrando, final y victoriosamente, que expusieran 28 artistas racializados. Pero, cuando todo parecía funcionar, Whitney se negó a contratar a un curador negro, una de las demandas innegociables de la agrupación. La respuesta fue contundente, no sólo hubo manifestaciones, sino que 24 de los 28 artistas se bajaron sin avisar en la previa de la inauguración y montaron una contraexposición.

Soul of a Nation: Art in the Age of Black Power es un acercamiento más que oportuno de todos estos relatos en plena era de Black Lives Matter, quienes apelan a replicar este tipo de escenarios a la hora de ganar la calle y de representar a las mayorías, sin perder de vista que tienen que seducir a los medios con sus coberturas y atender las exigencias estéticas y fugaces de las redes sociales.

En este tipo de eventos, tan absolutos y necesarios, cargados de herramientas que enriquecen las lecturas sobre la actualidad y permiten tomar una dimensión de los hechos que en la diaria se pierde, todo lo que se diga resulta carente, y hasta se vuelve un recorte tendencioso del hecho político que encierra en sí una invitación como esta, porque, en definitiva, su poder y su trascendencia se hallan en el compacto e impacto de ver 30 años de activismo y arte en diálogo pleno, lúcido, con márgenes para la ironía, la burla, sin que se pierda de vista el dolor ni el sentido de lucha.

De esta forma, el camino recorrido no sólo queda honrado, también se mantiene fértil y dispuesto a que la tradición no se pierda y crezca.

 

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