Fred Hampton, el nombre de la unidad

Por Barb Pistoia & Tomás Rua

“No creo que muera en un accidente de auto, no creo que muera resbalándome en el hielo, no creo que muera por una falla en el corazón. ¿Por qué no hacerlo por el pueblo? ¿Por qué no luchar por el pueblo? ¿Por qué no morir por el pueblo?”, diría Fred Hampton, presidente del partido Pantera Negra en Chicago, durante el encuentro del 3 de diciembre de 1969 en la Iglesia del Pueblo, al lado oeste de la ciudad.

Cerca de la medianoche, su compañero William O’Neal, que oficiaba de Jefe de Seguridad del capítulo, llevó a su mujer, Deborah Johnson, embarazada de 8 meses y medio, hacia la Casa Pantera. Estas casas no eran más que departamentos que compartían entre decenas de activistas a fin de estar juntos y organizados frente a las embestidas del FBI, y muchas veces eran las propias sedes.

Cuando Fred llegó se fueron a dormir, había sido un día largo de organización y el encuentro había sido un éxito.

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Hampton extendiendo la mano y O’Neal en primer plano

Es que Fred había logrado algo único en Chicago, la unión total de activistas revolucionarios negros y latinos con conservadores montañeses blancos, con los blancos de clase baja, con afroamericanos religiosos y de clase trabajadora. En su discurso y mirada entraban todos, porque “el racismo se combate con solidaridad como el fuego con agua”. Su figura representaba todo lo que el FBI quería evitar, e incluso lo que el FBI ni siquiera imaginaba: era, así, el joven que oficiaría de Mesías negro [figura que aparece de manera literal en el memo del COINTELPRO / Programa de contrainteligencia] y que unía a las juventudes blancas con las minorías vulnerables, pero también era un Mesías negro que entusiasmaba y conmovía a adultos y movilizaba a familias enteras que nunca se hubieran imaginado politizadas, y hasta podía interpelar a esos sectores extraordinarios, como judiciales y policía.

No hay un sólo testimonio que diga lo contrario, Fred no hablaba, hipnotizaba y te convencía de lo que, hasta un segundo atrás, estabas absolutamente en contra. Las personas se amontonaban para verlo y hacían cola para entrar a escuchar sus discursos.

Por lo que el amanecer del 4 de diciembre marcaría una fecha trágica e inolvidable para la historia de una de las ciudades más racistas del país.

Un país que amaneció con los noticieros contando que se había dado una orden de allanamiento por una supuesta denuncia de que había armas en el departamento del partido. Allanamiento dudoso que, como suele suceder en estos casos, se realizó cerca de las 4 de la mañana. Y como también suele suceder en estos casos, los noticieros replicaron la información brindada por los oficiales: la policía entró y los que estaban adentro reaccionaron violentamente, “enfatizando el extremo salvajismo del partido Pantera Negra y la indiferencia frente a las reiteradas veces en las que se les pidió el cese del fuego”.

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Las imágenes de cómo quedó la casa, las paredes baleadas desde la puerta de ingreso siguiendo el recorrido que iba al dormitorio de Hampton diferían de la versión oficial y coincidían con los testimonios de los integrantes. Entraron a matar, entraron a matarlo y es también en el recorrido de los disparos (sus marcas) que se sabe que fueron directo a él, sabían dónde dormía.

William O’Neal era un joven ladrón de autos de Chicago Oeste que se metió en problemas en el mismo momento en que el FBI necesitaba juntar jóvenes de color para infiltrar entre las panteras. Cuando le propusieron meterse en el partido y ser informante a cambio de limpiar su nombre no lo dudó. Y cumplió tan bien su papel que no tardó en llegar a ser el Coordinador de Seguridad del capítulo, así que tenía los planos de la sede y las llaves, que le fueron entregadas al FBI.

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Deborah detenida esa madrugada

“No hubo gases, no hubo una sola advertencia ni un pedido de rendición. No hubo alternativa, dispararon y podía sentir como vibraba el colchón, como le iban entrando las balas”, cuenta Deborah, y el pantera Blair Anderson agrega que los disparos traspasaban las paredes, levantaban el revoque, “eran ametralladoras automáticas en una habitación de 2 metros de ancho, entre los destellos de esa luz se veían las siluetas”.

Cuando los oficiales advirtieron que había una mujer moviéndose sobre el colchón, la llevaron de los pelos a la cocina, era Deborah con su embarazo a cuestas tratando de saber cómo se encontraba Fred. Los demás compañeros pedían ayuda porque eran varios los heridos. Cuando empiezan a retirarse, un oficial percibe un leve movimiento en uno de los cuerpos a los que habían disparado intensamente. Así que volvieron y la ronda de disparos comenzó de nuevo. Deborah recuerda haber escuchado “ahora sí, ahora está muerto”.

Habían matado a Fred Hampton y al Ministro de Defensa del capítulo de Chicago, Mark Clark; tenían 21 y 22 años.

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Tapa del periódico Black Panther

Cumplida la misión, salieron prácticamente huyendo y cometiendo errores históricos: dejaron las puertas abiertas del departamento y también dejaron algunas ametralladoras que fueron asociadas a los rangos más altos del FBI, ninguna era el tipo de arma que se usa en los departamentos policiales.

En cuestión de minutos se habían acercado los vecinos, compañeros y el boca en boca hizo el resto. Nadie podía creer en las condiciones que se encontraba todo, con la brutalidad que esas paredes y pisos llenos de sangre hablaban; y tampoco nadie podía creer que la propia policía de Chicago saliera a decir que había sido un crimen político, que no había manera de que las cosas hayan sucedido como lo estaban contando por televisión los policías que ni siquiera pertenecían al departamento. La propia policía de Chicago cuestionaba al FBI y a los oficiales que participaron.

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Los oficiales trasladando el cuerpo de Fred Hampton (1948/1969)

A O’Neal le dieron un bono de 300 dólares y pasó al programa de testigos protegidos. Algunas veces habló de culpa, otras de hacer lo correcto. No vivió nunca en paz, “no, no soy alguien feliz, ni siquiera sé lo que es estar contento”, declaró en 1984. Se cree que se suicidó tirándose debajo de un auto a principio de 1990.

El FBI se mantuvo siempre firme negando cualquier participación. Claro, años después se liberaron algunos informes y se conocería, finalmente, la existencia del COINTELPRO, desde el que se destinaron 249 acciones -sobre las 290 en total- a descalificar, desintegrar y neutralizar al partido. Al departamento de policía de Chicago se le rechazaron todos los informes que presentaron y, a su vez, los pedidos que hicieron.

El funeral fue multitudinario y finalizó con esa multitud recuperando el cierre que hacía Fred en cada uno de sus discursos: él decía primero “Yo soy”, con un tono al estilo The Last Poets, y los presentes repetían “Yo soy”, y luego él decía “un revolucionario”, y todos repetían “un revolucionario” con el puño en alto. La iglesia temblaba y los miles que se quedaron afuera repitieron el ritual.

El sueño que al poco tiempo acabaría para todos, ya había acabado en Chicago.

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En el 2011, Jay Z y Kanye West intentaron un fallido homenaje con Murder To Excellence, incluido en Watch The Throne. “Llegué el día que Fred Hampton murió, los niggas reales simplemente se multiplican” rima el rapero y empresario nacido en Brooklyn.

Justo para ese momento se estrenaba el documental The Black Power Mixtape: 1967-1975, y en una charla en la Universidad de Chicago, enmarcada en esta presentación, Fred Hampton Jr. acusó a Jay Z, a quien llamó Slave Z, de ser funcional al relato del FBI (¡oh, ese asunto de los rebeldes capitalistas!), “Fred no murió, lo asesinaron. Decir que murió es como cuando en el colegio nos dicen que Colón descubrió América”. Además cuestionó el ímpetu de ponerse a la misma altura de su padre.

Por suerte para todos, y en especial para que las nuevas generaciones conozcan la historia sin pretensiones propias, el recuerdo justo, por fuera del formato documental propiamente dicho, parece llegar. Hace unas semanas se anunció que Ryan Coogler, apoyado por Warner, estaba armando la película con Lakeith Stanfield como O’Neal y Daniel Kaluuya como Hampton. Esta definición es, a priori, una delicia.

Para cerrar, nos resulta imposible hablar de Hampton y no citar este fragmento emblemático del discurso que dio frente a los tribunales de Chicago.

Un poco del contexto: Bobby Seale, presidente nacional y co-fundador del partido Pantera Negra, estaba siendo amordazado y atado a una silla por orden del juez, quien quería iniciar el juicio sin el abogado presente y le negaba, a su vez, el derecho a representarse a sí mismo. Esta obscenidad había empezado antes, cuando se ordenó su detención por un discurso dado el año anterior en la Convención Nacional Demócrata, donde los diferentes líderes de todos los movimientos de la época se manifestaron en contra de la guerra con Vietnam. Seale reclamó que no les daban derechos, que no los dejaban defenderse de América, pero que sí eran ciudadanos cuando los mandaban a la guerra a defender una patria que los desprecia. Esta causa pasaría a la historia como Los 8 de Chicago, aunque formalmente serían 7, porque al pantera se decidió hacerle una causa aparte a la de los otros referentes blancos.

Entonces, mientras la multitud afuera se llenaba de ansiedad pidiendo que se detenga el juicio por la tortura y humillación a la que se exponía a Seale, Fred tomó el micrófono y dijo:

“Bobby Seale pasa por todo tipo de torturas mentales y físicas, pero está bien, porque lo dijimos antes de que pasara y lo diremos después de que pase esto, y lo seguiremos diciendo después de que me encierren y después de que nos encierren a todos: pueden encerrar a un revolucionario, pero no pueden encerrar una revolución; pueden sacar del país a un liberador como Cleaver, pero no pueden sacar del país a la liberación; pueden matar a un revolucionario como hicieron con Bobby Hutton, pero no pueden matar la revolución”.

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Near West Side, Chicago