Mujerismo

portrait_hrLo que solemos llamar feminismo negro sus protagonistas lo llaman womanism / mujerismo. Este concepto nace a principios de los años 80 y surge del libro En busca de los jardines de nuestras madres, de la novelista Alice Walker, reconocida activista, referente total del movimiento de mujeres negras y autora, entre otras tantas obras, de El color púrpura.

El mujerismo refiere a todo lo que el feminismo blanco deja de lado por diferentes razones, y si bien algunas en algún momento pudieron ser comprensibles por las propias vivencias históricas, y/o cierto desconocimiento, no dejan de ser razones que son funcionales a las estructuras opresoras que dañan o ignoran a los sectores donde las mujeres blancas, mayoritaria y/o notoriamente, no se ven directamente afectadas.

De esta manera, el mujerismo abraza a toda mujer racializada y genera una hermandad entre mujeres de color, sí, pero esa racialidad alcanza a migrantes y clases bajas independientemente de su color de piel. O sea que el antirracismo y la conciencia de clase son las bases del mujerismo, que desde ahí abarca las diferentes violencias de género. La visión, en cuanto a las violencias de género, es no excluirlas de la violencia institucional, de hecho, las ven íntimamente relacionadas, como si fueran un espejo de abuso de poder que se toma, legitima, profundiza y ramifica a través de acciones estatales, por definición o por omisión.

A partir de esta breve conceptuación del mujerismo reconocemos dos de sus principales claves. La plena noción de que el Estado nunca está ausente, o sea, donde no hay Estado presente hay una definición no inocente ni casual, esto lleva a que todo escenario sea político. Y la otra idea es lo que Ángela Davis explica sintética, abismal y preciosamente así: “hay que tener muy en claro que la categoría mujer no es unitaria”. Estas dos claves son las que incorporan a todas las diversidades y son las que reconocen que existe una emergencia social, cultural, o sea, política. De ahí, también, la tendencia al mensaje en bruto, a encarar cada comunicación como si fuera una plataforma.

Shepard Fairey, Power & Equality
La Angela Davis de Shepard Fairey. La clave del póster rescata el mensaje total de la activista: no hay tal Power & Equality sin Power To The People.

Dijimos que es a partir de los años 80 que se comenzó a hablar de mujerismo. Veamos, entonces, algunos escenarios anteriores para entender cómo es que se llega a ese punto.

A pesar de que para mitad del siglo XX las mujeres afroamericanas ya estaban por demás organizadas no tuvieron prácticamente participación dentro de los movimientos antiviolación. A primera impresión puede pensarse que la prioridad eran los movimientos de derechos civiles y el rol fundamental que ocuparon en los partidos revolucionarios, y si bien esto es cierto, también se desprendían en aquellos espacios unidades dedicadas exclusivamente a las conflictividades propias de las mujeres. Sin más, lo que sucedió es que no se dieron las condiciones para que las mujeres negras y blancas pudieran unir sus reclamos por políticas y justicia en cuanto a abusos.

44ae9b90deccde75a3dfdba2eed8d74f

Una de las principales diferencias irreconciliables fue que a las mujeres americanas blancas les daba seguridad el proceso judicial, creían en su policía y contaban con acceso a un sistema de salud de calidad, lo que les otorgaba un marco de resguardo frente a cualquier eventualidad. Ergo, sus reclamos se concentraban en prisión y ejecuciones para el violador. En cambio, la mujer afroamericana vivía bajo el poder abusivo policial en todas las instancias que este mismo puede darse, incluso eran utilizadas por los oficiales como móvil para desmoralizar y/o provocar a sus hombres negros, creando la excusa necesaria para detenerlos o para justificar los excesos en su brutalidad. Y hay más: las mujeres negras no accedían a la mayoría de los lugares ni de los contactos a los que las blancas se aferraban, empezando por no tener acceso al sistema de salud. “Habitualmente, los tribunales han prestado poca atención a lo que pudiera ocurrirles a las mujeres de la clase trabajadora y, por consiguiente, el número de hombres blancos procesados por la violencia sexual que han infligido a las mismas es extraordinariamente reducido. Aunque los violadores en raras ocasiones son llevados ante la justicia, los cargos de violación han sido imputados de manera indiscriminada a hombres negros, tanto culpables como inocentes. Así, 405 de los 455 hombres que fueron ejecutados entre 1930 y 1967 por condenas de violación eran negros” describe Davis en ese libro esencial que es Mujeres, Raza y Clase.

Para más, había otra diferencia de comprensión histórica. Mientras los movimientos antiviolación de mujeres blancas ganaban fuerza, las mujeres negras llevaban varios años tratando de que sean reconocidos los delitos sexuales en los tiempos de esclavitud. Cuando estos movimientos blancos surgen, las negras fueron hacia ahí comprendiendo que sería un escenario ideal y de fuerzas favorables, ya que se concentraban en temas de abusos. Pero pasó exactamente lo contrario, el reclamo no sólo que no fue atendido, sino que se ocuparon de tal manera todos los espacios que la poca atención que las afroamericanas habían obtenido fue desplazada. Las afroamericanas se encuentran así con que el movimiento antiviolación seguía instalado en el relato histórico, tan bien instalado a partir de la película El nacimiento de una Nación (D.W. Griffith, 1915): los violadores siempre son los hombres negros.

55f1eb9d02bf1.image.jpg

“En la historia de Estados Unidos la acusación fraudulenta de violación emerge como uno de los artificios más formidables inventados por el racismo”, explica Davis, y continúa reflexionando que “el mito del violador negro ha sido evocado de manera metódica cada vez que han necesitado justificar de manera convincente las oleadas de terror y de violencia”. En otras palabras, dicho por la escritora, historiadora y feminista Gerda Lerner, una de las pocas mujeres blancas que desarrolló el entramado sostenido entre sexismo y racismo, “El mito del violador negro de la mujer blanca es la réplica del mito de la mujer negra promiscua. Ambos están concebidos para exculpar y facilitar la perpetuación de la explotación de los hombres y de las mujeres de color. Las mujeres negras percibieron muy claramente esta conexión y su posición fue, entonces, ponerse enfrente de los movimientos antiviolación para quedar en el primer plano de las luchas contra los linchamientos”. Y la mayoría de los caminos durante la segregación racial llevaban a los linchamientos, los otros llevaban a los encarcelamientos masivos con márgenes totalmente manipulados de legalidad.

Las mujeres afroamericanas no es que no creyeran que no hubiera afroamericanos violadores, no confiaban en los procesos y entendían ese trasfondo cultural de alto riesgo sostenido en los datos duros de la historia; en cambio, las mujeres blancas, sintiéndose respaldadas por el sistema, no se permitían pensar en los abusos de los hombres blancos que, además, claro, las tocaba de cerca, afectaban sus vidas sociales y laborales de forma personal. Esos hombres blancos que abusaban de las mujeres de color eran sus parejas, sus hermanos, sus amigos, sus jefes, eran, posiblemente, sujetos de sus círculos más cercanos. Lo que resultaba insólito, más allá del beneficio de inocencia con el que siempre irrumpen los blancos en el ámbito racial, es creer que los hombres blancos abusadores de mujeres afroamericanas y latinas no terminarían por ser, también, abusadores de mujeres blancas. Y, en realidad, cómo se llega a pensar que cualquier hombre que abusó de otra mujer no va a volver a hacerlo.

A su vez, para esta misma época, el feminismo blanco reclamó que las mujeres de color no acompañaban masivamente la campaña por el aborto legal y cuestionaban que su prioridad sean los derechos civiles, la autodefensa y la lucha armada; poco parecía importarles si desde ahí levantaban la bandera por la legalización enmarcándolas en sus contextos. Este reclamo por parte del feminismo blanco confirma no sólo la ignorancia en cuanto a la realidad de las mujeres racializadas sino en cuanto al escenario racial de un país sumergido en la brutalidad de la segregación y un sistema de salud elitista, incluso, más allá del color.

Coretta Scott King
Coretta Scott King junto al movimiento de mujeres racializadas

Mujeres, Raza y Clase cuenta que en las décadas antecesoras a que la campaña por el aborto legal cobrara fuerza, y finalmente cante victoria, el 80% de las mujeres muertas en abortos ilegales en Nueva York fueron negras y latinas. A partir de su legalización, en el tramo inmediato, también mirando hacia Nueva York, más de la mitad de las mujeres que abortaron legalmente pertenecían a esas comunidades.

“Durante los primeros años de la campaña por el derecho al aborto era demasiado frecuente asumir que los abortos legales ofrecían una alternativa plausible a la miríada de problemas que planteaba la pobreza. Como si tener menos niños pudiera generar más empleos, aumentar los salarios, mejorar las escuelas, etc. Esta idea reflejaba la tendencia a desdibujar la distinción entre el derecho a abortar y la defensa general de los abortos. Frecuentemente la campaña no sirvió para dar voz a las mujeres que querían el derecho a abortar legalmente, pero que al mismo tiempo deploraban las condiciones sociales que les impedían dar a luz a más niños” explica Angela Davis, quien también cuestiona que diferencias de planteo: mientras el control de natalidad del feminismo blanco se basa desde el deseo por la maternidad, el feminismo racializado lo hace desde sus condiciones económicas, porque todavía no llegaron a una realidad que les permita hablar desde el deseo.

Definitivamente el aborto legal es una de las principales victorias en la emancipación de la mujer, pero es un vaso medio lleno si no vemos que hay también un poder de elección en la que solamente lo hace por falta de recursos. Y hay acá, de nuevo, un link directo a lo estructural: “Las mujeres negras se han practicado abortos a sí mismas desde los primeros días de la esclavitud. Muchas mujeres esclavas se negaban a traer niños a un mundo de eterno trabajo forzoso en el que las cadenas y los latigazos, así como el abuso sexual a las mujeres, eran las condiciones diarias de vida. (…) Según este doctor, o bien las mujeres negras trabajaban demasiado duro o bien «como creían los hacendados, los negros poseían un secreto para destruir al feto en una etapa muy inicial de su gestación (…). Todos los profesionales del país están al corriente de las frecuentes quejas de los hacendados sobre la tendencia antinatural de la mujer africana a destruir su fruto» (The Black Family in Slavery and Freedom, de H. Gutman). (…) este médico nunca consideró lo «innatural» que era criar hijos bajo el sistema esclavista”. 

Una de las mayores caras de esa “innaturalidad” de la crianza bajo un sistema de esclavitud es la tasa de infanticidios, o sea, ya no estamos hablando de abortos. No hay que olvidarse que las mujeres afroamericanas esclavas tenían un valor determinado por su capacidad reproductiva y que los niños eran vendidos o puestos a trabajar en cuanto “pudieran mantenerse en pie”. Cuando el tráfico de personas pasó a ser clandestino, la venta de niños se convirtió en uno de los principales negocios paralelos, lo que aumentó, a su vez, los abusos sobre esas mujeres esclavas y una valoración de sus capacidades y de su vida a partir de “la cantidad de niños que podrían ofrecer en el menor tiempo posible entre uno y otro”.

z0vxr0624uasqvibewa4“Las mujeres negras pobres que son violadas constantemente en Estados Unidos no están representadas en estas manifestaciones ni en esos ridículos pussy hat que utilizan en América para protestar. De hecho, pareciera que se toman con gracia el asunto de las violaciones” cuestiona Elaine Brown, escritora, poeta, activista revolucionaria, quien llegó a ser presidenta del partido Pantera Negra y fue compañera de fórmula de Bobby Seale para la gobernación de Oakland. Lo que ella plantea es que el antirracismo no se puede pensar aparte de la lucha contra el capitalismo, la pobreza y el machismo, y, consecuentemente, a la inversa desde cada uno de esos escenarios, tampoco, “todas las luchas están interconectadas, porque sino pasa lo que estamos viendo en Estados Unidos, la resurrección de un movimiento de mujeres que busca alcanzar puestos y lugares de reconocimiento desde donde puedan seguir oprimiendo a otras mujeres”.

Estas miradas son claves para comprender que cuando dicen “el feminismo será antirracista o no será” están planteando una construcción de mayorías, de fuerza popular y, ante todo, sin esencialismo de género, un esencialismo que siempre tiene sabor apologético, simplista y demagogo.

“La revolución no se da en una sola vez, en un lugar y horario específico, ni hay una sola manera. Por eso no se trata de un poder personal; no existe tal cosa como el empoderamiento de una si no hay comunidad” escribió Audre Lorde, escritora, activista y referente lesbiana, y esto dialoga muy bien con Brown explicando que “no hay revolución posible que sea de arriba hacia abajo, no se encontrará ningún ánimo revolucionario dentro de los partidos políticos, habrá gestos o escenarios que nos agraden, pero eso no significa que sean revolucionarios. La revolución que transformará el sistema nacerá de las bases, por eso mismo, y porque la revolución las hacen las personas, si una mitad cree que el enemigo es el género y no el capitalismo, lamento decirlo, no es posible ninguna revolución, porque patriarcado no es machismo y machismo no es tan sólo una cuestión de género. Sin comprender esto, incluso en un mundo sin hombres seguirían existiendo desigualdades y opresiones”.

DoLnfgMXUAAWWLc

En ese sentido también van las reflexiones de Antoinette Torres Soler, directora de Afroféminas, una organización española, quien habla de un feminismo eurocéntrico y blanco que pretende pasar de página sin indagar ni revisar las propias conductas, no sólo entre ellas, sino para con las mujeres racializadas. Torres Soler cuestiona que la falta de formación y reconocimiento de la historia, de los factores culturales, así como la nula tendencia a la autocrítica, la poca lectura panorámica y la postura irreflexiva de los “yo te creo” a fin de mostrarse como un bloque unido, independientemente de lo que suceda a las espaldas,  “son cuestiones que nos parecen fundamentales, y que no se den de manera real, consistente y continua hace que no podamos ser parte, porque para ellas nosotras somos ciudadanas de segunda clase, y sus preocupaciones se ven desde nuestros lugares como situaciones de privilegio. Entendemos que sean sus objetivos y necesidades, pero no podemos compartirlos, así como tampoco sus tiempos, procesos y confusiones. Nosotras vivimos en urgencia, tenemos urgencias básicas”.

Una de las urgencias básicas que Afroféminas marca en sus discursos y comunicados es el aspecto laboral, pero no (sólo) desde la desigualdad de género, por eso es que no participan de los paros internacionales, donde los reclamos son centralizados en disputas aun lejanas y ficticias para la mujer racionalizada. “Todas nosotras hemos tenido situaciones de discriminación, agresión, rechazo, acusaciones falsas, todo tipo de violencias con hombres, pero de igual o mayor manera con mujeres blancas. Además de no acceder a las mismas oportunidades y condiciones aun estando en mismas capacidades curriculares y de experiencia. Realmente no estamos en condiciones de aceptar pequeños gestos, no nos interesa ser una firma más en un documento para favorecer la imagen diversa que pretenden dar, y no, no podemos ceder a hacer a una vuelta de página, porque para ellas el opresor es el hombre, para nosotras es el machismo y el racismo, y todos sabemos que ni uno ni otro distinguen género, y también sabemos que son los ejes del capitalismo”.

En términos generales, entonces, podemos concluir que a través de esa noción absoluta y completa de la mujer racializada, su lugar fundamental en sus comunidades y contextos de clase, culturales, políticos, etcétera, es que el mujerismo establece sus bases amplificando al feminismo, esto es que el feminismo será anticapitalista, antiimperialista, antirracista, interseccional, intercomunitario e internacionalista o, como también ya todos sabemos, o deberíamos empezar a saberlo, no será.